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DIOS SÍ JUEGA A LOS DADOS

Nacemos sin saber de dónde venimos y morimos sin saber adónde vamos. Entre esos dos misterios transcurre todo: amamos, sufrimos, acumulamos, deseamos, construimos, destruimos, envejecemos y tratamos de encontrar alguna explicación que justifique esta extraña experiencia de estar vivos. Hemos creado religiones, filosofías y ciencias para responder las mismas preguntas, pero después de miles de años seguimos frente al mismo abismo. Nadie ha conseguido regresar de la muerte con una prueba definitiva. Ninguna religión ha logrado imponerse como verdad demostrable para toda la humanidad. Quizá hemos interpretado mal ese silencio. Quizá la duda no sea una imperfección del sistema. Quizá sea precisamente una de sus reglas.

Richard Feynman defendía algo que parece sencillo, pero que exige una enorme honestidad: debemos aprender a vivir sin respuestas cuando no tenemos pruebas suficientes para encontrarlas. Es preferible aceptar la incertidumbre que llenarla con certezas inventadas. La ciencia necesita esa disciplina. Si no sabemos, debemos decir “no sé”. Pero siempre me ha inquietado otra posibilidad: ¿qué ocurre si ese “no sé” no representa solamente el límite de nuestro conocimiento? ¿Y si nuestra incapacidad para conocer determinadas respuestas forma parte del propósito mismo de estar aquí?

Einstein hizo célebre su resistencia al carácter probabilístico de la mecánica cuántica diciendo que Dios no juega a los dados con el universo. Yo sospecho que, al menos con nosotros, podría ocurrir exactamente lo contrario. Dios sí juega a los dados. No porque nuestra existencia tenga que ser producto del azar, sino porque hemos sido colocados frente al tablero sin conocer todas sus reglas. Entramos en la partida sin memoria, sin instrucciones y sin conocer el final. Y precisamente por eso cada decisión importa.

Si existe un creador y su propósito fuera simplemente que lo reconociéramos, habría elegido una manera extraordinariamente confusa de conseguirlo. No dejó una religión, sino muchas. No dejó un único libro reconocido por todos, sino textos diferentes, profetas diferentes, interpretaciones diferentes y pueblos enteros convencidos de poseer verdades que contradicen las de otros pueblos. Unos esperan resurrección, otros reencarnación; algunos creen en un paraíso, otros en ciclos sucesivos de existencia y otros consideran que después de la muerte simplemente dejamos de existir. Incluso quienes rechazan toda religión deben aceptar que tampoco pueden demostrar qué significa, en último término, dejar de ser.

La ciencia ha penetrado territorios que durante siglos parecían reservados a los dioses. Hemos abierto el átomo, leído el ADN, observado agujeros negros y recibido luz de galaxias nacidas cuando el universo era todavía joven. Sin embargo, seguimos sin poder responder de manera definitiva una pregunta elemental: ¿qué ocurre con nosotros cuando morimos?

Las experiencias cercanas a la muerte vuelven esa pregunta todavía más inquietante. Personas reanimadas después de situaciones médicas extremas describen, en ocasiones, sensaciones de abandonar el cuerpo, contemplar desde fuera lo que sucede, encontrarse con familiares muertos, atravesar una oscuridad, alcanzar una luz o experimentar una paz difícil de expresar. Esos relatos merecen estudiarse sin desprecio y también sin convertirlos automáticamente en pruebas del más allá. Una persona recuperada después de un paro cardíaco no ha regresado de una muerte cerebral irreversible. Hasta hoy nadie ha cruzado inequívocamente esa frontera y ha vuelto trayendo una evidencia que pueda colocarse sobre una mesa y decir: aquí está la prueba.

¿Por qué? La respuesta más sencilla es que nadie vuelve porque no hay ningún lugar del cual regresar. Morimos y terminamos. Es una posibilidad que cualquier reflexión intelectualmente seria tiene que aceptar.

Pero existe otra. ¿Qué ocurriría si alguien volviera de verdad?

Imaginemos que mañana una persona muere de manera irreversible y regresa. No trae únicamente recuerdos de una luz o la sensación de haber encontrado a alguien. Trae información verificable, repetible, imposible de explicar mediante el funcionamiento del cerebro. Otros repiten la experiencia. Finalmente la ciencia demuestra que la conciencia continúa después de la muerte y establece, sin espacio razonable para la duda, que morir no significa desaparecer.

En ese instante habríamos alterado una de las condiciones fundamentales de la existencia.

La muerte dejaría de ser el gran desconocido. Sabríamos que esta vida no es el final y nuestra manera de vivir cambiaría inevitablemente. La partida habría revelado una parte demasiado importante de su desenlace. Por eso me pregunto si la ausencia de una prueba no podría ser necesaria. Quizá nadie vuelve con la respuesta porque conocerla destruiría aquello que hemos venido a hacer aquí.

Entonces la vida comienza a parecerse menos a un examen religioso y más a un proceso de transformación. No venimos necesariamente a obedecer una lista de instrucciones. Venimos a encontrarlas. Y el adversario principal del juego no sería Dios, el demonio ni los demás seres humanos. Seríamos nosotros mismos.

El tablero, además, está extraordinariamente bien construido para distraernos. Dinero, poder, deseo, sexo, belleza, posesiones, reconocimiento, ego, comodidad, miedo. Ninguna de esas cosas tiene que ser mala por sí misma. Forman parte de estar vivos. El problema comienza cuando las confundimos con el propósito de estar vivos. Podemos dedicar cincuenta años a conseguir aquello que la muerte puede quitarnos en cinco segundos y llegar al final sin haber descubierto quién era realmente la persona que estaba acumulándolo.

Quizá esa sea una de las trampas del juego: confundir las piezas con el tablero.

Si existe algún tipo de ascenso, no imagino que consista simplemente en creer correctamente. Sería demasiado fácil. Me resulta más coherente imaginarlo como transformación: aprender a amar sin poseer, reconocer el daño que causamos, vencer aquello que nos domina, crear algo que antes no existía, desarrollar compasión, aprender del sufrimiento sin convertirnos en sufrimiento y terminar la partida siendo algo mejor de lo que éramos cuando entramos.

Pero entonces aparece inevitablemente otra pregunta: ¿qué ocurre si no lo conseguimos? Tal vez volvemos.

La idea no es nueva. Distintas culturas han imaginado durante milenios la reencarnación, la transmigración del alma o sucesivos ciclos de existencia. Pero hay una condición que para mí resulta fundamental: si regresamos, no deberíamos recordar. Recordar destruiría el juego.

Si llegáramos a una nueva vida sabiendo exactamente quiénes fuimos, qué errores cometimos, qué existe después de morir y cuál es el objetivo que debemos alcanzar, ya no estaríamos buscando nada. Estaríamos siguiendo un manual. La ausencia de memoria no sería entonces un castigo ni una falla: sería una condición necesaria para que cada nueva existencia fuera auténtica.

Quizá por eso el tablero cambia. Una vez podemos nacer rodeados de privilegios y otra conocer la necesidad. Podemos experimentar el poder y después la vulnerabilidad, la salud y después la enfermedad, ser profundamente amados y descubrir también qué significa perder. No como un sistema mecánico de premios y castigos, sino como diferentes maneras de mirar una realidad que jamás podríamos comprender desde una sola vida.

Esta idea también cambia mi manera de contemplar el caos religioso. Durante mucho tiempo podríamos preguntarnos por qué un Dios interesado en que conozcamos la verdad permitiría tantas religiones contradictorias. Pero ¿y si una religión única, demostrablemente verdadera, destruyera parte del propósito? Si Dios pudiera demostrarse como demostramos una ecuación, creer dejaría de ser una elección. Si supiéramos con absoluta certeza qué ocurre después de la muerte, la muerte dejaría de obligarnos a enfrentarnos con el misterio. Si conociéramos todas las reglas, dejaríamos de buscarlas.

Tal vez el silencio no sea ausencia. Tal vez sea espacio. Espacio para que un cristiano encuentre a Cristo, un musulmán encuentre a Alá, un hindú contemple la continuidad de la existencia, un budista busque liberarse del ciclo, un ateo construya una vida moral sin esperar recompensa posterior y un científico tenga la honestidad de decir que no existe evidencia suficiente para resolver la cuestión. Cada uno juega desde el lugar en que despertó.

Nada de esto demuestra que Dios exista. Tampoco demuestra la reencarnación ni que la conciencia sobreviva al cerebro. No pretendo convertir una intuición filosófica en una teoría científica. Feynman tendría razón en exigirnos que no confundamos aquello que deseamos con aquello que podemos demostrar. Pero precisamente ahí encuentro la pregunta más interesante.

¿Y si Feynman tiene razón y, al mismo tiempo, nuestra incertidumbre tiene un propósito?

¿Y si ese “no sé” no fuera el fracaso de nuestra inteligencia, sino la primera regla que recibimos al entrar?

Eso explicaría, al menos como posibilidad filosófica, algo profundamente extraño: llegamos sin memoria, encontramos miles de religiones, vivimos rodeados de señales que cada persona interpreta de manera diferente y nos marchamos sin conseguir una prueba definitiva. Incluso las experiencias cercanas a la muerte parecen detenerse siempre en la frontera: nos permiten mirar hacia el misterio, pero nunca regresar con algo capaz de terminar la discusión para siempre.

Quizá Dios sí juega a los dados con nosotros. Quizá lanza los dados y después guarda silencio.

No para abandonarnos, sino porque revelar la respuesta destruiría la pregunta. Y tal vez nosotros no vinimos aquí para recibir respuestas. Vinimos para buscarlas mientras vivimos, mientras nos equivocamos, mientras amamos, mientras lo material intenta convencernos de que no existe nada más allá de lo que podemos tocar.

Puede que al morir no encontremos absolutamente nada. Hay que tener el valor de admitir esa posibilidad. Pero si encontramos algo, quizá nuestra primera sorpresa no sea descubrir que existe otra vida. Quizá sea comprender por qué era imprescindible que mientras estuvimos aquí no pudiéramos saberlo. Y si entonces descubrimos que todavía no entendimos aquello que habíamos venido a aprender, tal vez el tablero vuelva a aparecer.

Otra vida. Otras circunstancias. Otra oportunidad. Sin respuestas. Sin recuerdos.

Y los dados, otra vez, rodando.

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Fuentes / Referencias
Gëlico

Gëlico es escritor, pintor, ilustrador, actor, director y diseñador gráfico cubano-canadiense. Graduado de Actuación y Dirección en la Escuela Nacional de Arte de Cuba, también estudió Diseño Gráfico y Ciencias de la Computación en Toronto, donde obtuvo honores académicos. Su trabajo creativo abarca la pintura, la ilustración, la literatura, el cine y los medios digitales.

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