El 15 de julio de 2026 Toronto amaneció diferente. No era niebla. Tampoco una tormenta acercándose desde el lago Ontario. Sobre la ciudad flotaba el humo transportado por los vientos desde los incendios que ardían en el noroeste de Ontario. A medida que avanzó la mañana, la contaminación aumentó hasta colocar a Toronto en el primer lugar del ranking en tiempo real de IQAir entre las principales ciudades monitorizadas del mundo, por delante en determinados momentos de urbes como Kinshasa, Delhi y Dubái.
La imagen resultaba casi absurda. Toronto, una ciudad rodeada por agua, parques y enormes extensiones verdes, aparecía convertida en una fotografía propia de algunas de las capitales más contaminadas del planeta. Pero el enemigo no estaba en sus calles. Los incendios se encontraban muy lejos de allí.
En el noroeste de Ontario había 136 incendios activos la noche del 15 de julio; 63 estaban considerados fuera de control. Varias comunidades indígenas recibieron órdenes de evacuación y algunas tuvieron que abandonar sus hogares mientras el fuego avanzaba. El humo, entretanto, siguió viajando hacia el sur hasta cubrir buena parte de Ontario y alcanzar regiones de Estados Unidos. Global News
Ese detalle explica buena parte del problema. Las partículas producidas por un gran incendio forestal no respetan provincias, fronteras ni códigos postales. Las más pequeñas, conocidas como PM2.5, pueden permanecer suspendidas y desplazarse grandes distancias. Son precisamente una de las sustancias utilizadas para calcular el índice canadiense de riesgo de calidad del aire, junto con el ozono a nivel del suelo y el dióxido de nitrógeno. Canada
Por eso aquel cielo naranja no era solamente un fenómeno visual espectacular. Environment Canada emitió advertencias de calidad del aire y recomendó reducir el tiempo al aire libre. Entre los posibles efectos de la exposición al humo se encontraban irritación de ojos, nariz y garganta, dolores de cabeza y tos, mientras que síntomas más graves podían incluir dificultades respiratorias o dolor en el pecho. Los riesgos eran especialmente importantes para personas mayores, niños, embarazadas y quienes padecían determinadas enfermedades crónicas.
La ciudad comenzó entonces a adaptarse a algo que hasta hace pocos años muchos asociaban principalmente con regiones forestales remotas. Se cancelaron actividades al aire libre y el humo continuó afectando Toronto durante el día siguiente. Los servicios paramédicos informaron además que, entre el 13 y el 15 de julio, las llamadas relacionadas con problemas respiratorios habían aumentado un 24,1 % respecto del mismo período del año anterior, aunque advirtieron que esas emergencias podían tener múltiples causas y no atribuyeron todas exclusivamente al humo.
Había otro elemento inquietante: el calor. El episodio coincidió con temperaturas extraordinariamente elevadas. Posteriormente, el Gobierno de Canadá describió las condiciones de mediados de julio en el noroeste de Ontario como un evento de calor extremo, con temperaturas superiores aproximadamente al 98 % de las registradas normalmente para ese período del año. El calor persistente, la baja humedad y las condiciones secas contribuyeron a crear el escenario para incendios intensos.
Eso no significa que Toronto viva permanentemente bajo una nube tóxica. Sería incorrecto afirmarlo. Hoy la situación es completamente diferente: a las 12:00 a. m. del 22 de septiembre, Environment Canada registraba para Toronto un AQHI de 2, “Low Risk”, y mantenía ese mismo nivel previsto para el martes y el miércoles.
Precisamente ahí está lo extraordinario de aquella jornada. La misma ciudad que hoy puede respirar un aire considerado de bajo riesgo pudo aparecer, apenas unas semanas antes, encabezando durante horas una clasificación mundial de contaminación.
Los incendios estaban lejos. El humo no.
Y quizá esa sea la imagen que mejor resume lo ocurrido en Toronto: una ciudad que no estaba ardiendo descubrió que también podía respirar el incendio.




