La inteligencia artificial ya no es una promesa lejana ni una herramienta reservada a laboratorios tecnológicos. Está entrando en oficinas, bancos, hospitales, estudios de diseño, redacciones, despachos jurídicos, centros de atención al cliente y departamentos administrativos. Y el Fondo Monetario Internacional acaba de volver a poner una cifra inquietante sobre la mesa: hasta el 60% de los empleos en las economías avanzadas podría verse afectado por la IA.
Eso no significa que seis de cada diez trabajadores vayan a ser despedidos. Significa algo más complejo: millones de puestos podrían ser transformados, automatizados parcialmente o, en determinados casos, desaparecer porque una parte sustancial de sus tareas pueda ser realizada por sistemas de inteligencia artificial.
La paradoja es enorme. La misma tecnología que está impulsando inversiones multimillonarias y ayudando a sostener el crecimiento económico mundial también puede convertirse en una de las mayores fuerzas de reorganización laboral desde la Revolución Industrial. El FMI estima que la IA podría elevar el crecimiento potencial de las economías, pero advierte que ese beneficio llegará acompañado de profundas alteraciones en el empleo, los salarios y la distribución de la riqueza.
Los trabajos cualificados ya no están protegidos
La automatización tradicional golpeaba primero a las tareas físicas y repetitivas. La inteligencia artificial cambia esa lógica.
Ahora también puede redactar informes, analizar documentos, programar software, traducir, resumir expedientes, procesar imágenes médicas, atender clientes, elaborar campañas publicitarias y producir diseños. Eso coloca bajo presión a ocupaciones que durante décadas parecían relativamente protegidas por requerir educación universitaria o conocimiento especializado.
El FMI calcula que alrededor del 60% de los trabajos en las economías avanzadas están expuestos a algún grado de transformación por la IA, frente a cerca del 40% en economías emergentes y alrededor del 26% en países de bajos ingresos. En aproximadamente la mitad de los empleos expuestos en los países ricos, la tecnología podría aumentar la productividad; en la otra mitad, podría reducir la demanda de trabajo, presionar salarios o volver innecesarias determinadas funciones. El cambio, por tanto, no será simplemente una batalla entre humanos y máquinas. Muchas profesiones continuarán existiendo, pero posiblemente necesiten menos trabajadores para producir lo mismo.
El primer golpe puede llegar por los puestos de entrada
Uno de los problemas más delicados aparece entre los jóvenes que intentan incorporarse al mercado laboral. Durante décadas, muchas personas comenzaron sus carreras realizando tareas básicas: preparar documentos, investigar información, responder consultas, analizar datos sencillos o producir borradores que posteriormente revisaba alguien con más experiencia. Precisamente esas tareas son algunas de las más fáciles de automatizar con IA.
Durante las reuniones anuales del FMI y el Banco Mundial de este lunes, dirigentes internacionales advirtieron del deterioro que ya comienza a observarse en determinados empleos de nivel inicial. El riesgo es que una generación pueda encontrarse frente a una contradicción inesperada: necesitar experiencia para conseguir trabajo, pero encontrar cada vez menos trabajos donde obtener esa experiencia.
No todos perderán: algunos podrían ganar mucho
También existe otra cara del fenómeno. Un médico que utilice IA para analizar grandes cantidades de información, un programador capaz de producir código más rápido o un investigador que automatice tareas rutinarias podría multiplicar su productividad. Es precisamente ahí donde aparece uno de los grandes temores del FMI: la desigualdad.
Quienes posean habilidades complementarias a la inteligencia artificial podrían aumentar sus ingresos y su valor profesional. Quienes desempeñen tareas fácilmente sustituibles pueden experimentar justo lo contrario. El resultado podría ser un mercado laboral dividido entre trabajadores enormemente productivos y otros cuyos servicios pierdan valor económico.
El FMI advierte además que alrededor de uno de cada diez anuncios de empleo en economías avanzadas ya exige alguna habilidad nueva relacionada con los cambios tecnológicos, una señal de que las empresas están modificando sus requisitos mientras la transformación todavía está comenzando.
La IA también está creando una economía diferente
El problema no termina en los puestos de trabajo. La expansión de centros de datos, chips, energía e infraestructura para inteligencia artificial está generando inversiones gigantescas y contribuyendo al crecimiento global. Según el FMI, esa inversión está ayudando actualmente a mantener el crecimiento mundial alrededor del 3%. Pero una economía donde cada vez una proporción mayor de la producción depende del capital tecnológico y una proporción menor del trabajo humano plantea preguntas incómodas.
Si las empresas producen más con menos empleados, ¿quién financia los sistemas de protección social? ¿Cómo se sostienen los ingresos fiscales basados en salarios? ¿Qué ocurre con millones de personas cuya formación deja de corresponderse con lo que demanda el mercado? No son preguntas para dentro de cincuenta años. Están comenzando a discutirse ahora.
La verdadera carrera ya comenzó
El error probablemente sea imaginar que la IA llegará un día y eliminará millones de empleos de golpe. La transformación será mucho menos cinematográfica.
Primero desaparecerá una tarea. Después otra. Una empresa descubrirá que cinco personas pueden hacer el trabajo que antes realizaban diez. Otra dejará de contratar asistentes. Otra sustituirá parte de su atención al cliente. Otra automatizará traducciones, documentos o análisis. Los puestos seguirán conservando sus nombres durante algún tiempo, aunque por dentro hayan cambiado completamente.
Y ese puede ser precisamente el aspecto más profundo de la revolución actual: muchos empleos no desaparecerán de repente; se irán vaciando poco a poco de las tareas que justificaban que existieran. El 60% del que habla el FMI no es una sentencia de desempleo masivo. Es una advertencia de algo quizás todavía mayor. Una parte enorme del trabajo humano está a punto de ser redefinida.




