Un pequeño dinosaurio emplumado que vivió junto al Tyrannosaurus rex hace unos 66 millones de años acaba de revelar una dieta que los paleontólogos no habían podido demostrar hasta ahora en ningún dinosaurio: estaba especializado en comer frutas.
La nueva especie, bautizada Infernogallus jamesi, tenía aproximadamente el tamaño de un pavo, pesaba alrededor de 12 kilogramos y poseía un pico sin dientes. Su anatomía, sin embargo, es lo que ha sorprendido a los investigadores. El cráneo estaba construido para triturar y procesar alimentos blandos mediante movimientos de la mandíbula hacia delante y hacia atrás, un mecanismo comparable al utilizado actualmente por algunos loros que se alimentan de frutas.
UNA “GALLINA DEL INFIERNO” DE 66 MILLONES DE AÑOS
El nombre Infernogallus significa aproximadamente “gallina del infierno”, una referencia a la Formación Hell Creek de Norteamérica, donde fueron encontrados sus restos. Esa formación geológica, extendida por zonas de Montana, Dakota del Norte, Dakota del Sur y Wyoming, conserva uno de los ecosistemas de dinosaurios más famosos del final del Cretácico.
Allí convivieron animales tan conocidos como Tyrannosaurus rex, Triceratops y Ankylosaurus. Infernogallus pertenecía a los cenagnátidos, un grupo de dinosaurios terópodos bípedos, emplumados y sin dientes cuyos hábitos alimenticios habían sido difíciles de determinar debido a la escasez de cráneos completos.
El ejemplar estudiado cambia esa situación. Incluye un cráneo casi completo y articulado, algo excepcional para este grupo, además de partes del esqueleto. Los investigadores utilizaron tomografías computarizadas para reconstruir digitalmente sus huesos y estudiar la disposición de los músculos responsables de mover la mandíbula.
UNA MANDÍBULA QUE NO FUNCIONABA COMO LA DE T. REX
Mientras grandes depredadores como T. rex dependían fundamentalmente de una mordida vertical extremadamente poderosa, Infernogallus tenía otra estrategia. Algunos huesos del paladar se arqueaban hacia el interior de la boca, modificando la orientación de los músculos mandibulares y permitiendo que el pico se desplazara hacia delante y hacia atrás.
Ese movimiento habría permitido machacar la pulpa de frutos blandos. Las crestas y surcos del pico podían funcionar como superficies de trituración, procesando el alimento antes de tragarlo. Los científicos tampoco encontraron gastrolitos, las piedras estomacales utilizadas por numerosos dinosaurios herbívoros para moler vegetación dentro del aparato digestivo.
La combinación de estas características llevó al equipo a concluir que el animal estaba especializado en procesar frutas carnosas. No se trata de haber encontrado una fruta fosilizada dentro de su estómago, sino de una inferencia anatómica sustentada por la mecánica de su cráneo y por comparaciones con animales vivos.
UN PARALELO CON LOS LOROS MODERNOS
Una de las comparaciones más llamativas aparece en ciertas aves frugívoras modernas. Algunos loros poseen una organización muscular que les permite manipular y aplastar la pulpa mientras evitan o descartan las semillas. Los investigadores encontraron un principio biomecánico semejante en Infernogallus, pese a los aproximadamente 66 millones de años que separan a este dinosaurio de las aves actuales.
La especie era además completamente adulta pese a su pequeño tamaño. El análisis del tejido óseo indica que el individuo había alcanzado la madurez, descartando que se tratara simplemente de una cría de una especie de mayor tamaño.
LOS DINOSAURIOS Y LA EXPLOSIÓN DE LAS PLANTAS CON FLORES
El descubrimiento puede tener implicaciones mucho mayores que la dieta de una sola especie. Durante el Cretácico, las plantas con flores se expandieron de manera extraordinaria y comenzaron a producir frutos cada vez más diversos. Al mismo tiempo, distintos grupos de dinosaurios desarrollaban nuevas estrategias alimentarias.
Los investigadores señalan que la diversificación de los cenagnátidos coincide temporalmente con el aumento del tamaño y la variedad de los frutos. Esto abre una posibilidad fascinante: algunos dinosaurios pudieron desempeñar funciones ecológicas similares a las de aves y mamíferos actuales que consumen frutas y participan en la dispersión de semillas.
Por ahora, esa función de dispersores no está demostrada. Si Infernogallus trituraba la pulpa pero evitaba las semillas, podría haber contribuido a transportarlas, pero hacen falta más fósiles y evidencias para establecerlo. La investigación distingue claramente entre lo que revela la anatomía del animal y lo que todavía permanece como hipótesis.
UN MUNDO DE T. REX QUE TODAVÍA GUARDA SORPRESAS
El hallazgo también recuerda cuánto falta por conocer sobre los ecosistemas inmediatamente anteriores a la extinción masiva de hace 66 millones de años. Los esqueletos de dinosaurios pequeños y delicados tienen muchas menos probabilidades de preservarse que los huesos robustos de los gigantes, por lo que una parte importante de aquella biodiversidad puede seguir oculta en el registro fósil.
La descripción de Infernogallus añade una nueva pieza a ese rompecabezas. En el mismo paisaje donde caminaba uno de los depredadores más formidables de la historia, un pequeño dinosaurio emplumado había desarrollado una maquinaria mandibular extraordinariamente especializada para algo mucho menos aterrador: comer fruta.



