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¿Y SI NO FUERON LOS EGIPCIOS?

Nos dijeron que fue una tumba. Que la levantaron para el faraón Keops hace unos 4.500 años y que millones de toneladas de piedra fueron extraídas, transportadas, elevadas y colocadas durante aproximadamente dos décadas por trabajadores que disponían de herramientas de cobre, piedra, madera, cuerdas y abrasivos. Lo aprendimos en la escuela, apareció en documentales y terminó instalado en nuestra memoria como un hecho consumado. Sin embargo, una cosa es saber que la Gran Pirámide pertenece al mundo del antiguo Egipto y otra muy distinta conocer con absoluta certeza quién la concibió, cuándo comenzó realmente su construcción, cuánto tiempo tomó levantarla, para qué fue creada y mediante qué técnicas se consiguió semejante proeza. Cuando comenzamos a separar las evidencias de las interpretaciones, la historia se vuelve bastante más complicada. Y también mucho más interesante.

LA PIRÁMIDE QUE CREEMOS CONOCER

La Gran Pirámide de Giza es tan familiar que hemos dejado de verla. Su silueta aparece en libros infantiles, documentales, películas y anuncios turísticos. Esa familiaridad produce una ilusión peligrosa: creemos comprenderla porque podemos reconocerla. Pero basta acercarse a sus dimensiones reales para que esa seguridad empiece a tambalearse.

Originalmente alcanzaba unos 146 metros de altura y cada lado de su base mide aproximadamente 230 metros. Se estima que contiene alrededor de 2,3 millones de bloques y que su masa total alcanza varios millones de toneladas. La mayor parte es piedra caliza, pero en determinadas estructuras interiores aparecen enormes piezas de granito procedentes de Asuán, a cientos de kilómetros de Giza. Algunas pesan decenas de toneladas. Todo ese material tuvo que ser extraído, trabajado, transportado, organizado y colocado siguiendo un proyecto cuya escala resulta extraordinaria incluso para nuestros parámetros actuales.

Y después está la precisión. No estamos hablando simplemente de amontonar piedras hasta formar una montaña artificial. La orientación de la Gran Pirámide respecto al norte verdadero presenta una desviación extraordinariamente pequeña. La enorme base fue nivelada con una precisión sorprendente y sus cuatro lados mantienen dimensiones notablemente próximas entre sí pese a superar los doscientos metros. Según la cronología generalmente aceptada, todo esto ocurrió alrededor de 2560 antes de nuestra era.

La explicación arqueológica dominante identifica la pirámide como el monumento funerario del faraón Khufu, el Keops de los griegos, y sitúa su construcción durante la IV Dinastía. Existen evidencias importantes que relacionan el complejo con su reinado. Sin embargo, atribuir un monumento a determinado faraón, establecer su función original, determinar exactamente cuándo comenzó a construirse y conocer el procedimiento utilizado para levantarlo son preguntas diferentes. Con demasiada frecuencia las presentamos como si fueran una sola.

 

EL PROBLEMA DE LOS VEINTE AÑOS

Una de las afirmaciones más repetidas sostiene que la Gran Pirámide fue construida en aproximadamente veinte años. Si aceptamos unos 2,3 millones de bloques y hacemos una simple división, obtenemos aproximadamente 115.000 bloques por año, más de 300 diarios trabajando todos los días. Dependiendo de la jornada laboral que imaginemos, el promedio necesario conduce a una cifra que inevitablemente impresiona: durante la obra habría tenido que completarse, en promedio, la incorporación de un bloque cada pocos minutos.

Esta cuenta suele utilizarse para afirmar que la construcción fue imposible, pero eso tampoco sería correcto. Una obra monumental no funciona como una fila en la que un trabajador termina un bloque antes de que otro comience el siguiente. Cientos o miles de personas podían trabajar simultáneamente en diferentes procesos. Mientras unas cuadrillas extraían piedra, otras podían transportarla; mientras algunas preparaban superficies, otras trabajaban en niveles diferentes de la estructura. La producción paralela cambia completamente el significado de aquella división matemática.

Pero reconocerlo no hace desaparecer el problema logístico. Cada uno de esos millones de bloques primero tenía que ser extraído de una cantera, separado de la roca, desbastado, transportado hasta el lugar correspondiente, elevado y finalmente colocado. Y mientras la pirámide crecía, las dificultades cambiaban. Transportar una piedra de varias toneladas a unos pocos metros de altura no plantea el mismo problema que llevarla mucho más arriba. A eso debemos sumar la construcción de cámaras, corredores y estructuras internas, algunas realizadas con bloques considerablemente más pesados que los utilizados en buena parte del cuerpo exterior.

 

¿DE DÓNDE SALIERON LOS VEINTE AÑOS?

Existe además otro detalle que rara vez acompaña a la famosa cifra de veinte años: no poseemos un registro de obra contemporáneo que diga que la Gran Pirámide tardó exactamente veinte años en construirse. La referencia histórica más conocida procede de Heródoto, quien escribió sobre Egipto aproximadamente dos mil años después de la época de Khufu. Heródoto es una fuente histórica fundamental, pero no fue testigo de la construcción.

Por eso todavía hoy investigadores e ingenieros desarrollan modelos para determinar qué sistemas de rampas, transporte y organización laboral habrían permitido completar semejante proyecto dentro de aquel período. La palabra importante es precisamente esa: modelos. Podemos demostrar que determinado procedimiento habría sido físicamente posible y calcular cuánto tiempo habría requerido. Eso no significa necesariamente que hayamos demostrado que fue exactamente el procedimiento utilizado hace 4.500 años.

 

EL GRANITO: DONDE EMPIEZAN LAS PREGUNTAS

El trabajo de la piedra dura constituye otro de los grandes capítulos de esta historia. La mayor parte de la Gran Pirámide es caliza, pero el granito aparece en lugares fundamentales, especialmente en la llamada Cámara del Rey y en estructuras situadas sobre ella. Ese granito procedía de Asuán y contiene minerales de gran dureza, incluido cuarzo. Algunas piezas alcanzan pesos enormes.

Aquí suele aparecer una explicación excesivamente simplificada: los egipcios trabajaron esas piedras con herramientas de cobre. La realidad es bastante más interesante. Los arqueólogos no sostienen que una simple hoja de cobre blando cortara granito como una moderna sierra de diamante. Las reconstrucciones experimentales incluyen herramientas metálicas utilizadas junto a abrasivos minerales, de modo que las partículas duras realizan buena parte del desgaste mientras el metal funciona como soporte y movimiento del sistema.

Se han realizado experimentos capaces de demostrar que estos procedimientos pueden trabajar piedras extremadamente duras. Es una evidencia importante porque demuestra que no necesitamos imaginar necesariamente herramientas eléctricas o metales desconocidos para producir determinados cortes. Sin embargo, demostrar que un procedimiento funciona no responde automáticamente a todas las preguntas sobre productividad, precisión y escala.

¿Cuánto tardaba una cuadrilla en producir determinado corte? ¿Cuánto abrasivo necesitaba? ¿Cuántas herramientas debían fabricarse y reemplazarse? ¿Cómo se mantenía la precisión durante trabajos prolongados? ¿Qué cantidad de trabajadores especializados era necesaria? ¿Cómo se transforma un experimento exitoso sobre una pieza en un sistema industrial capaz de alimentar durante años una construcción de millones de toneladas? Son preguntas legítimas. Formularlas no niega la arqueología experimental; exige llevarla hasta sus consecuencias.

 

LAS PERFORACIONES QUE SIGUEN INCOMODANDO

Las perforaciones en piedra dura añaden otro elemento fascinante. A finales del siglo XIX, Flinders Petrie examinó perforaciones y núcleos procedentes de monumentos egipcios y quedó impresionado por determinadas marcas presentes en ellos. Algunas piezas muestran evidencias de perforación tubular en granito. Desde entonces se han realizado experimentos utilizando tubos de cobre y diferentes abrasivos capaces de producir perforaciones en piedras duras.

El debate se encuentra en los detalles: velocidades de penetración, características de las marcas, naturaleza de los abrasivos y correspondencia entre las huellas experimentales y las antiguas. De nuevo aparecen dos extremos que conviene evitar. No es correcto afirmar que nadie ha conseguido explicar cómo podía perforarse granito con tecnología antigua. Existen experimentos que demuestran que era posible. Pero tampoco necesitamos fingir que cada marca encontrada en cada pieza egipcia ha quedado reconstruida hasta el último detalle.

Quizá una parte del problema sea nuestra propia concepción de la palabra tecnología. Tendemos a asociarla con electricidad, motores, acero industrial, láseres y ordenadores. Pero una civilización puede desarrollar procedimientos extraordinariamente sofisticados utilizando materiales aparentemente simples. Una cuerda, una plomada, un abrasivo, una palanca o una observación astronómica pueden convertirse en instrumentos de enorme precisión cuando detrás existe conocimiento acumulado durante generaciones.

 

UNA PRECISIÓN DIFÍCIL DE IGNORAR

Eso nos conduce nuevamente a la geometría de Giza. La Gran Pirámide está orientada con extraordinaria precisión respecto a los puntos cardinales. Su enorme plataforma fue nivelada con una exactitud sorprendente. Los antiguos egipcios fueron excelentes observadores del cielo, topógrafos y constructores.

Reconocerlo no elimina el misterio; lo desplaza hacia una pregunta mucho más interesante: ¿qué métodos desarrollaron para trasladar ese conocimiento a una construcción gigantesca?

 

¿ERA REALMENTE UNA TUMBA?

Después aparece la afirmación probablemente más conocida de todas: la Gran Pirámide era una tumba. El monumento se encuentra dentro de un complejo funerario y ese contexto constituye una evidencia importante de su función. En su interior existe además el enorme cofre de granito que tradicionalmente identificamos como sarcófago. Sin embargo, jamás hemos encontrado el cuerpo de Khufu dentro de la pirámide ni un ajuar funerario intacto que permita cerrar definitivamente la discusión.

La ausencia de una momia no demuestra que nunca estuviera allí. Las tumbas egipcias fueron saqueadas durante milenios y sería perfectamente posible que el contenido original hubiera desaparecido mucho antes de la investigación moderna. Pero aquí vuelve a resultar necesario separar evidencia e inferencia. El contexto funerario es real. El supuesto sarcófago es real. La asociación con Khufu posee evidencias importantes. El cadáver del faraón dentro de la Gran Pirámide, sin embargo, no lo tenemos.

Incluso si aceptamos plenamente su función funeraria, todavía podemos preguntarnos si “tumba” describe todo lo que aquel monumento significaba. Religión, cosmología, poder político, culto real y concepciones sobre la vida después de la muerte estaban profundamente entrelazados en Egipto. Reducir semejante construcción a una enorme caja destinada a guardar un cadáver probablemente tampoco haga justicia a la mentalidad de quienes la utilizaron.

 

MERER: LA EVIDENCIA QUE NO PODEMOS IGNORAR

Y entonces aparece una de las evidencias más importantes de toda esta investigación: el diario de Merer.

En Wadi el-Jarf fueron descubiertos papiros pertenecientes al final del reinado de Khufu. Entre ellos se encuentra el diario de un funcionario llamado Merer, responsable de una cuadrilla de trabajadores. El documento describe operaciones de transporte de piedra caliza desde Tura hacia Akhet-Khufu, nombre relacionado con el complejo de la Gran Pirámide. Estamos ante un documento contemporáneo al reinado del faraón que conecta directamente una operación logística de transporte de materiales con su proyecto en Giza.

Es una evidencia formidable y cualquier hipótesis seria tiene que enfrentarse a ella. Pero también debemos precisar exactamente qué demuestra. El diario confirma que durante el reinado de Khufu existía una operación organizada transportando piedra hacia Akhet-Khufu. Vincula al faraón, trabajadores, materiales y el complejo. Lo que no constituye es un diario completo de la construcción desde la primera piedra hasta la última. No describe el sistema utilizado para levantar los niveles superiores, no resuelve el problema de las rampas y tampoco explica cada estructura de la meseta.

 

LOS HOMBRES DE GIZA

Algo parecido ocurre con los grafitos encontrados en espacios internos de la pirámide, incluidos nombres de cuadrillas relacionados con Khufu. Junto con los asentamientos de trabajadores excavados en Giza, restos de alimentación, instalaciones y evidencias de una organización laboral considerable, el panorama resultante se aleja mucho de la vieja imagen cinematográfica de multitudes de esclavos trabajando bajo el látigo.

Existió una infraestructura egipcia enorme asociada a las pirámides. Eso resulta difícil de discutir. Pero aquí llegamos a la pregunta que más incomodidad produce: ¿significa todo eso necesariamente que cada parte de Giza comenzó a existir durante la IV Dinastía?

 

¿Y SI GIZA ES MUCHO MÁS ANTIGUA?

Durante décadas, diferentes autores han propuesto que algunos elementos de la meseta podrían ser considerablemente anteriores. Una de las fechas más repetidas es aproximadamente 10.500 antes de nuestra era. La propuesta se ha relacionado con interpretaciones astronómicas, la precesión terrestre, la constelación de Orión, Leo y determinadas teorías sobre la Gran Esfinge.

La conocida correlación de Orión propone una correspondencia entre las tres grandes pirámides y las estrellas del cinturón de Orión. Robert Bauval popularizó esta interpretación y posteriormente la idea fue incorporada a hipótesis mucho más amplias sobre una civilización desaparecida anterior a la historia que conocemos.

Es una posibilidad fascinante, pero una correspondencia astronómica por sí sola no puede fechar una construcción. La hipótesis ha recibido críticas relacionadas con orientación, escala, selección de estrellas y con la utilización de 10.500 a. C. como fecha particularmente significativa.

 

LA ESFINGE Y EL AGUA

Más complicada es la controversia geológica relacionada con la Esfinge. El geólogo Robert Schoch ha defendido que determinados patrones de erosión del recinto son compatibles con una exposición prolongada a precipitaciones considerablemente mayores que las características del Egipto histórico. Si esa interpretación fuera correcta y exigiera una cronología mucho más antigua, sus consecuencias serían enormes.

Otros investigadores rechazan esa conclusión y explican las características del recinto mediante la naturaleza de las diferentes capas de caliza, humedad, sales, viento y otros procesos erosivos capaces de actuar dentro de una cronología más reciente. La discusión geológica existe, pero no proporciona por sí sola una fecha indiscutible de 10.500 a. C. Y, todavía más importante, una Esfinge potencialmente anterior no demostraría automáticamente que la Gran Pirámide tuviera exactamente la misma antigüedad.

 

EL CARBONO 14 TAMPOCO CIERRA EL CASO

El radiocarbono constituye otro obstáculo importante para una cronología extremadamente remota. Se han fechado materiales orgánicos relacionados con morteros y monumentos del Reino Antiguo. Los resultados presentan variaciones y algunos problemas conocidos, pero no han producido fechas cercanas a 10.500 antes de nuestra era. Esto representa una dificultad seria para la idea de que la Gran Pirámide completa fuera construida miles de años antes de la IV Dinastía.

Sin embargo, el carbono 14 tampoco puede fechar directamente la piedra. Lo que se fecha es material orgánico asociado a ella. Por eso una hipótesis según la cual una estructura anterior hubiera sido reutilizada, modificada o restaurada posteriormente tendría que investigarse mediante otras evidencias. Hasta ahora no poseemos pruebas suficientes para demostrar semejante escenario. Pero la pregunta en sí misma no debería considerarse ilegítima.

 

¿PUDIERON HEREDAR ALGO?

La historia humana está llena de reutilizaciones. Templos levantados sobre santuarios anteriores, ciudades construidas encima de otras ciudades, piedras monumentales reaprovechadas y lugares sagrados utilizados durante miles de años por culturas diferentes. Preguntar si Giza pudo experimentar procesos similares no significa afirmar que sucedieron. Significa reconocer una posibilidad histórica que sólo puede convertirse en certeza cuando aparezcan evidencias capaces de sostenerla.

Y quizá no tengamos que escoger necesariamente entre dos extremos: que los egipcios construyeran absolutamente todo desde cero durante el reinado de Khufu o que una civilización desconocida levantara la Gran Pirámide miles de años antes. Entre ambas posibilidades existe un enorme territorio que todavía puede investigarse.

 

DOS FORMAS DE DEJAR DE PENSAR

Quizá ése sea precisamente el problema con el debate sobre las pirámides. Hemos construido dos posiciones extremas que terminan pareciéndose más de lo que sus defensores admitirían. Una afirma que los expertos ya lo han explicado prácticamente todo y que seguir preguntando sólo alimenta fantasías. La otra sostiene que cualquier dificultad de la explicación arqueológica demuestra automáticamente la existencia de una civilización perdida con conocimientos extraordinarios. Ambas pueden terminar convirtiéndose en actos de fe.

Entre ellas existe un territorio mucho más interesante. Podemos reconocer que las evidencias vinculan fuertemente la Gran Pirámide con Khufu y con el Reino Antiguo y, al mismo tiempo, admitir que todavía discutimos aspectos fundamentales de su ingeniería. Podemos aceptar que los antiguos egipcios fueron capaces de perforar y trabajar piedras duras sin pretender que conocemos cada procedimiento utilizado. Podemos estudiar seriamente una posible mayor antigüedad de determinados elementos de Giza sin convertir una posibilidad en un hecho demostrado.

Y podemos admitir algo todavía más difícil: no sabemos todo.

 

LO QUE SABEMOS. Y LO QUE NO.

Tal vez Khufu ordenó construir la Gran Pirámide exactamente dentro del período que acepta la cronología convencional. La evidencia disponible establece una relación poderosa entre su reinado y el monumento. Pero no tenemos los planos completos de la obra, no poseemos su manual de ingeniería, no conocemos con certeza el sistema de rampas utilizado y no conservamos una descripción contemporánea que explique paso por paso cómo se levantó.

Tenemos piedras, canteras, herramientas, papiros, grafitos, asentamientos de trabajadores, experimentos modernos, modelos de ingeniería y un monumento gigantesco que continúa obligándonos a reconstruir su nacimiento cuatro milenios y medio después.

Quizá algún descubrimiento futuro cierre definitivamente algunas de estas preguntas. Quizá abra otras todavía mayores. Mientras tanto, deberíamos desconfiar de dos arrogancias igualmente peligrosas: creer que nuestros antepasados eran demasiado primitivos para realizar semejante obra y creer que nosotros ya comprendemos perfectamente cómo la realizaron.

Porque existe una enorme diferencia entre negar una evidencia y negarse a dejar de hacer preguntas. La primera actitud destruye el conocimiento. La segunda puede ampliarlo.

Y tal vez, después de todo, la pregunta más interesante no sea todavía quién construyó la Gran Pirámide. Tal vez sea cuánto de lo que creemos saber sobre ella sabemos realmente.

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Fuentes / Referencias
Antonino Dartayet

Investigador y ensayista dedicado durante gran parte de su vida al estudio de la antropología, las religiones antiguas y la historia de las civilizaciones. Ha centrado buena parte de su trabajo en comprender las creencias, costumbres y formas de pensamiento de las sociedades antiguas y su influencia en la cultura contemporánea.

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