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PEDRO NO SE LLAMABA PEDRO: LOS NOMBRES REALES DE LOS APÓSTOLES

Jesús y los apóstoles en La Última Cena de Leonardo da Vinci

Hay una objeción que aparece una y otra vez en discusiones sobre el cristianismo: si Jesús y sus discípulos vivieron en la Judea y Galilea del siglo I, ¿por qué se llamaban Pedro, Juan, Mateo, Santiago o Pablo, nombres que hoy suenan españoles, italianos o ingleses? A veces la pregunta viene acompañada de una burla: ¿por qué no se llamaban Mohamed, Abdul o cualquier otro nombre que al oído moderno parezca más propio de Oriente Próximo?

La respuesta es sencilla, pero exige historia. Pedro no caminó por Galilea oyendo que lo llamaban «Pedro» con pronunciación castellana, Juan no se presentó como «Juan» y Santiago jamás escuchó la palabra española «Santiago». Esas son las formas que sus nombres adquirieron después de atravesar siglos de hebreo, arameo, griego, latín y romance. Confundir la traducción moderna de un nombre con el nombre pronunciado en el siglo I no refuta el Nuevo Testamento; solamente demuestra desconocimiento de cómo funcionan la transmisión textual y la evolución lingüística.

Un mundo con varios idiomas

La Palestina del siglo I no era lingüísticamente uniforme. El arameo tenía un papel central en la vida cotidiana de buena parte de la población judía; el hebreo conservaba funciones religiosas, escriturarias y culturales; el griego estaba ampliamente extendido en el Mediterráneo oriental y era la gran lengua internacional de comunicación; y el latín pertenecía al aparato político y militar romano. Por eso no tiene nada de extraño encontrar personas judías con nombres semíticos, nombres griegos o incluso más de un nombre utilizado según el contexto.

El propio Nuevo Testamento fue transmitido principalmente en griego koiné. Eso significa que los nombres semíticos aparecen muchas veces transliterados o adaptados al sistema fonético y morfológico griego. Más tarde pasaron al latín de la tradición cristiana occidental y, desde allí, a las lenguas romances. En otros casos el recorrido hacia el inglés, el francés o el alemán tomó caminos diferentes. No estamos ante nombres españoles proyectados retrospectivamente sobre judíos del siglo I; estamos ante nombres antiguos que llegaron al español después de una larga historia lingüística.

Simón, Cefas y Pedro: tres formas alrededor de un mismo hombre

El caso más pedagógico es Pedro. Su nombre personal se relaciona con el hebreo Shim‘on, שִׁמְעוֹן, transmitido en griego como Simōn o Symeōn. De ahí procede nuestro Simón. Pero el discípulo recibió además el sobrenombre arameo Kēfā o Kepha, «roca» o «piedra». Pablo conserva precisamente la forma griega transliterada Kēphas, que en español aparece como Cefas.

El griego tradujo esa idea mediante Petros, Πέτρος. El latín heredó Petrus; el castellano terminó dando Pedro. En italiano es Pietro, en francés Pierre, en inglés Peter y en alemán Peter. Ninguna de estas formas pretende reproducir exactamente lo que habría gritado un pescador galileo desde la orilla. Son descendientes históricos de una misma tradición onomástica. La investigación de Oxford sobre el nombre de Pedro subraya precisamente la convivencia del nombre semítico y el griego y el origen arameo de Kēphas.

Juan fue Yohanan

Juan procede del hebreo Yōḥānān o Yehoḥānān, יוֹחָנָן, cuyo sentido es aproximadamente «Yahvé ha mostrado gracia» o «Yahvé es misericordioso». Al pasar al griego se convirtió en Iōannēs, Ἰωάννης; el latín lo recibió como Iohannes o Johannes. De esa inmensa familia nacieron el español Juan, el italiano Giovanni, el francés Jean, el inglés John, el alemán Johann/Johannes y numerosas variantes europeas.

¿Significa eso que un hombre llamado John en Londres y otro llamado Giovanni en Roma tienen nombres sin relación con el apóstol? Exactamente lo contrario: las diferencias son la evidencia visible de cómo una misma forma antigua fue adaptándose a sistemas fonéticos distintos.

Ya‘aqov terminó siendo Jacob, Jacobo, Jaime y Santiago

El caso de Santiago es todavía más revelador. El nombre semítico es Ya‘aqov, יַעֲקֹב, el mismo nombre que en español conocemos también como Jacob. El griego del Nuevo Testamento utiliza Iakōbos, Ἰάκωβος, y el latín Iacobus. A partir de las transformaciones del latín tardío y de las lenguas romances surgieron formas como Jacobo y Jaime.

¿Y Santiago? En la tradición hispánica, Sant Iago —«san Iago»— acabó fusionándose hasta producir Santiago. Por eso el apóstol llamado Santiago y el patriarca llamado Jacob comparten, en último término, el mismo nombre semítico. El inglés tomó otra rama histórica y produjo James; el italiano conserva Giacomo. Pretender que «Santiago» tenía que sonar así en Galilea equivale a exigir que Julio César pronunciara «Julius Caesar» con acento inglés moderno.

Mateo, Matityahu y el «don de Dios»

Mateo se vincula con el hebreo Mattityahu, מַתִּתְיָהוּ, «don de Yahvé». En griego encontramos Matthaios, Ματθαῖος, y en latín Matthaeus. De allí proceden el español Mateo, el italiano Matteo, el francés Matthieu y el inglés Matthew. Una vez más, el cambio de aspecto no implica un cambio de personaje: refleja siglos de adaptación fonética.

Tomás ni siquiera empezó como un nombre propiamente dicho

El arameo T’oma significa «gemelo». El Nuevo Testamento conserva Thōmas, Θωμᾶς, y además explica su equivalente griego, Didymos, que también significa «gemelo». El latín Thomas transmitió la forma que terminó en español como Tomás, italiano Tommaso, francés Thomas e inglés Thomas. Este ejemplo permite observar algo importante: los evangelios mismos son conscientes del tránsito entre lenguas y en ocasiones explican nombres o sobrenombres para lectores de otra comunidad lingüística.

Bartolomé: más patronímico que nombre

Bartolomé procede probablemente del arameo bar-Talmay: «hijo de Talmay». Bar significa «hijo de», de modo semejante a como otras culturas incorporan patronímicos a la identificación personal. La forma fue helenizada como Bartholomaios y latinamente como Bartholomaeus, antes de llegar al castellano Bartolomé, al italiano Bartolomeo y al inglés Bartholomew. Benedicto XVI, al tratar históricamente al apóstol, señaló expresamente el carácter patronímico y probable origen arameo de la forma.

Judas era Yehudah

El nombre que en castellano conocemos como Judas procede de Yehudah, יְהוּדָה, el mismo tronco del que procede Judá. En griego se convirtió en Ioudas, Ἰούδας, y en latín Iudas. El hecho de que hubiese más de un Judas entre los discípulos no resulta extraño: era un nombre judío reconocible y extendido. La posterior carga negativa que adquirió «Judas» por la figura del Iscariote pertenece a la historia cristiana posterior, no a la situación onomástica previa.

El epíteto Iscariote plantea discusiones etimológicas y no conviene presentar como certeza absoluta una solución que sigue siendo debatida. Una explicación tradicional lo relaciona con «hombre de Queriot», pero existen otras propuestas académicas. Aquí la filología obliga a hacer justamente lo contrario de lo que hace la polémica superficial: distinguir entre lo seguro, lo probable y lo discutido.

Andrés y Felipe ya eran nombres griegos

Dos nombres destruyen por sí solos la caricatura de una Judea culturalmente aislada. Andrés procede del griego Andreas, Ἀνδρέας, relacionado con anēr/andros, «hombre» o «varón». Felipe viene de Philippos, Φίλιππος, compuesto tradicionalmente entendido como «amante de los caballos». No hace falta inventar para ellos un original hebreo que las fuentes no proporcionan: son nombres griegos en un ambiente donde la influencia helenística llevaba siglos presente.

El italiano conserva Andrea y Filippo; el inglés, Andrew y Philip; el español, Andrés y Felipe. Esa diversidad moderna nace de raíces antiguas perfectamente identificables.

Simón el Zelote, Tadeo y otros casos

Simón comparte el trasfondo de Shim‘on. Su calificativo «Zelote» sirve para distinguirlo de Simón Pedro. Tadeo, por su parte, aparece en una tradición textual compleja en la que las listas apostólicas no siempre presentan exactamente la misma designación; en Lucas y Hechos aparece Judas, hijo de Santiago, mientras Mateo y Marcos transmiten variantes relacionadas con Tadeo. Es precisamente el tipo de detalle que obliga a evitar listas simplificadas presentadas como si cada apóstol hubiese poseído un único nombre moderno e invariable.

Pablo no dejó de llamarse Saulo por convertirse

Y llegamos a Pablo, quizá el ejemplo más mal explicado de todos. Su nombre judío era Sha’ul, שָׁאוּל, el Saúl bíblico, transmitido en griego como Saoulos. Pero Hechos 13:9 no dice que Dios le cambiara el nombre después de su conversión. Dice, en esencia, «Saulo, también llamado Pablo». Paulos, Παῦλος, corresponde al nombre romano Paulus.

La investigación moderna ha dedicado considerable atención a este doble nombre. El mundo grecorromano permitía perfectamente que un judío de la diáspora utilizara una forma judía en un contexto y una grecorromana en otro. Hechos comienza llamándolo Saulo y, desde el episodio de Chipre, emplea Pablo; sus propias cartas utilizan Pablo. Reducir todo esto a «se convirtió y Dios le cambió Saulo por Pablo» es una tradición popular, no lo que afirma literalmente el texto de Hechos. Estudios publicados por Oxford, Cambridge y otras instituciones han examinado precisamente la función narrativa y cultural de ambos nombres.

¿Y Jesús?

El mismo fenómeno ocurre con el nombre central del cristianismo. Jesús no es una palabra castellana aparecida mágicamente en el siglo I. Está relacionado con el hebreo Yehoshua y su forma posterior Yeshua, יֵשׁוּעַ. El griego lo representó como Iēsous, Ἰησοῦς; el latín como Iesus; y de allí procede el español Jesús. El inglés Jesus, el italiano Gesù y el francés Jésus son resultados diferentes de historias fonéticas y ortográficas diferentes.

Entonces, ¿por qué no se llamaban Mohamed o Abdul?

Porque esa comparación mezcla épocas, religiones y lenguas. Muhammad es un nombre árabe asociado históricamente con el profeta del islam, nacido unos seis siglos después de Jesús. ‘Abd es un elemento árabe que significa «siervo» y aparece en numerosos nombres compuestos. El hecho de que hoy muchos habitantes de Oriente Próximo lleven nombres árabes no permite trasladar automáticamente el repertorio onomástico del mundo islámico medieval y moderno a la Judea judía y helenizada del siglo I.

Sería tan absurdo como preguntar por qué un romano del siglo I no se llamaba Giuseppe Garibaldi o por qué un vikingo no se llamaba William Shakespeare. La geografía no congela los nombres durante dos mil años. Cambian las lenguas dominantes, las religiones, los imperios, las migraciones y las convenciones culturales.

La traducción de un nombre no falsifica a la persona

Cuando un lector español abre hoy el Nuevo Testamento y encuentra a Pedro, Juan, Mateo o Santiago, está leyendo formas españolas convencionales de nombres cuya historia puede rastrearse documentalmente. Lo mismo ocurre cuando un inglés lee Peter, John, Matthew y James, o cuando un italiano encuentra Pietro, Giovanni, Matteo y Giacomo. Ninguno de esos idiomas pretende que aquellas personas hablaran inglés, italiano o español.

La crítica seria de los textos antiguos es legítima y necesaria. La historia del cristianismo puede discutirse desde la arqueología, la crítica textual, la filología, la historia de las religiones y el análisis de fuentes. Pero preguntar con tono triunfal por qué «Pedro se llamaba Pedro» en vez de llevar un nombre árabe moderno no constituye una objeción histórica. Es confundir la etiqueta lingüística del lector con la lengua del personaje.

Los nombres de los apóstoles no son un agujero en la historia: son, precisamente, pequeñas cápsulas de historia. Dentro de «Pedro» todavía está el griego Petros y detrás de él el arameo Kepha; dentro de «Juan» sobrevive Yohanan; detrás de «Santiago» está Ya‘aqov; detrás de «Pablo» conviven el judío Sha’ul y el romano Paulus. Dos mil años de transmisión han cambiado sus sonidos, pero no han borrado el camino.

Antes de utilizar un nombre traducido como argumento contra la historicidad de una persona o de un texto, conviene hacer algo menos espectacular y bastante más útil: abrir un diccionario etimológico, mirar el griego y recordar que las lenguas también tienen historia.

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Fuentes / Referencias
Antonino Dartayet

Investigador y ensayista dedicado durante gran parte de su vida al estudio de la antropología, las religiones antiguas y la historia de las civilizaciones. Ha centrado buena parte de su trabajo en comprender las creencias, costumbres y formas de pensamiento de las sociedades antiguas y su influencia en la cultura contemporánea.

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