El 27 de octubre de 1962, millones de personas se levantaron, fueron a trabajar, llevaron a sus hijos a la escuela, hicieron compras y regresaron a sus casas.
Ninguna sabía que, bajo las aguas del Atlántico, dentro de un submarino soviético sofocante y perseguido por buques estadounidenses, un pequeño grupo de hombres estaba tomando una decisión que podía cambiar la historia.
El submarino se llamaba B-59.
Y llevaba un arma que los estadounidenses que lo perseguían no sabían que estaba allí: un torpedo con ojiva nuclear.
Era uno de los momentos más peligrosos de la Crisis de los Misiles de Cuba.
Estados Unidos había descubierto instalaciones soviéticas de misiles nucleares en territorio cubano. El presidente John F. Kennedy había establecido una cuarentena naval alrededor de la isla y las dos mayores potencias nucleares del planeta se observaban esperando descubrir quién retrocedería primero.
Pero una guerra nuclear no necesariamente tenía que comenzar en Washington o Moscú.
También podía comenzar por un error.
Y eso estuvo peligrosamente cerca de ocurrir.
BAJO EL AGUA
El B-59 era uno de cuatro submarinos soviéticos enviados hacia Cuba.
Las condiciones en su interior eran terribles.
Habían sido diseñados para operar en aguas mucho más frías. En las temperaturas del Atlántico occidental, el interior se convirtió prácticamente en un horno. El calor era insoportable, había problemas con los equipos, escaseaba el agua potable y la concentración de dióxido de carbono deterioraba todavía más las condiciones de una tripulación agotada.
A esto se añadía un problema mucho más peligroso:
el submarino había perdido las comunicaciones efectivas con Moscú.
Sus hombres no podían conocer con precisión lo que estaba ocurriendo en el exterior.
Mientras tanto, barcos de guerra estadounidenses habían localizado al B-59.
La Marina de Estados Unidos quería obligarlo a emerger e identificarlo.
Para conseguirlo comenzó a lanzar cargas de profundidad de señalización.
Los estadounidenses sabían que aquellas explosiones no estaban destinadas a destruir el submarino. Los hombres encerrados dentro del B-59 no podían estar igualmente seguros. Imagínese la escena. Un cilindro metálico sumergido. Calor extremo. Hombres exhaustos. Comunicaciones interrumpidas. Y, de repente: explosiones. Una detrás de otra. Dentro del submarino, los golpes contra el casco podían sentirse con una violencia aterradora. Arriba había destructores estadounidenses. Aviones sobrevolaban la zona. Abajo, los soviéticos intentaban comprender qué estaba sucediendo. ¿Querían obligarlos a salir? ¿Los estaban atacando? ¿Había comenzado ya la guerra? No podían llamar a Moscú y preguntar. Tenían que decidir.
EL ARMA QUE ESTADOS UNIDOS DESCONOCÍA
Había algo que convertía aquella situación en una pesadilla. El B-59 no transportaba solamente armamento convencional. Llevaba un torpedo equipado con una ojiva nuclear. Estados Unidos no sabía entonces que aquellos submarinos soviéticos desplegados hacia Cuba portaban este tipo de arma. Eso significaba que los marinos estadounidenses estaban presionando a un submarino nuclearmente armado sin comprender completamente el riesgo que tenían delante.
Dentro del B-59, el comandante Valentin Savitsky llegó a considerar que podían estar siendo atacados. Testimonios posteriores describieron un momento de extraordinaria tensión en el que se ordenó preparar el torpedo nuclear.
Si desde el interior del submarino se concluía que la guerra había comenzado, utilizar aquella arma podía parecer una respuesta militar. Y allí apareció un hombre cuyo nombre permanecería prácticamente desconocido para gran parte del mundo durante décadas.
Vasili Arkhipov.
NO
Arkhipov era el jefe de Estado Mayor de la brigada de submarinos y se encontraba a bordo del B-59. No tenía delante un mapa que le explicara cómo terminaría la Crisis de los Misiles. No sabía que al día siguiente Kennedy y Nikita Jrushchov alcanzarían el entendimiento que permitiría retirar los misiles soviéticos de Cuba. No podía saber cómo los historiadores contarían aquellos acontecimientos sesenta años después.
Estaba dentro de un submarino perseguido por una fuerza militar enemiga en medio de la mayor confrontación nuclear que había conocido la humanidad. Pero comprendió algo fundamental. Las acciones estadounidenses parecían señales destinadas a obligarlos a emerger, no un intento de destruirlos. Había que mantener el control. Había que salir a la superficie. Había que evitar una decisión irreversible. Arkhipov ayudó a calmar al comandante. El torpedo nuclear no fue lanzado… El B-59 finalmente emergió.
Y el mundo continuó.
LO QUE PODÍA HABER OCURRIDO
Nunca podremos saber exactamente qué habría sucedido si aquel torpedo hubiera sido disparado. La historia no permite realizar experimentos con el pasado. Pero sí sabemos algo: un arma nuclear soviética habría explotado contra fuerzas estadounidenses en medio de la Crisis de los Misiles.
El objetivo estadounidense más cercano habría sido el portaaviones antisubmarino USS Randolph, con miles de marineros y Marines a bordo.
A partir de ahí, cualquier reconstrucción entra necesariamente en el terreno de los escenarios. Estados Unidos podía interpretar la explosión como el comienzo de una ofensiva nuclear soviética. Podía responder militarmente. La Unión Soviética podía responder a esa respuesta. Cuba se encontraba en el centro del conflicto. Europa estaba dividida entre las dos grandes alianzas militares. Miles de armas nucleares formaban parte de los arsenales de las superpotencias.
No podemos afirmar que el lanzamiento del torpedo hubiera provocado inevitablemente una guerra nuclear global. Pero sí podemos afirmar que habría introducido una detonación nuclear real en una crisis donde ambos bloques estaban preparados para una escalada catastrófica.
Y todo habría comenzado debajo del agua.
EL MUNDO NO SABÍA NADA
Quizás este sea uno de los elementos más inquietantes de toda la historia. La humanidad no estaba observando aquella decisión. No había cámaras transmitiéndola. No había periodistas. No había ciudadanos esperando el resultado frente a sus televisores.
Dentro del submarino había hombres cansados, sometidos a temperaturas extremas, sin información suficiente y tratando de interpretar explosiones producidas por el enemigo. A miles de kilómetros, las personas continuaban viviendo normalmente.
Ese contraste permite comprender uno de los mayores peligros de las armas nucleares. No hace falta que un dirigente se levante una mañana decidido a destruir el planeta. Una catástrofe también puede comenzar mediante información incompleta, problemas de comunicación, miedo, agotamiento, errores de interpretación y decisiones tomadas bajo una presión extraordinaria.
EL HOMBRE QUE DIJO QUE NO
Durante décadas, la dimensión nuclear del incidente permaneció prácticamente desconocida para el público. Los testimonios de participantes y la apertura de documentación permitieron reconstruir posteriormente lo sucedido.
Incluso existen diferencias entre algunos testimonios acerca de exactamente cuán próximo estuvo el lanzamiento y cómo se desarrolló cada decisión dentro del submarino. Pero existe un hecho fundamental: el arma nuclear no fue utilizada.
Arkhipov intervino para evitar la escalada y favorecer la decisión de emerger. Décadas después, su nombre comenzó a recibir el reconocimiento que no tuvo aquella noche. Sin embargo, probablemente la importancia de esta historia no esté en convertir a un solo hombre en una figura legendaria. Está en comprender la fragilidad del sistema.
Durante uno de los días más peligrosos del siglo XX, enormes estructuras militares, miles de armas, presidentes, generales, servicios de inteligencia y ejércitos completos coexistieron con algo infinitamente más sencillo: el juicio de seres humanos individuales.
El 27 de octubre de 1962, dentro de un submarino soviético perdido bajo el Atlántico, uno de esos seres humanos decidió que todavía no era el momento de disparar. Arriba, el mundo siguió funcionando. La gente cenó. Los niños se fueron a dormir. Llegó la mañana siguiente.
Y casi nadie supo por qué aquella noche había sido tan importante.




