Anúnciate en Cañasanta
Únete a nuestro grupo de Facebook

Jorge Luis Rodríguez Reyes :: La ciudad y la esfinge :: El Dossier

Fotografía editorial en blanco y negro de un lector junto a una esfinge en una ciudad histórica

LA CIUDAD Y LA ESFINGE

Breves abordajes

 

I. CIUDAD LETRADA

Siempre me he preguntado qué sería de la historia literaria occidental si Edipo hubiera sido derrotado por la Esfinge de Tebas. ¿Qué giro dramático hubiese creado Sófocles para proseguir con la leyenda trágica de su héroe? Lo cierto es que todas las ciudades tienen una o varias esfinges: incluso pueden ser visibles e invisibles y estar ubicadas lo mismo en el clásico portón principal que en aquellos múltiples insertados en otras ciudades que cohabitan dentro de la denominada gran ciudad.

 

Ángel Rama, el medular crítico uruguayo, trazó el mapa conceptual de las ciudades letradas y llegó a la conclusión que estas se componía por: “(…) el anillo protector del poder y el ejecutor de sus órdenes: Una pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales, todos esos que manejaban la pluma, estaban estrechamente asociados a las funciones del poder (…)”1.

 

De toda esa amalgama de profesionales, tendríamos que detenernos en los escritores, que a pesar de no ostentar el poder decisor dentro de las ciudades coloniales de antaño, en las urbes modernas sí forman parte del núcleo crítico que de alguna forma las modela.

 

Santa Clara (Villa Clara, Cuba), a mi entender, ostenta la categoría de Ciudad Letrada; es de por sí una de las potencias culturales más fuertes de Cuba, y no hablo del paripé rocambolesco, agónico, que se teje detrás de los rejuegos políticos en el ansia de obtener una calificación para una emulación dentro del conglomerado de ciudades.

 

El criterio lo sustenta la permanente variedad de opciones culturales, y la cada vez mayor concentración de personal capacitado que egresa de los distintos centros de formación académicas del territorio (obvio, por supuesto aquel distingo que los cualifica con buena o mala preparación para el ejercicio de sus saberes prácticos de acuerdo a los conocimientos teóricos); pues a la larga fomentan un nivel cultural que crece por años.

 

Todos lo sabemos, Santa Clara hace mucho dejó de ser el villorrio de tránsito entre oriente y occidente; el lugar donde Ballagas podía bautizar su “hostal burguesa” como Villa Ochún. Eso predice que la ciudad, hace mucho que no es la apacible “ciudadela pastoril” de un puñado de clérigos y abogados, de mercaderes del tabaco y del azúcar. Es una gran ciudad a la medida isleña y no se contenta con ser sencilla receptora de cultura; es per se una emisora; no se contenta con aupar a los capitalinos, sino que dialoga entre iguales con todos, aun cuando proliferen ciertas posturas, más que cortesía, que rozan en el malinchismo cultural.

 

Santa Clara tiene índices de calidad en disímiles sectores que no difieren mucho de las principales ciudades de la isla, incluso algunos son los primeros. Con ello quiero dejar patente que a mi criterio ella ha crecido y crece espiritualmente: a pesar de no aceptar2 lo simbólico de la ocurrencia3 (sino le doy viso de ironía o de febril imaginación) de nombrar “Malecón” a un muro incómodo (nada menos que al lateral izquierdo del Teatro La Caridad y teniendo de cercano y más que nítido ─chocante─ horizonte, los oscuros cristales de un vulgar Rápido4). Con todo, y a pesar de todo, la ciudad esplende5.

 

II. CIUDAD LIBRESCA

La ciudad cuenta con varias decenas de autores con libros impresos, y en su mayoría publican o han publicado en las dos editoriales provinciales —Capiro y Sed de Belleza— y en las varias revistas del territorio: editadas unas en papel y otras, las más recientes, en soporte digital. Ese acervo ha conformado, con los desniveles cualitativos lógicos, un corpus que se le puede llamar literatura villaclareña. Corpus que lo integran varios autores consagrados nacional e internacionalmente y que no menciono para no hacer omisiones involuntarias.

 

Siempre he considerado, a pesar de las opiniones contrarias y no tan desacertadas de pensadores de la antigüedad, como Sócrates o Pitágoras, que los libros son un indicador sólido para evaluar la cultura, tal vez por ello, brinqué de emoción al descubrir, en casa de un vendedor de libros viejos6, detrás de una puerta medio oculta y como remedando el Aleph borgiano, en unos anaqueles ya medio destruidos por el comején; una colección de libros que contenía, desde una mitología nórdica, hasta un voluminoso tomo forrado en piel, con la historia de la literatura espirituana, pasando por Demóstenes y la elocuencia política griega.

 

Al indagar cómo llegó tal suministro, sabiendo que el dueño no era un consumado bibliófilo, sino un trapichero cultural, confesó lo inaudito: sus mejores suministradores eran los basureros de la ciudad (letrada), que casi todos los días le llevaban una “carga a evaluar” y que entre regateo e impaciencia, los empleados de Servicios Comunales se iban con unos 30 pesos como promedio. ¡Treinta pesos!, pensé en Judas Iscariotes y confirmé la sospecha de que las ciudades letradas se van adaptando a su pulso vital. Ahora no eran las editoriales hemisféricas7 o en menor grado las locales como antaño, las encargadas del suministro a los puntos de distribución cultural, y estimo la casa del vendedor como un punto cultural a la par de una instancia, incluso más pretensiosa, como una Casa de Cultura, etc., por ser tan anacrónico el legado guardado en tales anaqueles, los cuales ofrecen una opción otra, a veces más enriquecedora, por diversas causas, que las actuales librerías u otros centros culturales.

 

(H)Ojeando los montones de libros y en la tranquilidad del caserón, pensé en cómo las Ferias del Libro han pasado a ser, de una saludable oportunidad para adquirir libros e intentar “aprehender” conocimientos, en casi un carnaval digno de Rabelais; y lo digo sin temor a hipérbolizar, porque dentro de la masividad, sé de muchos que compran volúmenes como si compraran las zapatillas de marca del semestre. Tales ferias refrendan la visible dependencia decisora, de una inmensa masa poblacional que no visita las librerías en todo el año y, en febrero, como el más descomunal performance insular, acude por arte de magia o invocación, y hasta agrede, por llevarse un ejemplar de algún autor promocionado por los medios de difusión: como si con esto bastara para ser culto.

 

Temor semejante plasmó Platón en su Fedro, cuando el rey egipcio Thamus, le reprocha a Theuth ─inventor de la escritura─ que brinda a los alumnos (lectores) la apariencia y no la verdad del saber, porque después de leer tantas cosas sin ninguna enseñanza, se creerán poseedores del conocimiento, y solo ostentaran la presunción de la sabiduría, y no esta.

 

A pesar de todo el carnavalesco performance, las Ferias del Libro como evento cultural son más beneficiosas que casi todos los demás eventos culturales y están, en masividad, casi a la par que el béisbol, Deporte Nacional. Aunque siempre me preguntaré qué antorcha se enciende con tanto libro: la del cerebro y su dimensión imaginativa o la más terrenal caldosa callejera.

 

III. CIUDAD CRÍTICA

Toda ciudad, sea letrada o iletrada, debe llevar dentro un aguijón que incite y regule su andar. Un aguijón que, a la par que pulse el sentido de la marcha, conforme el orden de referencia para sus habitantes y que, a la vez que cree las gradaciones jerárquicas, brinde un mecanismo regulador como norma para cada uno de los sectores que conforman la ciudad. La crítica social o artística debe jugar ese rol. Una ciudad sin crítica que cuestione o evalúe sus logros y deficiencias, pronto caerá dentro del aturdimiento y será, en el mejor de los casos, una mera masa aglutinada. Masas comandadas, casi siempre, por la rutina redilar o por la indiferencia de sus ciudadanos. Cualquiera de esas dos variantes es fatal para el desarrollo armónico de la ciudad; no es preciso ahondar en ejemplos de ciudades acríticas donde impera la barbarie y las más anárquicas confluencias jerárquicas se dan la mano en espacios vedados a obras incipientes.

 

En tal contexto surgen entes que se alzan en validadores de la práctica cultural y juzgan, cuestionan, y hasta jerarquizan el acontecer cultural del territorio. Lo cual es lógico y válido, siempre y cuando tales “aprobaciones” se basen en un análisis certero y existan las condiciones básicas para ejercer la crítica.

 

Para haber crítica deben existir, a mi criterio, como mínimo, las condiciones siguientes:

— Críticos con preparaciones adecuadas y prestos a ejercer el oficio.

— La libertad de emitir criterios de cualquier orden.

— Órganos de difusión, de cualquier tipo, al servicio de la crítica.

— Abundante producción artística para abordar en los análisis.

— Una cultura crítica de quienes recepcionan los criterios.

— Condiciones laborales que permitan la dedicación a la labor crítica.

— Honestidad para ejercer la crítica.

 

No por estar ubicada de última en el orden de las necesidades básicas expuestas, la honestidad está a la zaga de sus predecesoras. Quien ejerce el criterio y no sea honesto, por mucha impresión, exégesis o juicio genial que derroche, pronto perecerá en la estimación de los receptores.

 

Algo bien distinto es equivocarse y no acertar en un criterio a trazar unas pautas críticas que no se avienen con la verdad y escondan en el entramado conceptual tendencias capillistas, deshonestas o xenofóbicas8. De todo puede encontrar uno en los juicios de algunos críticos: muchas antologías me recuerdan a un amigo de la infancia, quien, al poseer varios guantes, bates y pelotas, organizaba el juego, siempre y cuando él —que era malísimo jugando en cualesquiera de las posiciones del terreno de béisbol—, entrara a la nómina: de lo contrario se acabó el juego y lo veíamos marchar con el saco al hombro y con nuestro odio e impotencia al no tener otra alternativa lúdica.9 A muchos críticos, al reinar solos en la emisión de criterios, los intuyo en tales estrategias.

 

Decir que en Cuba no hay críticos literarios es un lugar común y no sorprende a nadie (se ha incorporado incluso en los resúmenes de los funcionarios:10 tan evidentes es la carencia), y se repite y se repite en cuanto congreso o foro surge y seguimos con la carencia a cuestas como si fuera una maldición.

 

Los críticos, seres indeseables —ya conjeturaba Alfonso Reyes que a Sócrates no lo mató la ciudad de Atenas por corromper a la juventud, sino por inventar la crítica—, nadie los forma, nadie los desea, y se estiman siempre y cuando vengan con el rosario de alabanzas, pero cuando eso pasa, casi siempre dejó de ser crítico y nos abraz(s)amos a un adulón.

 

Me temo que pasará mucho para ver en Cuba y por extensión en Santa Clara, aquellos críticos guardianes de la tradición a que hacía referencia T. S. Eliot, porque desafortunadamente la tradición de la crítica en Cuba es el no existir. Es quedar en el portón de la ciudad letrada, a los pies de su propia esfinge, derrotada ante preguntas más ligeras que la hecha a Edipo, como puede ser: ¿Quién eres? Y no mirar a los ojos de la esfinge al contestar.

COMPARTIR
Fuentes / Referencias

1. Rama, Ángel (1998): La ciudad letrada, Editorial Arca, Montevideo, Uruguay, p. 32.

2. Nota del autor: término empleado sin matiz autoritario; nada más lejos de su espíritu democrático.

3. Nota del autor: el muro mencionado se encuentra a orillas del Parque Vidal, centro cultural de la ciudad.

4. Nota del autor: establecimiento donde se ofrece comida rápida.

5. Nota del autor sobre la planificación de las instituciones culturales en Santa Clara. Véase Carmen Sotolongo, Santa Clara: Quién te viera: fuente original citada.

6. Nota del autor sobre el comercio de libros viejos y las colecciones conservadas de las décadas de 1920 a 1950.

7. Nota del autor: Cuba formaba parte de la red de distribución de importantes editoriales hemisféricas y europeas.

8. Nota del autor: xenofobia no sólo racial o clasista; también puede ser generacional.

9. Nota autobiográfica del autor sobre la anécdota del juego de béisbol.

10. Nota del autor sobre el uso cubano del término «funcionario» y su relación con el concepto de ciudad letrada de Ángel Rama.

Archivo: Texto recuperado del archivo histórico de Cañasanta.

Jorge Luis Rodríguez Reyes

Jorge Luis Rodríguez Reyes (Trinidad, Cuba, 1980). Licenciado en Ciencias Humanísticas, miembro de la AHS y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio de Cuento en el Debate de Talleres Nacionales 2006, el Premio Nacional Fotuto de Narrativa 2006 y el Premio Comarcal de Narrativa en 2007, 2008 y 2009. Publicó por la Editorial Sed de Belleza el libro de narrativa En busca de piernas blancas y colaboró en revistas como El Caimán Barbudo, Cómo, CalleB, Hacerse el cuerdo, Umbral y Signos. Aparece antologado en El olor de los fulanos.

Deja un comentario