Contra todos los pronósticos
Contra todos los pronósticos y considerando la piedad que te regaló la mano de la vida, sin duda, tú andarás recogiendo las milagrosas semillas del poniente. Avanzarás con una filosofía de Giganta incomparable. Tenderás tu cuerpo sobre el césped de los ardientes y te buscarán y te desearán. Sin duda, avanzarás como un lago sobrenatural lavando la nostalgia y las heridas de otros. Muy cierto: serás el pájaro que la niña soñó, empeño que salva de las cloacas. Vencerás, lavarás el lugar del unicornio, apilarás bastantes cartas, qué luz qué prosperidad acumularás, ah, y aparte serás la almohada de Dios. Sin embargo, no verás mi ropa junto a tu ropa, mis ojos donde veías la escapatoria, la casa completa, el poema. Contra todos los pronósticos y considerando las contradicciones perfectas, te dolerá el silencio y la biblioteca del mago, desearás mi verso, mi piel, vacía, en tu almohada dibujarás mis brazos…
Semejante condición
Tú estás en la noche de otra ciénaga, no dejas al enemigo, ni celebras, ni alzas bajo la penumbra las ganas de tu pandero. Tú, la innecesaria, bestia de los pozos, sollozando sobre tus trampas. Tu ira no permite horizontes e increíbles horóscopos, estás, que siempre rumiando tus contradicciones, tu lengua que viene del barro, larva astuta que te llega el desenlace… Tú estás en la noche de otra ciénaga, tú, irrescatable, la flecha del cansancio, dueña de las trampas, acabándote, huyendo de la flor y del vértigo. Tú la que dio sus venas para la sucesión de este caos, te agazapas, amenazas con el espejo, y no escuchas el deletreo de esta franqueza, y no escuchas que yo tampoco tengo iglesia, luna y pandero.
Los hombrecillos de la madrugada
Los hombrecillos de la madrugada, observan la nube de la civilización. Atónitos, atados a un presentimiento, sentados sobre el escombro de sus preocupaciones, los hombrecillos perciben el grito y la catástrofe. recuerdan del día el ruego y las enfermedades, pero no elevan otro canto, no se encuentran, no deciden, desde hace cien años hacen lo mismo, atónitos, sin dignidad sin canto, los hombrecillos de la madrugada, sollozan frente a la nube de la civilización.
Meditación del esbirro
Me emocionan los árboles de la muchacha, el globo alegre que cruza los azules, el grito y el baile que despierta a los puertos con niños. Me gustan los ancianos que corrigen sus poemas. Me gusta el olor de la tabernas y el pandero de las zorras. Pero me dieron órdenes, es fácil el objetivo, es preciso, tiraré mi piedad, y tendré que arrasar pronto, ahora no tengo ni Dios ni moral, y tendré que detonar, es terrible y absurdo, pero me dieron órdenes, ahí está el blanco, sólo apuntar…
Frente a tus ojos
Frente a tus ojos, y juntos arrugar el barro, y acariciar con lascivia, con desmedido placer, los dedos hermosos, los delicados tobillos de Dios. Frente a tus ojos, y no saber de latigazos o dolorosos espectros; no pensar en las cloacas y los ganchos. Por un instante, borrarme, olvidar el saqueo y las guerras. Solamente frente a tus ojos, hermosísimos ojos, desaparecerme en ellos, inofensivo, ovillado; no pensar en la violencia, ni en el enemigo, frente a tus ojos, ofrecerte mi lágrima, dejándote mi resignación.
Comparto contigo
Comparto contigo el cántaro de los niños, la lluvia del jueves, el sueño donde bajábamos del manzano, llenos de benevolencia y altas canciones. Comparto contigo la beatitud y la congoja, también la mesa donde crecían tus palabras e iniciaba el bosque de los grandes proyectos. Comparto contigo la charca del viudo, el jardín de los locos, y el gato de la bruja que vigila día y noche la belleza de tu retrato. Y has de entender que si soy pacífico y lleno de respeto, cuando te atrevas, cuando reconozcas el sicómoro y el piano de la vecina, atraviesa la barda, también te saludo, que comparto contigo la soledad de mi mano, el pan duro y el perdón.
Yo le apagué sus fogatas a la Bestia
Yo era. Sabía del ritual, sabía del escapulario del ángel. Era en los prodigios de la sangre. En mi alcoba la vida era un testigo de las estaciones, una muchacha caliente y leal. Yo le apagué sus fogatas a la Bestia, encerré a las palomas del oráculo, un número de victorias eran mis caminos, una oración y una vestidura ante los escorpiones. Llevaba más que hoguera y orgullo ante el espectro. Llevaba el fragor, el vocablo de la fiesta, la nostalgia del “Cantar de los Cantares”. Llevaba. Algo llevaba. La vida no era nunca como dice el mago, ni como debe ser la casa de los verdugos. El ser eran los días en la confusión de la Tribu. El mazo de un Dios pavoroso, alucinante. Porque la dicha no es el caballito de mar atravesado por una aguja. Es acaso la mirada obligada hacia los sótanos. Una bitácora inacabada por los oscuros. Un gato apaleado por los fantasmas.
Territorios del beso
Cuando te beso es como si nos recostáramos sobre el trigo, como si arrebatara tus deseos, tus alas, y las pusiera junto a mi carne. Cuando te beso sucede que te quito errores y urgencias, como si a lo lejos, hacia donde el idioma se hace fruto o claridad, se vieran ansiosas, danzantes, nuestras almas en la colina.
Palabras
Hay palabras que vienen de la catástrofe, de un canto de los enfermos, o de la muchacha que llegó a la esquina y rompió con rencor, todos los cántaros. Sin duda, hay palabras que son muros, gancho o método de la Bestia. Palabras amables como el bosque, bellas como la ausente que gime el “Cantar de los Cantares”. Palabras que lavan como la lluvia, que alumbran los recovecos del corazón. Hay palabras que vienen del origen o del mago que espera el temporal. Palabras que vencen, palabras que acercan, palabras de duelo, palabras de rapto. Pero tengo que ser franco, sólo hay una que me puebla, sólo una que me compromete, y es aquella que nace de tu cuerpo, la que nace de tu boca, del inacabable país de tu voluntad.
Esta página del silencio
La suave criatura del trigo, aparecía, enseñaba su vocablo, se desplazaba, se hundía en cada esquina con la bondad y el bello sortilegio. La criatura del rayo, como de oración y piedad, como de gratitud y prohibición. Su país era el misterio, su vuelo me levantaba del recoveco, del grave error. Era de prodigio y de mujer, curaba con la sangre y el deseo. Iba de suceso en suceso, de paloma en paloma, me absorbía, me llamaba desde el fondo, me alimentaba de ese azul de la excepción. La suave muchacha del trigo como de interrogación larga, como de escape en el relato, iba y desaparecía, ardía y enseñaba, como hecha de salmo y polvo, como de lágrima y olvido. Pero un día sus últimas palabras en nuestro escondite, pero ahora este lugar de la asfixia, esta página del silencio.
Leyenda de los rencorosos
Donde resbala el cráneo del arcángel. Allá donde el aguacero despedaza los versos de la criatura. Frente al centinela que se burla por los restos del cordero. Cerca de la brasa de los confinados. En aquella fogata donde se discuten las retiradas y los tropiezos del ser. Fíjate bien. Constátalo, hembra oscura, llega a tu fondo, ama tu piedra. Fíjate en el lugar, observa las fracturas, ama estos resultados, donde el engaño impuso su ley, donde la pareja quedó sin piedad, y todo aquello con filosofía tirana arrebato el pedestal. Fíjate amor, allá donde crecieron las promesas, donde el “Cantar de los Cantares”, donde los libros se deshojan y la niebla gana sus puentes, sólo leyenda de rencorosos sólo una enorme piedra que resbala hacia el olvido.




