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Omar Alberto Santos :: Poesía

Cama vacía y sábanas bajo la luz de una ventana, en blanco y negro.

Contra todos los pronósticos

Contra todos los pronósticos
y considerando la piedad que te regaló
la mano de la vida,
sin duda, tú andarás recogiendo las milagrosas semillas
del poniente. Avanzarás con una filosofía de Giganta
incomparable. Tenderás tu cuerpo sobre el césped
de los ardientes y te buscarán y te desearán.
Sin duda, avanzarás como un lago sobrenatural lavando
la nostalgia y las heridas de otros. Muy cierto: serás el pájaro
que la niña soñó, empeño que salva de las cloacas. Vencerás,
lavarás el lugar del unicornio, apilarás bastantes cartas,
qué luz qué prosperidad acumularás, ah, y aparte serás la
almohada de Dios. Sin embargo, no verás mi ropa junto
a tu ropa, mis ojos donde veías la escapatoria, la casa
completa, el poema. Contra todos los pronósticos y
considerando las contradicciones perfectas, te dolerá
el silencio y la biblioteca del mago,
desearás mi verso, mi piel, vacía, en tu almohada dibujarás mis brazos…

Semejante condición

Tú estás en la noche de otra ciénaga,
no dejas al enemigo, ni celebras,
ni alzas bajo la penumbra
las ganas de tu pandero. Tú, la innecesaria,
bestia de los pozos, sollozando sobre tus trampas.
Tu ira no permite horizontes e increíbles
horóscopos, estás, que siempre rumiando
tus contradicciones, tu lengua que viene del barro,
larva astuta que te llega el desenlace…
Tú estás en la noche  de otra ciénaga,
tú, irrescatable, la flecha del cansancio, dueña
de las trampas, acabándote, huyendo de la flor
y del vértigo. Tú la que dio sus venas para
la sucesión de este caos, te agazapas,
amenazas con el espejo, y no escuchas
el deletreo de esta franqueza,
y no escuchas que yo tampoco tengo
iglesia, luna y pandero.

Los hombrecillos de la madrugada

Los hombrecillos
de la madrugada,
observan
la nube de la civilización.
Atónitos,
atados a un presentimiento,
sentados sobre el escombro
de sus preocupaciones,
los hombrecillos perciben
el grito y la catástrofe.
recuerdan del día
el ruego y las enfermedades,
pero no elevan
otro canto,
no se encuentran, no deciden,
desde hace cien años
hacen lo mismo,
atónitos,
sin dignidad sin canto,
los hombrecillos
de la madrugada,
sollozan
frente a la nube de la civilización.

Meditación del esbirro

Me emocionan los árboles de la muchacha,
el globo alegre que cruza los azules,
el grito y el baile que despierta a los puertos
con niños. Me gustan los ancianos
que corrigen sus poemas.
Me gusta el olor de la tabernas
y el pandero de las zorras.
Pero me dieron órdenes,
es fácil el objetivo, es preciso,
tiraré mi piedad, y tendré que arrasar pronto,
ahora no tengo ni Dios ni moral,
y tendré que detonar,
es terrible y absurdo,
pero me dieron órdenes,
ahí está el blanco,
sólo apuntar…

Frente a tus ojos

Frente a tus ojos,
y juntos arrugar
el barro,
y acariciar
con lascivia,
con desmedido placer,
los dedos hermosos,
los delicados tobillos de Dios.
Frente a tus ojos,
y no saber de latigazos
o dolorosos espectros;
no pensar en las cloacas
y los ganchos.
Por un instante,
borrarme,
olvidar el saqueo
y las guerras.
Solamente frente a tus ojos,
hermosísimos ojos,
desaparecerme en ellos,
inofensivo, ovillado;
no pensar en la violencia,
ni en el enemigo,
frente a tus ojos,
ofrecerte mi lágrima,
dejándote mi resignación.

Comparto contigo

Comparto contigo
el cántaro
de los niños,
la lluvia del jueves,
el sueño donde
bajábamos
del manzano,
llenos de benevolencia
y altas canciones.
Comparto contigo
la beatitud y la congoja,
también la mesa
donde crecían tus palabras
e iniciaba el bosque
de los grandes
proyectos.
Comparto contigo
la charca del viudo,
el jardín de los locos,
y el gato de la bruja
que vigila día y noche
la belleza de tu retrato.
Y has de entender que si soy
pacífico y lleno de respeto,
cuando te atrevas,
cuando reconozcas el sicómoro
y el piano de la vecina,
atraviesa la barda,
también te saludo,
que comparto contigo
la soledad de mi mano,
el pan duro
y el perdón.

Yo le apagué sus fogatas a la Bestia

Yo era. Sabía del ritual,
sabía del escapulario del ángel.
Era en los prodigios de la sangre.
En mi alcoba la vida era
un testigo de las estaciones,
una muchacha caliente y leal.
Yo le apagué sus fogatas a la Bestia,
encerré a las palomas del oráculo,
un número de victorias eran mis caminos,
una oración y una vestidura ante
los escorpiones.
Llevaba más que hoguera y orgullo ante
el espectro. Llevaba
el fragor, el vocablo de la fiesta,
la nostalgia del “Cantar de los Cantares”.
Llevaba. Algo llevaba.
La vida no era nunca como dice el mago,
ni como debe ser la casa de los verdugos.
El ser eran los días en la confusión
de la Tribu. El mazo de un Dios
pavoroso, alucinante.
Porque la dicha no es el caballito
de mar atravesado por una aguja.
Es acaso la mirada obligada hacia los sótanos.
Una bitácora  inacabada por los oscuros.
Un gato apaleado por los fantasmas.

Territorios del beso

Cuando te beso
es como si nos
recostáramos
sobre el trigo,
como si arrebatara
tus deseos, tus alas,
y las pusiera junto
a mi carne.
Cuando te beso
sucede que te quito
errores y urgencias,
como si a lo lejos,
hacia donde el idioma
se hace fruto o claridad,
se vieran ansiosas,
danzantes, nuestras
almas en la colina.

Palabras

Hay palabras
que vienen de la catástrofe,
de un canto de los enfermos,
o de la muchacha que llegó a la esquina
y rompió con rencor, todos los cántaros.
Sin duda,
hay palabras que son muros,
gancho o método de la Bestia.
Palabras amables como el bosque,
bellas como la ausente que gime el “Cantar
de los Cantares”.
Palabras que lavan como la lluvia,
que alumbran los recovecos del corazón.
Hay palabras que vienen del origen
o del mago que espera el temporal.
Palabras que vencen,
palabras que acercan,
palabras de duelo,
palabras de rapto.
Pero tengo que ser franco,
sólo hay una que me puebla,
sólo una que me compromete,
y es aquella que nace  de tu cuerpo,
la que nace de tu boca,
del inacabable país de tu voluntad.

Esta página del silencio

La suave criatura del trigo,
aparecía, enseñaba
su vocablo,
se desplazaba,
se hundía en cada esquina
con la bondad y el bello sortilegio.
La criatura del rayo,
como de oración y piedad,
como de gratitud y prohibición.
Su país era el misterio,
su vuelo me levantaba
del recoveco, del grave error.
Era de prodigio y de mujer,
curaba con la sangre
y el deseo.
Iba de suceso en suceso,
de paloma en paloma,
me absorbía,
me llamaba desde el fondo,
me alimentaba de ese azul
de la excepción.
La suave muchacha del trigo
como de  interrogación larga,
como de escape en el  relato,
iba y desaparecía,
ardía y enseñaba,
como hecha de salmo y polvo,
como de lágrima y olvido.
Pero un día sus últimas palabras
en nuestro escondite,
pero ahora este lugar de la asfixia,
esta página  del silencio.

Leyenda de los rencorosos

Donde resbala el cráneo del arcángel. Allá donde
el aguacero despedaza los versos de la criatura.
Frente al centinela que se burla por los restos
del cordero. Cerca de la brasa de los confinados.
En aquella fogata donde se discuten las retiradas
y los tropiezos del ser. Fíjate bien. Constátalo,
hembra oscura, llega a tu fondo, ama tu piedra. Fíjate
en el lugar, observa las fracturas, ama estos
resultados, donde el engaño impuso su ley,
donde la pareja quedó sin piedad, y todo aquello
con filosofía tirana arrebato el pedestal.
Fíjate amor, allá donde crecieron las promesas,
donde el “Cantar de los Cantares”, donde
los libros se deshojan y la niebla gana
sus puentes, sólo leyenda de rencorosos
sólo una enorme piedra que resbala
hacia el olvido.
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Fuentes / Referencias

Omar Alberto Santos, «Semejante condición», poema de la selección «Textos inéditos», publicada por CAÑASANTA el 7 de junio de 2010. Reedición del archivo histórico: se recupera completo este poema independiente y se conservan sus versos; los otros textos de la selección se gestionan por separado.

Página original conservada por Internet Archive, captura del 13 de noviembre de 2011.

Omar Alberto Santos

Poeta publicado en el archivo histórico de CAÑASANTA. Su selección «Textos inéditos», aparecida el 7 de junio de 2010, incluye «Leyenda de los rencorosos», «Contra todos los pronósticos» y «Los hombrecillos de la madrugada».

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