El plectro, el poeta, al unísono conversan. La voz se propaga tierna y recorre, incandescente, esos titubeos del alma, el quehacer del hombre, lo rutinario donde se observa desde adentro y es diferente cuando se hace voz, verso. La poesía de Luis Alberto Carro se propaga en cada línea, nos iguala sin cesación. Se dilata.
Su poesía, devota, confirma su status, declina al bosquejo intenso para convertirse profunda y eternamente sana. Es sin duda, en el tiempo, la lírica de hoy, con todas las características de un lenguaje contemporáneo, presente. Acérquese, observe y sienta lo mismo que con sus palabras la voz de este poeta uruguayo. Adquieran.
Pactos
Escorado en el pubis agrio
de la noche,
hay quien ejerce
la interminable aritmética del solo,
ajeno al agua que se pudre
en cubierta,
a los signos marrones
del tabaco.
Confirma que no sirven
brújulas ni compases
para huir de sus huesos
y que una vuelta,
apenas una vuelta de azar,
de vino en ascuas,
puede llegar enarbolando el aire
con su pliego de pactos.
Lección del silencio
El silencio aprende a colocar
cada carta en su nunca,
cada pena en su plaza
o su ginebra.
A dar las culpas justas
como naipes
y a perder preguntas
en medio de un teléfono.
Sabio el silencio,
que no vacila en pactar rendiciones
cuando aún no hay señales
de la guerra.
Reglas de juego
Él llega hasta el borde de sus ojos
y ella lo trae a puerto,
lo arropa con su sombra.
Avanzan dos casillas.
Ella apoya su mano sobre el aire.
Él se confunde,
no entiende si es regreso o despedida
y excedido en la duda
retrocede un lugar y pierde el turno.
Ella se arrepiente
(como a veces la lluvia en mitad de una plaza)
pero aquí no es posible.
Sanción.
Regresa a cero.
Él insiste,
sube a tientas
la escalera caracol de su nombre,
le dice “vamos juntos”,
una respuesta que el manual no admite.
Vuelve a cero.
Se encuentran.
Acción de gracias
Asomó mi cuerpo en el espejo.
Miré mis ojos
y pensé: “Otro día más, y están despiertos”.
Palpé mi piel,
esta endeble armadura
que me ampara del mundo,
y la encontré en su sitio
como ayer.
“¡Albricias, compañero!”, murmuré.
“¡Todavía la pobre va contigo…!”
Bostecé
como lo hago puntualmente
todas las mañanas,
y allí estaban los dientes y la lengua
celebrando su fiesta de estar juntos.
Me disfracé de prisa
de buen hombre,
clase media,
que paga sus impuestos;
abrí mi puerta
como todos los días,
justo cuando en la radio alguien hablaba
de una ciudad fantasma
bombardeada hasta el nombre,
y salí a paso lento, calle arriba,
enhebrando en la aguja de un tango mal silbado
el hilo de este asunto para nada menor
de aún estar vivo.
Cuaderno del desmemoriado
Sobre esta hoja desierta como un cementerio a medianoche
de qué luna escribir en cuál de todos
los techos del desvelo.
Cómo saber si fue verdad el aire,
si el jazmín nada más que un simulacro,
si la palabra fuego ardió cuando hizo falta.
Dónde anotar los pájaros del horizonte roto,
la voz de una mujer
fugada del espejo.
Tengo miedo de leer despedidas detrás de cada lluvia,
de creer una tregua entre banderas,
mientras la soledad –gusano endemoniado-
nos perfora la sombra.
O acaso es necesario pertrecharse
contra el roído muro de la infancia,
contra el primer silencio,
esa frontera incierta con papeles de prófugo.
Si es así, aquí me tienen, desarmado,
desnudo peregrino de la duda,
pidiéndole al primero que camine esta calle
que me responda
qué hago en el borde de la nostalgia en blanco.



