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Juan Carlos Recio :: Poesía

Cámara antigua y fotografías sobre el alféizar de una ventana lluviosa.

«Nunca es imperceptible la alusión del recuerdo cuando el ser es aislado de su primavera». La poesía de Juan Carlos Recio es activa y doliente y, constantemente, te lleva a saltar por esos pasajes de la memoria, donde la infancia y el crecimiento quedan como una hoja de viento clavada en el pecho.

Compartir un poema es de humanos, como alguien que roba un alma que vuela y la lanza, calladamente, al cielo; guardarla en esos rincones de la memoria es de sabios, para luego, indudablemente, merecerla en soledad.

El recuerdo de los lugares dejados, la existencia de estar lejos…

 

 

Sin título

No sabría decir sobre la muerte, si algún miedo de ella me dispara otro dolor menos de ínsula y más frialdad de huesos que al norte de tu ciudad donde alumbran los anuncios y el tiempo se evapora muy parecido a una de esas espinas de madriguera. En la penumbra no sabemos si lo real es un artificio casi divino y al doblegar los pasos «cuenten que aquí llevamos» son años amontonados con las quemaduras de todos aquellos episodios ahora idos contra la memoria. No puedo hablar con la muerte o de ella, soy más joven que Rimbaud y tengo la felicidad de no soñarme para morirme sino, con la complicidad de esa luz que me despierta sin reconocer el horizonte; dentro, hay manantiales más lúcidos que el llanto de un niño solo, muy solo en una playa sin faro con la ingenuidad de saber el camino que tomaron los padres. no se puede conversar con «la buena muerte» la vida, difícilmente haría de esa pantomima que asusta a los gallos dormidos de nuestra madrugada.

 

Posando para la foto

a la memoria de Octavio Pardo

Para Gélico

También de este lado nos visitan extranjeros para fotografiar los rostros de quienes llegaron al reino. Y saber, si todas esas noticias y los sueños de quienes los invitaron son ciertos en la felicidad de los menos humildes. Aunque no sean fotos del hambre o la miseria ramplona de un cuarto con techo de tejas tampoco de paredes mohosas y calles oscuras y con charcos que producen arco iris de extraños deseos y días donde las personas que pasan nos miran como a los Dioses, y ofrecen sus cuerpos para entender si los dioses le devuelven el roce con las prendas compradas, quizás a plazo, allá en el paraíso. Nadie escapa al flash de un turista sonriente y tratando de adivinar nuestro enfado sin saber tampoco hasta que las revelen que algunos muertos de felicidad en este imperio pueden lucir el estrago que deja la soledad etiquetada y llena de comodidades por la que la familia del otro lado del mar suspira. Aquí también las fotos engañan y no es la ruina del paisaje quien lo denuncia, por dentro, el fuego de la nostalgia quema y muchas veces nos salen por la piel con la sonrisa y la pose, bocanadas de humo de los techos de tejas y la madera seca al aire frialdades más blancas que nuestras almas austeras.

 

Primera foto

Para Nivia del Carmen

Hiciste tu primera obra con nacer no de la costilla de tu madre sino del bien juntado acople en las noches en que tu papá pintó tu rostro sin saberlo en el vientre de donde saliste al mundo por luz y hacia la luz que no devora todavía tu inocencia. Natividad, de los manantiales de un río o de las hierbas en el fondo del patio de tu casa hasta las piedras que vendrán por los caminos; todo horizonte, flotará en las aguas de tu corazón igual a la armonía con la que esperamos vuelvas alguna vez para conocer las calles ruinosas del país de donde tu padre y yo partimos heridos o viviosos en el balaceo de las horas perdidas pero aún mortales, aún extranjeros, aún, infinitamente hijos de la tierra húmeda tras las espigas de los campos de arroz con el rostro inocente por el que ahora lloro en la pureza y la felicidad de tu primera foto.

 

Del silencio y no de la muerte

Los toros que pastaban delante Y LA HIERBA SECA la claridad del mediodía y el silbido muy lejos de un viento acercándose hasta sus orejas; la soledad de algunas tardes en las que no quería escuchar QUE sus padres o amigos pronunciaran el nombre, EL de las cosas O EL SUYO. Cuando los ojos lo miraban y veía sus lenguas y la SALIVA caer lenta y espumosa sobre sus patas delanteras pensaba en la quietud de ese acto, LENTO Y DELICIOSO, y en la otra quietud, casi un goce de su alma vacía, esperando tal vez TRAGARSE la ternura con la que lo miraban Y ÉL RESPONDÍA imaginando esas escenas sin moverse. La baba y los ojos y los tarros de un buey lo podían acompañar mejor que sus sentimientos a la vida; suponía, y lo creyó mientras POR AÑOS al usar la vara para domar a los bueyes, su padre lo miraba con rudeza y él muchas veces adivinaba: ES un buey y no una hoja, es un rudo animal y no el ala de una MARIPOSA, pero su padre dijo: O lo pinchas o te enseño lo que DUELE. Y aunque esté lejos, muy lejos, hay días en los que siente la quietud de los años en los que bien pudo creerse era un buey con ojos de mirada profunda y mientras masticaba el pasto se ponía a soñar, quizás deliciosamente, LA SALIVA LLEGANDO a sus PATAS. Y el silbido del aire cruzando el potrero penetró hasta los espacios vacíos de su alma.

 

Remedios

Del Libro de los Nombres:

En trenes vistos desde lejos y en aquella estación polvorienta desde tiempos en los que a diario se masturbaba pensando en el castigo de Dios y de su única indefensa soledad; desde las fiebres y los potreros donde pastaban vacas con lunares y olor a hierba seca hasta estos días de la gran ciudad nunca pensó en el valor real de toda su existencia. Despacio, por una de esas avenidas descendiendo hacia el final de una calle que termina justo donde empiezan esos temores de la vejez cercana y del abismo allá abajo donde pasan veloces vidas y autos y que vistos desde arriba son indescifrables. Volver, era juntarse con el humo de aquellos retratos amigos muertos, besados un invento contra la sublime soledad crecida como él en estos años; años de entrar o salir de calles que terminan como uno de esos letreros en pueblos fantasmas Remedios, 14 kilómetros, y para él, distancia numerada presencia en habitación B7 con vista a Boulevard que sueña alcanzable la ciudad de largos puentes y de insomnes dispuestos a beberse más que unas cervezas la espuma y los besos del olvido.

 

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Fuentes / Referencias

Del archivo de Cañasanta. Selección de cinco poemas de Juan Carlos Recio, conservada en una copia archivada del 21 de abril de 2006. La fecha exacta de publicación original no figura en la página recuperada. Recuperada y revisada para esta republicación, con su presentación y dedicatorias originales.

Página original · Copia en Internet Archive.

Juan Carlos Recio

Poeta y colaborador de la primera etapa de Cañasanta, donde se publicó una selección de su poesía, incluidos «Posando para la foto», «Primera foto» y «Remedios».

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