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Arístides Vega Chapú :: Poesía

Un ciervo solitario en un claro de flores al amanecer.

«El intento de tomar la luz, de crecer creyendo volver a una infancia pensada, como saldo al pretexto, como pócima para eludir al tiempo y a la fuerza con que se vive. Estos poemas, salidos del libro, aún inédito, ‘Paisaje de Occidente’ del poeta Arístides Vega Chapú nos pasean por un universo surtido de afección y encono. Donde el recuerdo juega un papel importante dentro de la palabra y la voz se despega para contarnos el suceso.

La palabra del poeta llega tierna, sincera en su canto para otorgar al lector el amor y la nostalgia que encierra el alma. Es como el delito del beso, el instinto de querer decir siempre las cosas necesarias. Posean.»

 

La soledad de soñar con un ciervo

Reconociendo al ciervo por la cabeza
y su manera de lamer
el reflejo la hermosísima piel,
falto de cariño,
como un común animal
y no un animal en extinción.
Lo importante es no perder sus huellas
sin tener en cuenta
cuántos no estarían
dispuestos a seguir a un ciervo,
caminar tras el rumbo del animal
que desconoce la existencia de fronteras.
Escogí vivir
en el sitio en que crecen silvestres las flores.
Prefiero el romerillo
en jarra de porcelana alemana,
donde reposo la vista
después de recorrer mis escasas pertenencias.
Vivo en un mundo de apegos,
por ello me cuesta dormir a oscuras
si no estás a mi lado
y no puedo compartir ese sueño
que mañana quizás olvidaría
y en el que voy detrás de un ciervo
que tiembla
sujeto a su sombra de polvo gris
sabiéndose alcanzado.

 

De espaldas al mar

Todo es tan extraño bajo la noche
—capaz de despojar a los paisajes más poblados
de su linaje—
que apenas puedo reconocer cómo regresar solo
a lo memorable de un sitio,
si es que alguna vez lo tuve
bajo nubes tan descoloridas
que parecen no estar.

He soñado ayer que volvía a ser un niño
con ojos entrenados
para adueñarse de la belleza que posee el universo.
También para quedar fijos y varados
ante el misterio
de los astros que se saben intocables.

Como efímeras olas
que aceptan depositar su frágil belleza
en tus extendidas manos,
son las quietas aguas
en las que sepulcra la noche su inevitable destino.
Clamas por un horizonte
en el que pueda refugiarse el esplendor
que recordaremos por siempre.

Intento la fruición,
alcanzar tus manos
delicadas y resistentes para que palpen mi fiebre
y retiren de la memoria cuanto no conviene.
Necesito compartir el vértigo de estas aguas
inmovilizadas por la escasa luz de una madrugada.
Necesito que tus labios me alimenten,
que me permitas calmar su temblor
para que puedan pronunciar palabras
como si tu boca me perteneciera.
Prefiero quedar de espaldas a la playa
a la que regresan los bañistas
confiados en que el peso de sus vidas
flotará en estas costas.
Siempre cerraré los ojos ante la majestuosidad del mar,
siempre y no solo en los sueños,
para imaginarla tal y como me la describes
después de tantear en su fondo el oscuro cielo
como señal de reconciliación.

 

Lado del reino

Acepto la felicidad
sin sufrir la ambición
de querer probar la ácida fruta.
La espera me hace recuperar
el silencio de los días
que se alejan incomprensiblemente.
Ni siquiera esos en los que me aferré
al efímero esplendor
que instaló en el cuerpo recién maduro
de la fruta
un color demasiado huraño
como para desearse.
Titánico es el cielo de agosto
del dos mil cuatro,
año beligerante
en que no es posible profetizar
cuándo volveremos a reencontrarnos.
No recuerdo la alabanza
con que agradecí la voluntad
de apartarme del camino,
al final me aguardaba una árida noche,
estrellas que inexplicablemente no brillaban
como si negasen reflejar la pobreza del país.
Como si negasen reflejar
el lado oscuro de un cielo
bajo el que mi vértigo aumenta
sin descubrir las siluetas fatigadas.
Habitación de alguien
a quien apenas conozco,
y a quien pagué con monedas
el lento paso de cien cielos,
sólo por disfrutar a tu lado
de una noche que me pertenecía.

 

Posesión de las imágenes

Sin satisfacer la desconfianza
me siento sobre mí
a falta de la sombra de quien amo.
Reconozco en la noche a mi rival.
Estas palabras me pertenecen,
las extraje previendo el caos
de un alfabeto dictado por el dolor.
Son también respuestas
a otras palabras que aún no he pronunciado,
temeroso de la distancia
para reconocer el miedo
de la víctima.
Temo al golpe
o más bien al vacío que provoca.
Nunca he estado en paz con el arquero.
Sus deseos causan duda
y no soy hombre que pueda traducir el rencor.
Tampoco creo en el alivio
de la soledad,
por lo que he pactado
en su aparente oscuridad
adivinando la imagen que detrás aguarda.
Probarte una y otra vez
que puedo sostener el equilibrio
de la cabeza,
picoteada por pájaros
que olvidaron cuál de los cielos
—de los que no protegen paisaje alguno—
le pertenece.
Pero no me pidas
otra manera de reconocer la felicidad.

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Fuentes / Referencias

Del archivo de Cañasanta. Cuatro poemas de Paisaje de Occidente, de Arístides Vega Chapú, conservados en una copia archivada del 27 de agosto de 2006. La presentación original describe el libro como inédito en aquel momento; esa mención corresponde al contexto de la antigua revista. La fecha exacta de publicación original no figura en la página recuperada. Recuperados y revisados, manteniendo versos y estrofas.

Página original · Copia en Internet Archive.

Arístides Vega Chapú

Poeta y colaborador de la primera etapa de Cañasanta. La revista publicó una selección de «Paisaje de Occidente», presentado entonces como un libro inédito.

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