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Alex Fleites :: Poesía

Un perro corre junto a una orilla donde el mar se levanta en una pared vertical de agua; composición surrealista en blanco y negro.

Monólogo exterior viendo pastar los vivos

The mortgage of the dead is known.
Carson McCullers


Para José María y Oilda, que, sin mirar, me ven
 
 
 

Los muertos no saben que lo son
hasta que se asoman al espejo;
hasta que hunden las manos en el agua;
hasta que exigen su lugar en la mesa,
la música querida, los vencidos retratos

El azogue les devuelve otro rostro;
el agua no los alivia –ni siquiera los roza–;
y en la mesa los jóvenes beben con profundidad,
escuchan discos estridentes,
se toman instantáneas

Los muertos no sienten ya rencor,
no experimentan placer
si el viento, inútilmente, intenta despeinarlos

Los muertos no leen sobre el hombro,
no codician la mujer del hijo,
no cruzan la calle a contramano,
no se arrepienten, no besan, no se dejan odiar,
no sorben, ruidosos, la sopa indefinible
Los muertos no pueden asentir,
no se dejan querer
–mucho menos invocar–

Los muertos pierden la preferencia del color,
pierden la acidez del sexo,
los deseos de derribar una puerta a patadas

Los muertos son inofensivos,
no pueden votar, no se pronuncian en congresos,
no marchan por las calles gritando soledad

Los muertos los miramos vivir, enternecerse,
los escuchamos fingir que todo ya está dicho,
los comprendemos, con sonrisa cómplice,
desde el fondo de los espejos,
desde el recuerdo de la calidez del agua,
desde los compases del vals que bailamos
cuando los soñábamos a ustedes,
desde los amarillos, ilegibles retratos
donde esperamos para siempre


Kenneth Cole Reaction

Álvaro me ha comprado un reloj
que, dice, se parece a mi mano

Es fuerte y preciso,
soporta golpes y tensiones
tanto en el mar como en la tierra;
no teme a los delirios del fuego
y está tan pendiente del instante,
que no le alcanza el tiempo
para ocuparse de los días que vendrán

Sin duda los hijos
se hacen extrañas ideas de los padres
Despiadadas a veces En ocasiones tiernas
Equivocadas siempre

En lo adelante tendré que trabajar
para que, al menos para él,
esta mano, que ya es la mano de mi viejo,
cada día se parezca más a su reloj


Los pequeños cantores

En la ciudad, luego de la lluvia,
los pequeños cantores
salen a exponer sus rostros
Tañen cítaras, laúdes, desvencijadas guitarras
donde cabe todo el dolor y todo el regocijo;
algunos, los menos,
golpean rítmicamente el tamboril
y se hacen acompañar
de mentidas doncellas o monos de cristal

Desde los balcones y azoteas
los nobles pobladores
tratan de no perderse una nota,
de encontrar entre el tejido polifónico
aquella melodía que les triza el espejo del pecho,
la que los hace infinitamente audaces
y sensibles hasta la melancolía

Pequeños cantores de caras tiznadas,
sobre zancos, tragando en iguales dosis
hibiscos de fuego y azores de algodón,
devolviendo las palabras concedidas,
remendando versos, reparando fábulas
que los niños luego contarán
a los húmedos ancianos

No tienen nombre los cantores,
ni procedencia, ni paradero conocido,
salen luego de la lluvia
–como algunas plantas o pájaros–,
y dejan en el aire de la urbe,
en los viejos muros,
entre boleros rotos,
entre fragmentos de odas jubilosas
y jirones de elegías que no encontraron
a sus cadáveres amados,
la evanescente y perfumada estela azul


Vidas paralelas II

Hoy un perro ha corrido a mi lado
por la línea del mar

Ladraba y danzaba
alrededor de mis pies
fingiendo una alegría
que no podía sentir,
a juzgar por sus huesos visibles,
las laceraciones de la piel
y la mirada inequívoca
de quien ha recibido
más de una patada

Era un animal sin nombre
ni mayor gracia;
proponía una fidelidad
que no merezco

Y sólo quería a cambio
el agüita imprescindible,
un oscuro rincón
donde echarse a soñar,
alguien que le amoneste con cariño,
cualquier cosa que haya de comer,
que pregunten por él al llegar a la casa

Al cruzar la calle, no siguió avanzando
Tuvo un instante de iluminación
y se dedicó a perseguir a otro,
no sin antes proferir
los que para mí sonaron
como gruñidos de consuelo

Por eso no se extrañen
si alguna vez dan con un poema
que comience diciendo:

“Hoy un hombre ha corrido a mi lado
por la línea del mar...”

Lo demás ya se lo imaginan


Alternas vibraciones, gotitas de miseria

Quien mira a lo alto de la ciudad
descubre en el cielo su rostro envejecido
También el entramado
de los cables y las hojas
cediéndose alternas vibraciones

Entre ramas y hollín
aquí pasaba, urgente, el verano
Insectos laboriosos
acarreaban polvo,
gotitas de miseria
que caían como nieve
sobre las cabezas
de los impávidos viandantes

Sobre la ciudad se alzaba la ciudad
Y sobre el magma de los sueños, versos

Pero llegó el día
que Dios se puso malo:
cerró el negocio
y se echó a dormir sobre su sombra

Nosotros, los muchachos de siempre,
los coreutas amargos, con rosas en los labios,
acudimos corriendo a los templos
y rompimos las puertas a patadas
Queríamos que no terminara la función,
un trago más,
visajes obscenos de las últimas danzantes
Que los capellanes
nos devolvieran las palabras
y los olores perdidos,
los años que cantamos
despreocupadamente entre las ruinas,
fingiendo que todo daba igual,
que ya amanecería

Pero adentro sólo había ángeles rendidos,
embrutecidos apóstoles borrachos,
jabalíes hozando entre las piernas
de las vírgenes eternamente mancilladas
Y nada de la felicidad
que prometiera el Padre

Todo en esta ciudad
donde a veces miramos a lo alto,
y los hijos se olvidan de sacarnos al sol
Esta misma ciudad
que nos deja vivir porque nos mata
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Fuentes / Referencias

Texto de Alex Fleites, publicado por Cañasanta el 20 de noviembre de 2008, según la página original. Recuperado de la copia conservada en Internet Archive. Se conserva íntegramente el texto de la fuente y se limpia su formato, sin completar ni reconstruir pasajes.

El encabezado y la semblanza acreditan a Alex Fleites. Se conservan los cinco poemas, el epígrafe de Carson McCullers y la dedicatoria a José María y Oilda. Se reutiliza su ficha de autor existente para vincular esta selección a sus otras publicaciones.

Alex Fleites

Escritor y autor de «Orquídeas o bromelias», relato publicado en Cañasanta el 1 de diciembre de 2008. La firma interior de la fuente original lo acredita como autor.

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