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Alberto Rodríguez Tosca :: Poesía

Un auricular de teléfono antiguo se transforma en dos pequeñas conchas que intercambian un hilo de humo, en blanco y negro.

Alejandra Pizarnik

Hubiera preferido cantar blues
en cualquier pequeño sitio lleno de humo
en vez de pasarme las noches de mi vida
escarbando en el lenguaje como una oca.

A. P. (DIARIOS)
Porque tú no querías ni siquiera vivir. Ser un cuerpo más entre millones y millones de cuerpos maldiciendo la forma caprichosamente amable en que fueron colocados sobre el Universo. Nadie contó contigo para alistarte en el Mundo. Para inscribir tu nombre y tu rostro en la Gran Nómina. Nadie te preguntó si querías llamarte Alejandra Pizarnik y nacer en Buenos Aires un día y a una hora del año 1936. ¿Por qué entonces no clavaste tus níveas encías en las paredes del vientre de tu madre y gritaste como la posesa que fuiste (ya en vida ya en muerte) hasta que se le reventaran los tímpanos al Creador y de pura compasión te descreara? Tenías el valor. Tenías las manos limpias y algunas buenas razones. No nos culpes ahora por ese bar de mala muerte al que te confinaron para cantar blues por toda la eternidad por toda la eternidad por toda la eternidad...


Letanía del dragón de Claudiantonia

En el tatuaje de tu espalda consigo adivinar las líneas que faltan en las palmas de mis manos.


Sobre la tinta verde se despliega la angosta geografía que alguna vez configuré en un sueño y nunca más y nunca volvió a rasgar con su filosa realidad el entusiasmo de mis noches. Ahora recorro el paisaje el dibujo encerrado la silenciosa explosión que retiene tu piel como un mensaje para nadie escrito en una piedra invisible y lanzado con amorosa furia y para siempre al abismo del mar.


Confusión de los peces que se refugian en torno y murmuran con acento grave la voluptuosidad de la grafía el sonido interior las canciones el peso de los significados que ahora asciende y yo escucho encima de este océano inmenso mal repartido entre la severidad de mi insomnio y el sabor el vaho la amarga paz que despide tu cuerpo al dormir.


A duras penas logro separar la corporeidad del vacío y los alegatos de la alucinación. Grabo en el aire una falsa leyenda y comienzo mi lectura de la soledad con un gesto aprendido a propósito en las madrugadas de ayer. Hay una predestinación en la agonía no despiertes ahora duerme finge que estás viva duerme no despiertes nunca.


Si al menos cesara el tableteo del reloj su inclemente neón arrojando números a la pantalla con la misma celeridad con que avanzan las sombras hacia las fantasmales afirmaciones del espíritu ¡si irrumpiera al menos en la habitación la memoria de este instante grabado con lava rencorosa en el mapa de una vida anterior! Yo sabría qué hacer cómo acunar la lengua del dragón para que fuera salterio su fuego y no himno crónica de la miseria y no recuento miserable del fuego común respirando por la lengua de los dragones comunes para complacer el hambre de fiesta de este circo ya no humano que desborda sus graderías de aplausos sombreros al viento vivas al dragón que sufre en silencio porque nadie comprende su ademán su grito su mueca profunda detenida en la alta noche sobre la espalda de una mujer desnuda.


Duerme. Ya no tienen remedio los caminos que erré. Encontrarán su castigo en los tribunales del alba. No despiertes ahora duerme no conozcas mi nuevo rostro. Ruego porque no hayan entrado a tu sueño los artificios de mi dolor duerme. No escuches ni siquiera mi ruego. Duerme duerme no despiertes ahora.


Nunca



Cría mujeres

"Vámonos cuervo a fecundar la cuerva."

César Vallejo
 
 

¡Ah mujeres hermosas no se hagan¡
No es por gusto que les sangra el pico.
Se transforman en cuervas cuando pasan
y nos dejan sin ojos. ¡Ah malditas,
nuestros ojos no les hacían daño a su belleza!
Simplemente miraban. Huían de la noche
y en el camino ¡ah mujeres hermosas!
sus picos ávidos de sangre se abalanzaron
sobre el párpado y desde entonces nos persigue
el amarillo el sueño la locura el amor la oscuridad.


Viéndolas llegar a la Universidad

Cuántas de estas muchachas
amanecieron hoy en brazos de otro,
después de haber hecho el amor una
y otra vez en el largo delirio de la infancia
crecida.
Cuántas reventaron de fiebre
esta mañana mientras yo convalecía de mí
y me abrazaba a mis sudores como un náufrago
se abraza a un tronco para soñar con una orilla.
Con cuántas orillas y frutas y veranos soñaron
estas muchachas hoy al final de la ruda faena.
Yo las veo subir las escaleras de la Universidad
y se me parte el alma. ¡Cómo envidio a ese otro
que esta mañana deambuló en sus senos, se ahogó
en sus labios y murió en sus caderas! Cuántas
de estas muchachas imaginan que en la ciudad
un hombre se muere por ellas y madruga sólo
para verlas subir y deletrear con letras ciegas
las habilidades de sus cuerpos desnudos
contoneándose al ritmo del tic tac de un reloj.
¡Si supieran estas muchachas lo que vaga ese hombre
al verlas pasar con el pelo aún mojado y la sonrisa
del placer todavía desarmándose en sus bocas! Si
lo supieran, dejarían de subir las escaleras y correrían
a comprar una cuerda para llegar a su balcón y secarle
esa lágrima que corre sólo por ellas que amanecieron
hoy en brazos de otro haciendo el amor una y otra vez
en el largo delirio de la infancia crecida.


Toda la dicha está en una cabina de teléfono

y toda la mugre y todo
el desamparo.
Ningún sitio mejor
para iniciarse en el conocimiento
de las grandes ausencias: aquí
está el hombre solo y ni siquiera
el otro lado es alguien.
Yo soy
el hombre solo y tú eres Dios
y yo soy de nuevo el hombre.
No hay diferencia entre tu palabra
y la mía, salvo que
nuestros interlocutores son sordos.
No hay diferencia entre tu sordera
y la mía, salvo que nuestros interlocutores
hablan demasiado.
Asoma
tu nariz a la nube y di
si me faltan motivos cuando gasto
tiempo y monedas en vaciar
en tu barba encrespada un poco
de este horror.
Señor,
yo no creo en Ti, pero te pido
que me defiendas esta noche
de los dioses en los que creo. Míralos
caminar entre los hombres disfrazados
de hombres.
Reconócelos
por su seguridad: están seguros.
Remontan calles, clubes, oficinas
y los persigue la seguridad
como una sombra. Y si llueve les sirve
de paraguas y de pañuelo si hace sol.
No necesitan tu perdón pues
"saben lo que hacen". No se dan cuenta
de que los has abandonado y por eso
no preguntan "¡Dios mío Dios mío!" No es
por soberbia sino por ignorancia
que no preguntan, Señor.
La tierra
sigue girando a tu pesar. Los tigres
todavía respiran, se aluniza en la luna
y el corazón de mi madre se rompió
como cáscara de huevo el día más injusto
de 1993.
No te culpo por eso. Al fin
y al cabo, alguna noche su hijo menor
tenía que aprender a caminar herido
y con los ojos abiertos por entre riscos
untados de sangre, candilejas
rebosantes de nieve y otros arduos caminos
de tu divina creación.
Infelices las multitudes
que nunca han entrado a una cabina
de teléfono. Pobrecitas Dios mío lo saben
todo: se conocen ellas y me conocen a mí
que soy el hombre y no me conozco.
Pero no se preocupe, Señor: la ciudad
no conoce a sus padres los hijos
no conocen a sus hermanos los hermanos
compran alcohol en los suburbios
y se emborrachan con un niño demente
que lo conoce todo y siempre
Yo estoy más cerca de todo eso
que los padres que los hijos que los
hermanos y hasta que el niño demente.
Y me emborracho más
y estoy más en silencio, sólo que ya es
muy tarde para limpiar el buen nombre
de esta sabiduría venida a menos.
¿Se comprende que hablo por mí,
que no comprometo a nadie, que soy
el hombre solo y tú eres Dios
y que soy de nuevo el hombre, alzado
sobre dos piernas y hablando por mí,
luego de soportar durante tantos años
que las palabras de otros me definieran?
¡Ah si ser el hombre y Dios
y ser de nuevo el hombre significara algo!
Si estar aquí si hablar si resistir callado.
Pero nada de eso significa.
Perdemos el tiempo, Señor. Se me acabaron
las monedas.
Adiós.
para Rafael Alcides,
esta modesta prolongación
de sus conversaciones con Dios.


A la manera de Empédocles

«yo he sido una vez águila y moza y pez mudo en el mar»
he visto caer los muros levantarse las aguas en briosas
mareas contra las míticas ciudades he hablado con los dioses
(me han mentido) he visto al buda al cristo al krishna al lama
(me han negado: soy hombre) he calumniado al prójimo
y el prójimo me ha calumniado a mí (siempre estamos a mano)
he tentado la suerte en los lupanares que esconde el corazón
he dormido en las calles y en mi cama (la misma cama
en la que he amado a una mujer que no me ha amado) he salido
de noche a perdonar ladrones (ellos me han perdonado)
he besado la mano de mi enemigo al tiempo que le ofrecía
su mejilla he maldecido en el templo y en la sinagoga he
orado en casas de cita y en mi casa he llorado en babilonia
he contemplado al tigris y al eufrates unidos por el nudo
de mi garganta y me he avergonzado de mis ojos acechando
el vaho del febril apareamiento entre los dos torrentes he
estado en delfos preguntando por nadie (nadie sabe que existo
nadie sabe que lloro en silencio y que estoy solo) he alterado
la letra de los himnos de orfeo (donde decía «sólo hablo
para los que estén en la obligación de escucharme» yo canté
«sólo escucho a los que no estén en la obligación de decirme»)
he sufrido y he invitado a sufrir he muerto y he resucitado he sido
y he dejado de ser y todo por haber sido tierra y aire y agua y fuego
y sólo para ser otra vez águila y moza y pez mudo en el mar.


El extranjero

Hoy me puse mis galas de extranjero para salir a caminar.

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Fuentes / Referencias

Texto de Alberto Rodríguez Tosca, publicado por Cañasanta el 25 de enero de 2009, según la página original. Recuperado de la copia conservada en Internet Archive. Se conserva íntegramente el texto de la fuente y se limpia su formato, sin completar ni reconstruir pasajes.

Se conserva la selección de siete poemas, los epígrafes y la dedicatoria a Rafael Alcides. Alejandra Pizarnik, César Vallejo, Empédocles y Rafael Alcides aparecen como referencias dentro de los textos; la autoría de la selección corresponde a Alberto Rodríguez Tosca.

Alberto Rodríguez Tosca

Poeta, ensayista y narrador nacido en Artemisa, La Habana, Cuba, en 1962. La semblanza de Cañasanta de 2009 menciona «Las derrotas», Premio David de Poesía de 1987, y «El viaje», publicado en Colombia en 2003, así como su presencia en numerosas antologías internacionales. La fuente señala que residía en Colombia desde 1994 y dirigía entonces un taller en la Casa de Poesía Silva. Estos datos corresponden a aquella ficha histórica.

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