En el comienzo no éramos más que barcos a la deriva dentro de un mar tormentoso, siempre tarde a punto de ser noche, a punto de ser sombras diluidas ecuánimemente por el ocaso.
El tomar formas de barcos no era una decisión aleatoria. La noche no reflejaba los tonos intensos de nuestro cuerpo como el día, ni siquiera la tenue luz de la luna. Nos volvíamos grises y brillosas, como si una capa de espeso lubricante nos rodeara y nos confundiera con el mar, pero ese brillo no se dejaba ver claramente a kilómetros de distancia. Los navegantes pensaban en que éramos restos de naufragio. Y en cierta manera si que lo éramos, pero ellos siempre seguían de largo. Y era mejor así…
El día que me decidí a hacerlo el mar me resultaba tranquilo y despejado. La intensa tormenta que se desataba en él no había permitido ni un atisbo de embarcación. El mar era mío, pero también era de ellas, sin embargo mi decisión ya era un hecho y nadaba presurosamente hasta la orilla.
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Para llegar a casa de Emanuelle tuvimos que madrugar y ponernos en camino muy temprano. Margüerite conducía. A medida que avanzábamos las sombras matinales se disipaban y los colores del campo se volvían intensos con el reflejo del sol sobre el rocío mañanero que reposaba sobre las plantas; estaban envueltas en una capa de brillo luminoso que se podía contemplar a distancia. Emanuelle vivía más allá del lago, en una rústica cabaña de madera, casi en la cima de una montaña. En algún punto del recorrido nos detuvimos para lomografiar el paisaje y tomar unos refrescos.
-Aun tenemos que pasar el lago…-dijo Margüerite entre sorbos. Yo asentí, pero seguí jugando con mi cámara. –Más vale que lo pasemos antes del aguacero- continuó .
-¿Por qué?- le pregunté yo.
-Dicen que no deja indiferente a nadie- y puso cara de circunstancias, a la vez que encogía y dejaba caer los hombros y le robaba otro sorbo a su refresco de uva. Mientras, una espesa nube negra se asomaba imponente por encima de las altas y verdes montañas.
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Me refugié cerca de los acantilados. Formaban una cueva en la que el agua entraba solo hasta el inicio. Con una piedra afilada comencé a quitarme las escamas que restaban y a revelar piel, aun con aspecto sanguinolento, pero piel al fin. Llovía y supongo que caminar bajo la lluvia me quitó un poco del olor a pescado. Todas las casas de la playa estaban clausuradas con tormenteras por lo que se avecinaba, salvo una. Hasta allí llegué para pedir auxilio. En un acto de desesperación me arrojé sobre una ventana de cristal y me dejé caer al suelo. Estaba rendida. Nunca olvidaré la cara de espanto de aquel hombre, pero ya no podía más.
Era una cabaña de madera pequeña, pero muy acogedora. Me vistió con su ropa y me tiró una manta encima. Estábamos junto al fuego de la cocina. Emanaba un vapor caliente con un olor familiar.
-Tómelo. Le hará bien.
– Pescado, sin duda alguna – pensé, para mis adentros- ¿Cómo se llamaría esto? ¿Canibalismo? – continué meditando, sin dejar de mirarlo.
Él miraba en un silencio que se hacía denso, como el agua que caía. Tenía una curiosidad enorme. No sería una persona corriente cuando recoge a una mujer desnuda, frente a su casa, en medio de la tormenta y la deja quedarse en su casa. Otros ya habrían llamado a protección civil…aunque, claro, bajo aquella tormenta…Observaba con especial atención mi piel, la miraba todo el tiempo desde que me levantó del suelo en brazos. La carne se me hacía transparente porque apenas tenía epidermis y la sangre estaba ahí, expuesta, sostenida ligeramente por la delicada capa de venas que amenazaba con deshacerse en cualquier momento para dar paso a una marea roja. Sé que esto lo inquietaba, por eso intentaba taparme con mi larga melena color verde alga, pero no podía evitarlo cuando acercaba mi mano al tazón. Le espantaba.
-¿No tendrá fiebre?- me preguntó y me quedé en blanco, como si me hubiese hablado en élfico, pero luego comprendí que era una pregunta retórica para acercarse a mi. Lo hizo poco a poco, con miedo, casi avisándome que me tocaría. Yo cerré los ojos y seguido del fugaz contacto se alejó. Como quien toca pescado frío, nunca mejor dicho. No me dirigió más la palabra aquella noche. Si hablaba era porque yo tomaba la iniciativa, no porque su curiosidad lo mataba, como antes.
-Mañana la llevaré al hospital.-me dijo. Y yo asentí.
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El cielo dorado que había esta mañana se había desintegrado en un conglomerado de nubes negras, pero aun no llovía. Pernoctaba una paz inquietante, un silencio atronador. En varios kilómetros no vimos casas. De pronto llegamos. Margüerite detuvo el coche porque antes del puente se extendía una cuesta, corta pero muy inclinada; luego continuo. El puente parecía infinito, estrecho, con una cama de peñascos a la derecha y a la izquierda solo agua negra bordeando. Quizás era sólo el efecto de las nubes y la próxima tormenta, pero provocaba una sensación de vértigo que ponía los pies a prueba.
-Detente- le dije.
-¿Para qué?-me respondió con los ojos muy abiertos.
-Para hacer una foto.
-Nos va a coger la tormenta y luego no llegaremos.
-Va a ser sólo una y muy rápida- le espeté y me bajé rápidamente sin esperar respuesta.
La acorralé. Bastante era ya cruzar aquel estrecho e interminable puente como para detenerse a fotografiarlo. Al final, había un pequeño rellano donde la gente se estacionaba para observar. También tenía una rampa para entrar el remolque de las barcas y entrarlas al lago, pero aquel día no había nadie, solo nosotras. Margüerite, al final, se bajó del coche. Bajamos hasta poco antes de la rampa. El agua, agitada por la brisa, hacía el intento de subirse más allá de su lugar. Al mirarlo, el efecto fue hipnótico. Ese instante se prolongó por no se cuantos minutos, las dos frente al lago sombrío, como hechizadas por una fuerza superior y sentimos como el alma se nos escapó del cuerpo y se sumergió en el lago. De repente todo se volvió noche y sombras y no sabíamos si aquello era bueno o malo, salvo que todo nuestro ser estaba ocupado por aquel extraño vértigo que nos envolvía. Allí sumergidas, el lago nos transmitió un mensaje que no pudimos recordar. Unas gruesas gotas de lluvia nos despertaron de la mala ensoñación.
Cuando quisimos darnos cuenta, el aguacero estaba sobre nosotras. Fue cuando saqué mi cámara, y sin mirar en el objetivo, disparé, de prisa porque Margüerite me había tirado de la mano para subir rápidamente al coche y salir de allí.
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Me levanté antes del amanecer porque las vi merodeado por la cabaña, justo cuando la tormenta dio una tregua. Él se despertó, pero volvió a la cama. Luego de eso escapé. Estaban por todas partes. Me llené de miedo. Dicen que si logras regresar mar adentro te salvarás de ellas y de lo que te puedan hacer. No soportan que alguna lo logre, que se deshaga de su cola y camine más allá del límite del mar y la tierra. Pensaba en tantas noches de luna y oscuridad, tantas noches sin tormenta, tranquilas con innumerables embarcaciones rondando, sin posibilidad de moverse más allá de ola y ola…pensé: tanto tiempo para esto, para salir y al final regresar otra vez. Allí afuera seguían, estáticas y tenebrosas, aguardando pacientemente, envueltas en sus cabellos de algas putrefactas, en su piel aun sanguinolenta, ellas, mis hermanas en el odio…
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Como pudimos advertir, al final, la comida se hizo dentro de la cabaña de Emanuelle, observando como caía la tormenta afuera y no en su amplio jardín, como hubiéramos deseado. Regresamos al día siguiente, porque ya era imposible hacerlo el mismo: se hizo de noche antes de lo previsto. Margüerite se levantó varias veces en la noche, sobresaltada. Yo sabía lo que le ocurría porque al comienzo de la noche me pasó justo lo mismo. Luego ya no pude dormir. Sobre la mesilla de noche enfile las dos fotos que pude hacer frente al lago. No podía quitarme de la cabeza las imágenes pavorosas de barcas con proa con femenina y popa con forma de pescado, flotando… parecían demasiado reales. Observé esas fotos otra vez, me cubrí con las sábanas intentando dormir, palpando mis pies a cada instante para saber si son como antes, como siempre han sido.



