La última gota
Entrar y salir del mundo exterior mediante el movimiento de los párpados era su única posibilidad.
La quietud obligada transformaba en siglos los escasos segundos que mediaban entre un parpadeo y otro. Dirigiendo la mirada hacia arriba sólo veía el tubo fluorescente que iluminaba la habitación. Pero si bajaba la vista cuanto le era posible, alcanzaba a distinguir la ampolla del suero. Entonces, mientras no lo cansaba el esfuerzo controlaba meticulosamente el paso de cada gota contando las imaginarias frecuencias como para que ninguna escapara a su vigilancia.
Hacía ya tiempo que no reparaba en la presencia de los que se acercaban a controlar la intrincada selva de aparatos y tubos que lo rodeaban. La aparición de los escasos parientes y conocidos había dejado de importarle. Llegó a convencerse de que su situación podría considerarse privilegiada. Los condicionamientos ya no existían, ahora era él en sí mismo.
El día y la noche podían ajustarse a su voluntad. Abrir y cerrar los ojos lo convertía en un dios creador de un universo propio. Podía inventarse miles de vidas con sus respectivas muertes y resurrecciones. Hacedor de su mundo elucubraba situaciones burlándose del esmero con que era vigilada cada conexión de los “mantenedores de vida” como había dado en llamarlos.
Había momentos en los que analizaba sus reflexiones anteriores respecto de la vida y la muerte y la forma en que cediendo a impulsos desprovistos de lógica, manifestara que la eutanasia era lo adecuado cuando ya no existía la posibilidad de una mejoría de la calidad de vida. Ahora decía para sí que eso sólo sería viable en el caso de existir tormentos de dolor pero no en el suyo. Entonces enumeraba sus ventajas: no experimentaba dolor, no tenía necesidad de preocuparse por su subsistencia, no se veía obligado a responder a los cánones establecidos por la sociedad. Los sentimientos carecían de importancia. Se autodenominaba esencia pensante y creía estar inmerso en un estado de privilegio. Recordaba la época en que adhería a las prácticas de control mental, entonces su conciencia de poder absoluto aumentaba progresivamente. Si se concentraba podría digitar el ritmo de los latidos del corazón y cambiarlo a voluntad.
Una vez que experimentó esa práctica pseudosuicida comenzó a regirse por impulsos. Cuando conseguía alterar el ritmo cardíaco traía a su mente diferentes escenas de situaciones límites: Estoy manejando un Ferrari en la pista de Indianápolis. Éste es el último tramo de mi ascenso al Aconcagua. Es hora de abrir el paracaídas.
En realidad no podía saber si lo que lograba con respecto a los latidos coincidía con lo que hubiera sucedido con ellos de concretarse cada episodio de su imaginación. Cuando salía del éxtasis observaba el suero y controlaba el paso de la gota, la veía deslizarse y se tranquilizaba. Su juego podía continuar.
Esa tarde estaba a punto de obtener un triunfo arrollador sobre su contrincante suizo en la pista de esquí de Las Leñas. Faltaba solamente una curva para alcanzar la meta. En la vorágine del descenso, el ritmo monótono que por momentos se había acelerado disminuyó con la misma velocidad con que había aumentado a lo largo de la competencia hasta hacerse débil, imperceptible. Movió el párpado hacia arriba con dificultad. Desde la ampolla del suero una gota detenida reflejaba el halo de luz de la ventana en un improvisado arco iris.
Abandono
Siempre veía el pasadizo, el túnel, ese lugar fantasmagórico que se le había colado en la memoria velando la posibilidad de la certeza. Ya no existía nadie capaz de responderle o atestiguar si todo no era más que una imagen negativa que cada tanto pugnaba por asomarse a la superficie. La oscuridad y el hecho singular de unir dos calles céntricas no paralelas, eran los ingredientes necesarios para añadir más elementos de misterio al recuerdo.
A pesar de comprender que era inútil, volvía una y otra vez a la calle del pasadizo. Las casas habían sido demolidas y en su lugar se levantaban locales modernos, por lo que nada parecía indicar que sería posible rastrear las huellas del pasadizo misterioso. Ni siquiera la altura de las calles coincidía. Del número 1280 se pasaba directamente al 1284, el número que ella recordaba –el 1282– no figuraba en la numeración de la calle, había desaparecido, como si se hubiera deseado eliminar todo vestigio que denunciara la presencia del pasadizo.
Con el tiempo, la recurrente imagen se convirtió para ella en una obsesión. Se preguntaba sino quedaría en los cimientos algún elemento que probara su existencia. Comprar el local, levantar el piso y verificarlo le resultaba imposible porque vivía de un magro sueldo que apenas le permitía subsistir. Sin embargo, el delirio que la llevaba diariamente al lugar, le proporcionó la oportunidad que buscaba hacía tanto tiempo.
En el local del 1284 de la calle Moreno necesitaban una empleada y habían colocado un aviso en un costado de la vidriera. A pesar de no tener la edad indicada, se presentó como aspirante al puesto y después de varias idas y venidas lo consiguió. No tenía experiencia como vendedora pero el comercio se dedicaba a la importación de telas y los clientes acudían con un objetivo determinado, sólo se aseguraban de que los paños y las sedas fueran de óptima calidad y posteriormente arreglaban las condiciones de pago con los dueños.
Después de unos meses, gracias a la dedicación con que asumía el trabajo, los socios de la empresa, una pareja bastante mayor, comenzaron a delegar en ella muchas tareas y le confiaron la llave del local. Debía abrirlo a las nueve de la mañana de lunes a viernes. La jornada laboral finalizaba a las diecinueve horas, salvo en contadas ocasiones en que el matrimonio se quedaba ordenando papeles, pero nunca se extendía más allá de las diecinueve y treinta. El tener la llave le proporcionó la posibilidad de dedicarse a realizar una revisación minuciosa del lugar.
Desde el primer día había advertido algo significativo en el piso de la habitación contigua al local. Cuando acercaba la mano a la pared derecha tenía la sensación de que la deslizaba por una superficie hueca, como si la pared fuera únicamente un cartón grueso camuflado con revoque y pintura. Lo mismo ocurría con el piso cercano a esa pared. A pesar de que el local carecía de sótano, creía percibir un eco acompasado después de cada una de sus pisadas. La intriga fue aumentando, y en poco tiempo, se tornó tan acuciante que le invadió el sueño.
Esa mañana llegó al local antes de las siete. No había movimiento alguno en la calle. Los comercios vecinos permanecían cerrados. Ni siquiera el encargado de la única casa de departamentos de la cuadra había dado señales de vida. A pesar de hacerlo diariamente, le costó un gran esfuerzo abrir el candado que protegía la cortina. Empujó y luego introdujo la llave en la cerradura de la puerta de vidrio.
Una vez adentro, decidió no subir la cortina metálica hasta el horario habitual. No encendió las luces del frente. Atravesó el corredor que comunicaba con la oficina interior y buscó a tientas la llave de la luz. La lámpara no era potente pero le permitía observar la pared.
Como si se tratara de un ritual, primero deslizó la mano, y después con el puño cerrado comenzó a dar golpecitos en la pared, que al aumentar se convirtieron en golpes cada vez más itensos. La pared no acusaba señales al recibir la agresión. Desalentada, aún a riesgo de mortificar sus uñas esmaltadas trató de rasgarla pero el esfuerzo fue en vano. Descansó unos instantes y luego emprendió una suerte de danza, zapateando con furor el piso que ella suponía hueco. Extenuada, apoyó la espalda en la pared y se dejó caer lentamente. Permaneció sentada unos minutos. Repentinamente el piso cedió arrastrándola hacia abajo. A pesar del aturdimiento por la caída trató de incorporarse. El halo de luz proveniente de la habitación de arriba no le permitía ver con claridad, pero después de unos minutos se acercó al rincón del pasadizo donde su hermano y Antoñito jugaban a las bolitas. –Me costó mucho encontrarlos. ¿Por qué me dejaron sola? Ellos continuaron el juego y entonces comprendió que tal vez jamás advertirían su presencia, pero, para asegurarse, repitió su pregunta elevando cuanto pudo la voz y obtuvo idéntico resultado. Desalentada, se aproximó aun más y trató de zamarrear a su hermano – mamá te busca, ¿por qué no me contestás?
Ni siquiera pudo tocarlo, porque su mano atravesó la figura y el intento se esfumó en el vacío. Los dos chicos guardaron las bolitas y salieron atravesando la pared.
En ese instante el halo de luz desapareció. Estaba atrapada.



