Este cuarto de la casa de papá, aunque yo no viva permanentemente en él, sí es mi cuarto. Puedo dejar un objeto en cualquier lugar, que cuando regrese allí va a estar; nadie lo cambia de posición, nadie lo toca. Por eso, las cosas que deseo conservar, las más íntimas, las guardo aquí con toda seguridad.
Hace meses que no abro la gavetica de mi cama donde conservo la piedra azul y la caracola marina. Las tomo y las coloco sobre la cama. No sé cómo se me ocurrió tenerlas juntas: se diferencian mucho, no sólo en el tiempo y la forma, sino también en lo que significan emocionalmente para mí.
Quizás estén unidas, porque ambas representan el nerviosismo y la ilusión de lo nuevo, de la primera vez.
La piedra azul es Yoel y el primer beso de amor; la caracola marina es la primera vez que estuve con un hombre, y también Yandier.
Lo de la piedra azul no es secreto, pero lo guardo como tal. Lo de la caracola marina se lo conté a mamá. Yo le había prometido que cuando eso sucediera, se lo iba a decir. Y lo hice.
Ocurrió durante un pase de fin de semana del pre de ciencias exactas. Yandier fue a buscarme hasta la casa para irnos a la playa. Él no hacía más que entrar en casa y a mamá le brillaban los ojos. Nunca necesitó esforzarse para agradarle. Para ella, mi novio está lleno de virtudes, como si lo hubieran bajado del mismísimo cielo. Lo comprobé el día que regresó de la olimpiada de matemática. Mamá llegó, incluso, a reservar una mesa en el mejor restaurante de la ciudad para festejarlo.
Ese domingo de septiembre fuimos a la playa. Buscamos un banco de arena, alejado de la orilla y la gente. Sólo nuestras cabezas permanecían fuera del agua. Me besaba, y me decía que no tuviera miedo, que no me iba a ahogar, al menos con agua. Me abrazó, y yo sentí el calor de su cuerpo a pesar de la humedad. Me miró con cara suplicante, y comprendí lo que deseaba. Acariciaba mi cuerpo, apartando la tela gruesa del bikini. Le quité las manos y él volvió a colocarlas entre mis muslos, mientras decía: “Anda, no me digas que no…” Yo, realmente, no sabía qué decirle.
En mi cuarto del pre vivíamos diez muchachas y casi todas contaban sus relaciones sexuales como algo natural. Sólo dos lo hacíamos tímidamente. Y yo, por supuesto, mentía. Para algunas de mis amigas, la primera vez era un viejo recuerdo. Para mí, un misterio. Me preguntaron un día cómo había sido esa primera vez y yo dije que bien, pero que no me gustaba hablar de eso. “Boba”, me dijeron. Si les contaba la verdad de que yo nunca había tenido ningún empezar, me hubieran tildado de monjita mentirosa y hoy sería el hazmerreír del cuarto. Hubiera sido la anticuada, que guardaba intactas las “plumitas” de su corazón de paloma tierna, para que las arrancara en primicia un gavilán disfrutador de decenas de primeras veces. Recuerdo que Beatriz y Verónica contaban sus historias como si estuvieran filmando una película erótica. Lo cierto es que me daba vergüenza ser la inexperta, la única que no tenía qué contar. Entonces, quise tener mi primera vez, fuera o no, con mi primer amor. Necesitaba esa primera vez para ser igual a ellas y no tener que mentir. Además, también tenía mis ideas sobre el asunto. Estaba convencida de que debía ser algo muy hermoso, tierno, inolvidable. Quizás, por eso, cuando Yandier penetró en mi cuerpo, y lo sentí moverse dentro, me puse tan nerviosa que en lo adelante no sentí otra cosa que mi propio nerviosismo y cerré los ojos. Me dolía. Mordí los labios, y sólo escuché su voz diciendo: “mi vida, mi cielo”, tal vez pensando que yo moría de placer. Él repetía: “Ana Sol, mi vida. Ana Sol, mi cielo”, y temblaba; luego, se estuvo tranquilo, quietecito, entonces me di cuenta que todo había terminado.
Dejé que el agua corriera entre mis piernas abiertas, como si me estuviera bañando.
“¡Nunca olvidarás este momento…!”, dijo Yandier. No me gustó que lo hubiera dicho. Si de su boca hubiera salido un nunca olvidaré este momento, quizás esta historia fuera diferente.
Por la noche conté a mamá, como le había prometido, que yo ya había tenido mi primera vez. Ella comenzó a tratarme de otra manera y su tono de voz cambió, como si hablara con otra persona y no conmigo. Me pareció, incluso, que se alegraba. Después se sentó a darme “orientaciones” de cómo debía cuidarme para no salir embarazada. Al día siguiente se me apareció con un paquete de preservativos: “Nunca debes hacerlo sin usar esto…”
Siempre me he preguntado por qué mamá, a quien tanto le gusta interrogar, no se interesó por saber cómo me sentí en mi primera vez. Sin embargo, desde ese día trató con más deferencia a Yandier. Noté que él también me trataba diferente, como si el momento de la playa le proporcionara un nuevo poder sobre mí.
Al regreso de ese pase, en la plaza del pre, Yandier me dijo que quería hablar conmigo. Observé que le costaba trabajo preguntar.
—¿Por qué el día de la playa te pusiste tan nerviosa y me dijiste que había sido la primera vez…?
La pregunta me sorprendió. No la esperaba ni la entendía.
—Estaba nerviosa, porque era la primera vez. No comprendo…
Se frotó las manos indeciso; después, habló rápidamente como si quisiera decirlo todo en una frase.
—No vi el agua rojiza, ni siquiera una manchita. Yo soy una gente moderna, no estoy en eso, pero me gusta que me digan la verdad…
Al principio tuve intenciones de explicarle que yo también lo esperaba, y que no hubo sangre porque quizás el agua la diluyera; pensé decirle que, según había leído, en muchas ocasiones no hay sangramiento. Pero no dije nada: me sentía como si estuviera en un tribunal prestando declaraciones para salvar a un condenado. Mentalmente me transformé en una doncella de la antigüedad en su primer día de bodas, ansiosa porque sacaran las sábanas manchadas a la calle, como prueba de su virginidad.
—¿Te habría encantado ver un río de sangre entre las olas? —le pregunté con la mayor ironía que pude.
Estuvimos disgustados varios días; después nos reconciliamos y nunca más hablamos del asunto. Pero jamás lo he olvidado.
Tengo entre mis manos la caracola marina que Yandier me regaló; ese que él llama “el día de la playa”. La miro, y recuerdo.
Tal vez yo sea demasiado romántica, demasiado sentimental y poco práctica, pero esta caracola marina representa algo que no fue como yo esperaba.
Dicen que si una se coloca una caracola al oído, escucha el murmullo del mar y una voz que llama. Coloco la caracola en mi oreja, cierro los ojos, contengo mi respiración, pero no oigo el mar. Tampoco siento la llamada de ninguna voz.




