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José Luis Santos :: Ya no estés triste carnero: fragmentos de la novela inédita :: Narrativa

Uniforme sobre una silla en una habitación cubana, con un antiguo central azucarero al fondo; ilustración en blanco y negro.

El uniforme, esa prenda maltratada por la pésima química y el desdén de los jabones rústicos, así como por un tiempo de uso que se remonta a los años épicos, había quedado sobre el espaldar de una silla. También maltratada, pero desde otro punto de vista.

Acaso el peor de los sastres lo supiera: los uniformes, al igual que casi todas las vestimentas, servían únicamente para explicitar lo que cada quien, más allá de la tela y las costuras grotescas, era o pretendía ser. Porque si los ojos estaban llamados a ser el espejo del alma, a los uniformes tocaría desempeñarse entonces, sin ambages ni medias tintas, como el carné de identidad de dicha alma. Aunque esto, dada las circunstancias que se avecinan, no sea más que una figuración innecesaria.

Ante Dios, ante el hombre de la boina y el brazo en cabestrillo, ante el Martí hecho trizas de los libros, incluso ante la ley, esa palabra abstracta, es, ahora, solo un hombre que se infiltra en la noche de la ínsula. Un hombre sobre un camino apenas transitado desde que los cortes de caña y el central, esa mole de hierros antiguos, pactaran su ruina con Osiris el pequeño dios de los muertos. Un hombre y un puñado de leyes físicas sobre el polvo y las piedras de un trillo finisecular. Un hombre y un machete. Delante van los recuerdos. O detrás; el caso es que no se despegan.

Un violín, un pastel de cumpleaños, o un libro de Poe (también pudiera ser Dostoieski) convertirían a cualquier portador anodino y gris, en alguien demasiado perceptible. Todo lo contrario ocurre con lo machetes, instrumentos oscuros, innobles y anónimos. Fundidos para vivir lejos de las jerarquías, da lo mismo que estén en las manos del Titán como en las del turronero más connotado de la comarca. Solo al sacarse de contexto es que un machete deviene en arma. Desde luego, para que eso suceda faltan aún unas escasas cuatro horas, tal vez cinco, pero eso son solo especulaciones y él no puede saberlo, porque si lo supiera, o lo presintiera tan solo, sería el mejor émulo de Dios. Y él, es nada más que un policía de provincia, que es como decir: de ninguna parte . Él es un tipo, digámoslo sin ofenderlo, que vive de esclarecer delitos intrascendentes, faltos de lirismos, de imaginación incluso. Un capitán de bolcheviques en cuyo currículum vitae no se reflejaría jamás la toma de algún Palacio de Invierno. Algo que los bolcheviques más longevos, mirarían siempre no con no poco recelo.

El Estado, la familia o el código penal eran instituciones clásicas, lo mismo que si se dijera: Instituciones fuera del tiempo y el espacio. Ergo: no lo ayudarían a resolver este caso, ni ningún otro. Cuando más, lo entorpecerían con su ilimitada madeja de preceptos éticos, asuntos que hoy no sobrepasan el folklore . Lo que al principio se mostró como una pesquisa irrelevante, como un enigma de segunda, o simplemente como la obra de un comemierda in crescendo según sus propios anatemas, iba ya para dossier inacabable.

Debían de ser las nueve, pero si apelara a un símbolo: la hora del cañonazo en la distante ciudad de los derrumbes, los camellos y las colas de no acabarse nunca frente al consulado yanqui. También la de un soberbio apagón en el pueblo. La empresa eléctrica, nuestra policía energética, o nuestros carabineros de los postes y los cables como él mismo les llamara en el nirvana de la virulencia, no lo anunciaron, o no pudieron preverlo, pero igualmente sucedió.

Pueblo, comarca, aldea, distrito, municipio: la misma experiencia subjetiva. Era jueves, el tren que por falta de algún París postergable culminaba siempre su recorrido en Sagua la Grande, no pasaría. Eso facilitaba las cosas. Eso y también el que las personas estuvieran muy ocupadas, espantando las persistentes poblaciones de anófeles con un trapo, látigo improvisado y dispuesto a competir con los plaguicidas.

En la mañana, sin que el sol aún calentara lo suficiente, las auras, bandada de pájaros sin linaje, se ocuparían de publicar la noticia en el periódico del viento. Como el «Vanguardia» y los demás periódicos carecían de la página roja, ellas harían gustosas el trabajo informativo. Y lo harían incluso con menos costo de impresión, con menos personal, y sin necesidad de entregar al censor la prueba de plana. El livor o el rigor mortis dependerá, en mayor o menor medida, de la prisa con que las aves se dispongan a terminar el trabajo empezado por otro, es decir, por él.

Livor mortis, rigor, formas de lenguaje figurado que embellecerían el hallazgo de un cuerpo macheteado e inerte, en medio de una sabana castigada por la erosión. Y que quienes entraran a una cafetería o se sentaran en un parque del mundo, se podían permitir el lujo de desconocer. Y acaso hasta de ignorar, pero eso es otra historia.

Una cosa debe quedar bien clara: de dos que penetran en la noche por distintas vías de acceso, uno debe convertirse en sintaxis de obituario, para que el otro pueda regresar a la música mecánica y la cerveza terrible de los domingos. De seguro una mujer quedará vacante, como un cualquier empleo de oficina. De existir algún hijo, existirá, por añadidura, por ley de conservación de la especie, por no se sabe qué, uno de esos padrastros hiperbólicos construidos por la literatura. En el registro de consumidores de la OFICODA, un nombre será tachado con lápiz rojo y puntualidad casi londinense; en los meses siguientes habrá una entrega menos de picadillos apócrifos. Los desfiles perderán una mano de alzar pancartas, pero esas cosas son demasiado etéreas y apenas se notan.

Si el muerto fuera él, lo que no escapa a su ley de probabilidad, una bandera hecha a toda prisa por las costuras locales, y una cuantas palabras solemnes se encargarían de marcar la diferencia. Pero pensándolo bien, esas cosas tampoco dejan de ser etéreas. El triunfo, o la derrota si se mira desde otro ángulo de vista, dependen únicamente del conocimiento, poco menos que sexual, de un machete. El mismo con que otrora su padre cortara los plantones de caña del poder, o sea, una evocación. Una referencia fálica si fuese el momento de utilizar esa clase de metáforas, pero lamentablemente no lo era.

Los dedos repasaron el esfuerzo de esa tarde y las tardes anteriores, con la lima también zafrera, también simbólica. En algo parecido a una sonrisa consistió el veredicto. Una sonrisa como la de Diógenes, o como lo que él supuso que sería la sonrisa de aquel, el cínico por antonomasia. La luna, moviéndose de creciente para llena, pero sin ser ninguna de las dos, permitía una definición casi perfecta del gallo, tallado con fuego en la hoja. Aunque con algo de retrazo si se piensa en los de Mariano, o en aquellos otros que la gente echaba a pelear, sin hacer caso de las prohibiciones y los edictos. Y que más de una vez tiraron en saco roto su día de asueto. Por el mismo trillo que ahora sortea, porque la vida está hecha de paradojas y cabronadas más que de leyes dialécticas, persiguió a los alborotadores pistola en mano, para recibir luego un breve, brevísimo ascenso, y por supuesto las quejas de Nohemí, su mujer alegórica, porque mira que dejar en el marabú parte del uniforme, con el tiempo que hacía que no le daban ninguno. ¿Y las heridas en la cara, los brazos, el pecho, la espalda?, ¿qué decir al respecto? ¿Tendría el teniente coronel fulano, o el coronel mengano, alguna espina de marabú clavada en la lontananza de su barriga infinita?

Nohemí, estructura incansable de perseguir tubérculos y jureles expulsados de todos los paraísos nutricionales. Lo que más le molestaba de ella no eran precisamente los reproches, porque esa perenne actitud de mujer en paroxismo era algo bien evidente en casi todas las mujeres de la comarca, incluso en aquellas que sus maridos colmaban de atenciones y halagos.

Lo que más le molestaba de ella, no era siquiera su creencia desmedida en aquel santo de yeso llamado Lázaro, sino su incapacidad para ver que más allá del racionamiento y las consignas podían existir otros mundos, parejas alimentando palomas en un parque o besándose sobre un césped presupuestado por Dios, sin pensar en nada más. Cada vez que pensaba en ella el secreto mecanismo de la culpa, enmohecido en otros y aceitado más de la cuenta en él, le hacía recordar la frase con que Héctor se despedía de Amdrómaca en vísperas del combate fatal: «Un hombre debe servir a Dios, a su país y a su mujer». Él, menos que más ejecutaba los primero, más que menos lo segundo, pero en lo tercero era como esos estudiantes que siempre viven asediados por las bajas notas y los suspensos.

La tarde en que Nohemí se arropó con el mejor de los vestidos de la penuria, y agarró, derecho, por la calle que luego de un par de baches antológicos conduce a la estación de ferrocarril, no tuvo el valor de los personajes homéricos para detenerla. El ser supuestamente amado, desapareció en medio de lo que pudo ser el último cernido de diciembre si los meteorólogos no se equivocaran a menudo. Pero esa tarde queda algo lejos en el recuerdo, y ahora es de noche. Además, pesan demasiado los años de librar a la sociedad de gente con olor a palo podrido, para venir a caer, de mansa paloma en la trampa severa de la nostalgia. El oponente, habituado a estudiar cada minucia de las víctimas antes de partirle el cuello, de un tajo frío y rápido como en las películas, lo percibiría sin mucho esfuerzo, lo que equivale a estar acabado de antemano. O a priori si se prefieren las palabras bonitas.

Destruir a aquel malhechor era su leitmotiv. O la forma de estar en paz nuevamente con el hombre de la boina y el brazo en cabestrillo, con el Martí hecho trizas de los libros, incluso con la estatua amarillenta de cierto prócer municipal. Ellos, los héroes, esperaban demasiadas cosas de él, porque la subjetividad de los hombres inalcanzables se manifiesta así, en creer que los seres que beben café triste en las mañanas y van al trabajo dejando mil tragedias griegas en sus casas, pueden igualárseles.

Un lector medianamente sagaz, habrá notado que se dijo: destruir al malhechor, ni siquiera apresarlo. Que sepamos, destruir no tiene más acepción que acabar con algo, con alguien y subsiguientes tópicos de aniquilación.

Lo cierto era que la cárcel, esa otra institución clásica, impresionaba cada vez menos con sus rituales de aislamiento, promiscuidad y trabajo forzado. De enviar allí al asesino (o al oponente), no hubiera hecho más que conseguir del tribunal un esperpento de vacaciones, una pausa en el delito, un breve respiro en su trabajo, y la más completa seguridad de que saldría de allí un licenciado en resentimiento, un tipo tres veces más propenso a matar que antes.

Para colmo, Schopenhauer, Nieztche, Focault, Habermas, y hasta el propio eclecticismo de Marx, habían convertido a la criminalidad en otredad . Y ahora el ladrón de billeteras, el violador, el asesino en serie, el pedófilo, el exterminador de recursos empresariales, el agiotista, el banquero de la bolita, o el prófugo de la justicia eran el sujeto otro, es decir, el afuera de todos los discursos punitivos. Nada (o casi nada) se podía lograr ya con una pistola fabricada en la Unión de Repúblicas y demás siglas en fermentación. Muchísimo menos con una tonfa y un silbato estrafalario. Sin embargo, al hermanarse el gallo con el acero de la envoltura, al convertirse en una sola entidad, en un solo registro aristotélico la mano y la empuñadura, la noche y sus insectos cantores (o los subinsectos como él mismo les llamara en algún otro nirvana de su virulencia) puedieran prescindir, cómodamente, de la toga y el martillo insular. No era ese el punto de vista de quien se hacía llamar El rey de los campos de Cuba .

Hemos llegado a un punto de la narración, en que nuestro man bordea, cauteloso primero rápido después, «El Maguaraya», Estigie de su infancia, y acaso de toda las infancias pretéritas y futuras. La ocasión se presta para verlo maldecir, con la vista, a la fábrica que, asentada socarronamente en la margen izquierda, chupaba sus aguas cual una sanguijuela o un parásito intestinal (y el mal de ojos debiera servir también para las fábricas de mosaicos).

Delante, se alzaban los potreros del koljos, o sea, el pasto arruinado de la cooperativa. La sola invocación del nombre era motivo de risa, y hasta de carcajadas estruendosas: CPA Mártires de Ayacucho . ¿Dónde cojones quedaba eso?, se hubiera preguntado quizás en cualquier otro momento. Y quien sabe si no indagara también en el por qué de aquellas extrapolaciones crueles, si lo que menos necesitaba la campiña del país eran las analogías fúnebres. Ahora mismo, esa campiña estaba urgida de brazos que la roturaran, de fertilizantes, y cosas que no existían más que en la imaginación, o en el optimismo con que las bellas locutoras de la TV, echaban a volar las noticias del informativo arquetipo.

Los potreros estaban delimitados por una cerca irrespetuosa, trabazón de alambres con bejucos que más que una intención de delimitar algo, eran en realidad un preciosismo innecesario. ¿El reino del marabú necesitaba de actitudes demarcatorias? ¿Un par de maizales sin autoestima y unas pocas palmas supuestamente añoradas por Heredia, lo necesitaban acaso?

Algún Albert Einstein hubiera dicho que los alambres eran líneas paralelas, destinadas a cruzarse en el infinito. En cambio, unas manos subrepticias y una tenaza fundamentalista se habían encargado de introducir la enmienda, o el antítesis si se quiere. Podría decirse que los hilos cortados impulsaban, mal que bien, el símil de unos cabellos de mujer bailoteando al viento. Podría decirse además que a alguien menos tenso que él (y la tensión era ya su estado natural), se le hubiera ocurrido compararlos con las cuerdas rotas de una cítara. Podrían decirse otros cientos de cosas al respecto, ¿pero para qué?, si todo el mundo sabe (y él mejor que nadie) que aquello era una brecha, algo así como una puerta cancel que hermosos bueyes pro-gubernamentales cruzarían rumbo a la morada de Hades, como el alma de Tiresias el tebano.

Cruzar aquella cerca era como cruzar a otro país, más miserable que el anterior. No lejos del último poste se hallaba la nave. La nave del olvido. La nave de los sueños. La nave de las Muchachas . La nave de los carneros, isla solitaria donde los herbívoros se apilonaban unos contra otros, como personas en pos de un transporte público. El custodio dormitaba sobre la tierra y las excrecencias, una forma de crear empatía, o quizás de armonizar con la grisura de un rebaño del poder. Un palo era su única arma. El hombre de la boina y el brazo en cabestrillo, o el Martí hecho trizas de los libros no estarían allí para protegerlo. La isla indistinta en el cosmos, cerraría los ojos cuando atacara el malhechor.

¿Podría un hombre de Copenhague o de Yakarta, imaginar la abierta fosilización del celador en los corderos? ¿Sabría este infeliz alguacil de animales sin desparasitar que existe Milán Kundera? Demasiadas preguntas para una noche.

Con la empuñadura del machete rascó un sitio del cuerpo que pudiera ser la pelvis, o los güevos. Buscó después el amparo de la maleza y se dispuso a esperar; como si no le fuera suficiente con pasarse la vida esperando.

Capítulo I

El auto de la comitiva ministerial rozó Martí, el Paseo en la oralidad aunque ya muy pocos pasean. Dos estatuas, héroes locales con hazañas absolutamente locales, un par de tarjas luchando contra la erosión, contra no se sabe que más; lo que dicen o lo que resumen pertenece a lo periférico, desde luego esto último hay que suponerlo. O lo que es lo mismo, adivinarlo.

Apenas los neumáticos perfectos tocan la calle que algunos se atreverían a llamar Principal, se respira el olor de lo que fue diseñado, no para lidiar con baches atroces y colonias de ciclistas de un sol que sale a otro que se pone, sino para levitar.

Es un Daewoo, quizás un Nissan. Nadie lo sabe; es la poca costumbre de ver autos así, con la carrocería nueva, la soberbia a flor de cristales. Tan distintos a los que desvía el guardia del tránsito con un pitico y la mano extendida en forma de ele vulgar. Esos ya perdieron todo vestigio de autoestima. Adiós Moscú de los años felices, parecen decir sus carrocerías en penitencia, sus prietos gases de escape, su no-entusiasmo en bielas y pistones. Su nihilismo.

Martí escribe un diario de campaña, después, como se sabe ya, muere dejando esa imagen de héroe trágico del romanticismo, y de la noche a la mañana (o viceversa) una calle breve, apóstata si se piensa en calles que nacieron para figurar con sus nombres bonitos, en cofradías y pléyades de buen asfalto; una calle recién pintada (se nota que los brochazos en las aceras de uno y otro lado son recientes, como de la madrugada anterior digamos) comienza a llamarse igual que el apóstol. Pero esa forma de magnificar lo anónimo, según dicen, a-nadie-asombra-ya-en.

Martí será también un busto a la entrada de la escuelita Batalla de alguna parte, es decir, dos fechas a conmemorar entre lemas, vítores, emulaciones y así por el estilo. Las flores deben ser de cuando el natalicio y estamos casi en la conmemoración de la caída. Alguien debiera votarlas. O por lo menos cambiarlas.

Radamés que no es el de la ópera Aída, sino el primer secretario, o sea el uno, el one, trajo la piedra de por ahí. Todos lo recuerdan bien. Como no acordarse, salió en el periódico, debajo de las noticias de la siembra de caña, y todavía más abajo de la lucha a muerte, guerra sin cuartel contra las ilegalidades y esas cosas. Salió hasta en los exordios virulentos de quienes van todas las tardes a beber rones obscenos al Tinamar. Un artista de la Casa de Cultura dio martillo y cincel como un condenado. Fueron seis días con seis noches, ahora se dice fácil. El resultado es esa figura apacible, capaz de armonizar hasta con la fealdad de las calles aledañas. Pero entonces habría que ver al artista en sus menesteres; los pelos de ratón en la barbilla, más que una actitud de desenfado a la hora de asumir inquietudes estéticas, evidenciaban el divorcio Isla/URRS, cuya traducción más inmediata sería la escasez de cuchillas Sputnik, Leningrado, Neva y demás hojas quitapelos de la cortina que tu conoces (quien optara por el suicidio debería pensar en alternativas menos metafísicas, y más prácticas que una escisión de venas. Pensar por ejemplo en el salfumán, que sí es una alternativa metafísica de la pobreza). Había que ver su pulóver lleno de huecos inenarrables, como si a través de ellos pasara el río de Heráclito con todos sus afluentes. Y el Maguaraya con sus pescadores de tilapias bochornosas personificando la otredad. Y el Bélico con sus inmundicias. Y.

Quien atisbara a la escena, aún de lejos, pensaría en un loco. O en uno de aquellos pordioseros que todas las noches hacen el campamento sobre el piso horripilante de la terminal de ómnibus. O en un verso de T.S. Eliot que dice: Here is no water but only rock . O en el averno mismo.

El busto se terminó en el tiempo señalado por las autoridades señaladas. Como en la idea del eterno retorno: a Miguel Ángel lo presionaba el Papa, al artista de la casa de cultura lo presionaba el Uno, y a este lo presionaban otros y a esos otros, otros más. No se sabe, nadie sabría donde ha de culminar el cíclico asunto.

Martí-escultura cuidaría el ancho pasillo del recreo, las aulas con sus pizarrones antiguos y el laboratorio de computación. Y en honor a la verdad, lo hará mejor que maestros y custodios. También cuidaría de los fiñes, que bastantes problemas traen al colegio desde sus casas a medio terminar, pero eso es otra historia.

Para cuando acabe esta digresión acerca de el Martí hecho trizas de los libros (así lo llama el Capitán cuando cruza junto al busto y se lamenta: ¡Oh! mundo increíblemente naif , donde a un héroe se le asigna el rostro de un hombre que parece ir por cerveza a una feria agropecuaria, y nada) el auto de la comitiva ministerial habrá aparcado entre varios autos sucios y estrepitosos, de otra época.

Pórtense como es debido/pórtense bien repinga. Una de esas dos frases que aluden al orden, aunque sea de manera simbólica, será pensada primero y articulada después por la PGI, rubita a fuerza de peróxido y otras alquimias insospechables. De tercer año por lo menos. Se estira la saya reglamentaria azul menguante. Se estira el pulóver comprado en comisiones, en rebajas, en chopitrapos, en el purgatorio al que van a parar las ropas que no se ponen las personas decentes. O las personas con baros como dice el vulgo (se me ocurre situar una calcomanía de Pink Floyd sobre esta franela sin alcurnia. Concierto en las ruinas de Pompeya, pero encima de un par de tetas desmesuradas que nunca a nadie cautivaran, etcétera). En la cara de los estudiantes subordinados a la PGI rubita, se nota que ya pasó el desayuno, pasó además la siniestra merienda escolar. Pasó todo lo que puede pasar en una surrealista mañana de finales de abril.

El Delegado de la Agricultura saluda a los niños, por la ventanilla claro. Los niños que son la esperanza del mundo en un eslogan, en un cartel que han colocado pacientemente frente al museo. Sonrisa difícil de explicar la suya, como si los dientes se negaran a obedecer a los músculos faciales y todo el sistema se volcara sobre un no sonrío férreo. Pudiera parecer una exageración, incluso un comentario que bordea el desatino, de esos bien hiperbólicos que se escuchan a menudo en las consultas de psiquiatría, pero algo muy muy parecido a una pared se interpone entre los niños y el hombre. ¿Será que nadie tiene ojos para verlo?, ¿o será acaso que nadie quiere encomendar tan penosa misión a los ojos? Cualquiera sabe.

Lleva espejuelos calovares el Delegado. Impenetrables espejuelos de quien gobierna sobre los plátanos que se ven en los billetes de a veinte, sobre los tubérculos desaliñados que compra Nohemí en la esquina donde Céspedes hace una i de las griegas. Da la mano que algún día será inequívoca mano de ministro, tan diferente a la de hoy que también es de grande, pero en la fase intermedia. Suda pareciendo una masa de hielo ártico al derretirse. Digamos que anda un poco pasado de peso el hombre. Con tanto trabajo, tanto formar parte de comitivas ministeriales, tanto colocar en alto la Agricultura de la ínsula en las cumbres internacionales a las que asiste, no puede cuidar de su salud. Y ello puede resultar peligroso, arma de doble filo si se quiere. Un día le ocurre un accidente cardiovascular al Delegado y los bananos de los billetes nacionales, los tubérculos que adquiere Nohemí se quedan sin su líder indiscutible. Sin su hombre-insignia. Si ahora mismo se inventara una máquina que leyera el pensamiento de la gente e hiciéramos clic sobre la mente del Delegado, obtendríamos la siguiente pregunta: ¿Qué diablos hago yo aquí, en Cifuentes?, lugar que muchos no sabrían ubicar en un mapa.

Repito, anda un poco basado de peso el hombre. Pero nadie es capaz de poetizar un cuerpo que navega en su propia y abundante grasa. Nadie puede convertirlo en metonimia. Ni Borges podría. No podrían ni los escritores de las ediciones piratas que lee el Capitán, cuando no está cayéndole detrás a delincuentes que roban bicicletas fantasmales. Esperpentos de gomas que hablan el idioma de los ponches cogidos y vueltos a coger infinitamente. Inenarrables puntos de soldadura alógena en el tenedor, y más cosas que no te podrías imaginar. Tipos subnormales, como de uno setenta y pico. Parecen emular con la altura de los pocos árboles que quedan en el Paseo. Hay que ser un hermeneuta, que digo un hermeneuta, un lingüista, un experto en semiótica y eso, para comprender lo que dicen sus tatuajes. Hay que observar cómo le sacan filo a un alambre de acero recogido en la calle, a posteriori. Inocente porción de alambre que no era de nadie, no pertenecía a ninguna reserva de alambres del amigo Estado, te juro que no. Zuac, zuac, zuac contra una cualquier mampostería apocalíptica. Zuac, zuac, zuac contra un cualquier hierro apocalíptico. Zuac, zuac, zuac con la concentración de un pensador druida en su bosque, de un preso en su ración de potaje del encierro de por vida. Como si no existiera en la isla atisbada por el almirante de nombre poco ameno una ocupación más necesaria, más importante, más erótica que hacerle filo a un pedazo de alambrón pendenciero.

Hay que ver cómo salen en busca de alguien llamado Macario el de la curva de Sitio Grande, llamado Jesús picha dulce, llamado Donato mierda de perro, o de cualquier otro modo que no sirva para despertar el interés de un poeta. Otro tipo con tatuajes que te obligará nuevamente a ser un hermeneuta, un lingüista, un descifrador de mensajes que nadie podrá descifrar nunca, porque a lo mejor no estaba en las intenciones del que lo hizo, decir algo específico. Otro tipo que también parece emular con la altura de los pocos árboles que hay en otra calle contigua al Paseo. Otro que le pisó la mujer mientras él andaba pudriéndose en la cana, como dice el vulgo. Otro más que le robó una puerca. Otro más que le debía cien pesos habrá diez años el mes que viene. Es bueno aclararlo: cien pesos insulares, cien tristísimas veces repetidas la imagen del héroe nacional. Banco central de Cuba. Este billete tendrá curso legal en todo el país. Fulano presidente del banco, etcétera.

Ver cómo le dicen al tal Macario el de la curva de Sitio Grande, al tal Jesús picha dulce, al tal Donato mierda de perro: vamos a la esquina un momento asere. Lo mismo que si dijeran vamos a Copenhague un momento. O vamos a Madrid un momento. Ver cómo sacan de una jaba de tela floreada, la de transportar arroz clandestino a fines de mes, la inocente porción de alambre que se transformó en arma, igual que los gusanos feísimos se hacen mariposas deslumbrantes, etcétera. Ver como el tal Macario el de la curva de Sitio Grande, el tal Jesús picha dulce, el tal Donato mierda de perro no tiene tiempo de decir ni ¡Ay!, cuando el pedazo de alambrón rencoroso le entra por el este buscando el ventrículo superior, y le sale por el noroeste buscando el omóplato derecho. Y un reguero de sangre que para que contarte. Y un pralaya , término que en la filosofía de la India se emplea para referirse a una disolución y esas cosas.

Desde luego, cuando se oye decir por ahí que a alguien le hicieron añicos el corazón, todo el mundo piensa: es una rotura metafórica, algo que se pone a la cuenta de un símil barato y demás recursos del lenguaje figurado.

Ver cómo este homicida finisecular, este tipo que no sabe quién es Lezama, ni quién Padilla se va tranquilamente. Ojos que dicen aquí no pasó nada, eran los suyos. Hasta le soltó a uno que venía de buscar el pan (esa pobre versión nuestra del mana bíblico): voy a ver la redonda informativa mesa, es decir, la informativa redonda mesa o algo así. Recuérdese que el hombre en cuestión es un marginal, y por lo tanto debe tener una relación estrechísimamente ontológica con el caos, con el asurdo, con la penumbra, etcétera. Ver cómo entra al Tinamar de las 6pm, de las 7, de las 8 y busca una horrible mesa de granito. La más horrible mesa de granito que ojos humanos. Puso allí los codos que le pesaban o el asunto se podría explicar citando una por una las leyes de Kepler. Y lo de los restos de bebida de las malas que alguien derramó sobre la mesa de la catarsis, y lo de los cabos de cigarros amotinándose por doquier es algo que se puede obtener por deducción, pura lógica de lector.

Si no fuera porque en el socialismo no existen tugurios, podría hasta decirse que el Tinamar es un tugurio de verdad, cosa de suburbios neoyorquinos, de favelas malolientes, de todo lo que la imaginación más despierta quiera (y pueda) generar. Ahora mismo este chinchal de todos los demonios juntos, fracciona Cifuentes igual que la línea que pasa por el Ecuador fracciona el globo que llaman terráqueo. Es como una burbuja, por decirlo de algún modo. Adentro están los borrachos de siempre y subsiguientes tópicos de frustración. Está el olor agrio que sale de la ropa de los meseros, o ese olor sale de sus cuerpos de manera sempiterna, como si hubieran convivido con él toda la vida. Como si hubieran nacido con él y ya no les molesta; por el contrario, lo encuentran agradable, poco menos que seductor. Nada pudiera una esencia de bergamota contra ese inconfundible, rígido olor a proletarios mal refractados. Es que ni veinte esencias de bergamota juntas pudieran.

También están, para terminar con la idea de la burbuja, las mierderas canciones. Las canciones con sus pentagramas que murmuran: escuchadores anormales salgan al encuentro de estas corcheas. Las canciones que dicen: si pretendes remover las ruinas que tú misma hiciste, sólo cenizas, etcétera, etcétera. Las canciones y el pathos . Parménides pensó en el dolor primero que esas canciones.

Ver como el instinto criminal con cara de hombre metido en un pitusa opaco y unos zapatos de mal gusto, se pone a meterle asunto a lo que dicen las mierderas canciones. O a lo que tratan de meter en la noche viscosa esas líneas melódicas, sucesión de tonos y modos que son, aunque no importe decirlo, un medio básico de la empresa. Ver como una lágrima que no sabría describirte, nadie sabría tampoco, inicia el descenso por una mejilla con mil pliegues. Mil agujeros negros. Mil hirientes pedazos de cotidianidades hirientes y así por el estilo. En cámara lenta el descenso. Y no hagan que me rompa la cabeza, buscando fórmulas y más fórmulas que expliquen el porqué a eso le llaman ley de gravedad. Ver solamente como el tipo junta el par de manos tristes a la altura del abdomen, y el lagrimón antes mencionado cae justamente allí. Y el tipo se queda lelo mirándolo, se queda abstraído. Horas y horas y horas contemplándolo, como si el tipo fuera el personaje de algún cuento de Lovecraf, y esto le diera derecho a vivir en un tiempo totalmente psicológico. Como si aquello fuera una amatista en lugar de una lágrima y así.

Ver cómo llega el Capitán. El uniforme como de quién sobrevivió al diluvio universal y la cara de no haber dormido en docientas noches seguidas. El capitán mirando al hombre que a su vez mira lo que queda de una lágrima. Lo que en las canciones que dicen si pretendes remover cenizas o algo parecido, convirtieron en lágrima, nadie lo discute. El capitán casi no atina a ponerle las esposas al hombre que lleva rato postrado ante su lágrima. Casi no tiene ganas de meterlo en el yipe destartalado del cuartel. Casi ni le manifiesta, como en las películas de los sábados por la noche, usted tiene derecho a esto, aquello y lo otro. Casi.

Pero el compañero Delegado de la Agricultura no sabe. Y es mejor que se marche sin saber. Que las calamidades que pasan en el mundo de los que no son Delegados de la Agricultura, ni Delegados de ninguna otra cosa, no entren nunca en su mundo pulcro. En su mundo de cómo no señor Delegado.

El Delegado que estrecha la mano de Radamés el primer secretario, es decir, el uno, el one . La mano del artista de la casa de cultura, y la mano de otra docena de personas que el Delegado no sabe por qué (y para qué) es necesario estrechar.

Entonces la PGI rubita, que ya habíamos olvidado con tanto ajetreo de Delegados y tinamares pestilentes y tipos que afilan alambrones del subdesarrollo, camina con pasos más bien cortos hasta donde la gente de la casa de cultura ha puesto un micrófono. Y en un santiamén la palabra Comunicado sale disparada hacia sus destinatarios explícitos (no vamos a hablar aquí de los implícitos). Y los alumnos llamados también la fuerza pioneril se alegran. No por la palabra Comunicado que la han oído hasta el vértigo mismo, sino porque mientras dure lo que se ha de comunicar a través de la palabra Comunicado, se van a liberar de las voces de mando de la PGI rubita, que de seguro, y no es por hablar, tiene un sentido de la disciplina y la obediencia (ajenas) muy, pero que muy similar a los de quienes doman leones para los pocos circos ambulantes del país. En otras palabras, se van a liberar (los estudiantes) de los muslos de la PGI rubita, que no despiertan una erección ni medianamente buena. Y de su dictadura de cursos emergentes se van a liberar, más que de ninguna otra cosa. A ellos qué; una PGI menos una PGI más qué importa. Un cualquier día de estos van a terminar la secundaria (si antes la tal secundaria no termina con ellos) y van a olvidarse para siempre de esas cercas de malla perle tumbadas, de medio lado igual que los borrachos. Y saldrán por la puerta donde se forma un patiñero inmenso cuando llueve, con un diploma inútil. E irán a parar a otras escuelas de donde también saldrán con diplomas inútiles, pero eso es otra historia.

Y cuando dos tercios de la palabra Comunicado asomen la nariz, sabiendo que esto es una metáfora porqué semejante palabra no puede tener apéndice nasal, es que ni vías respiratorias, cruzara el Capitán con un hombre esposado. Cinco o seis años más que ayer a esta misma hora el Capitán. Y carne de presidio es lo que veremos, y peste a cadena perpetua, carne fresca para los bugarrones jefes de galera es lo que oleremos en los dos centímetros de cigarro que se va fumando el tipo. Y el compañero Delegado de la Agricultura se pregunta, más ingenuidad que cuerpo, más que nada deseos de virarse para donde está su chofer y ordenarle: arranca que nos vamos, porqué no lo trasladan en el carro de la guardia operativa y así le evitan a la gente, espectáculo tan deprimente (hasta rima y todo). Y el Delegado no sabe. Cómo va a saber que al yipe de la peeneerre se le acabó el combustible. Se le acabaron además las bujías y las gomas y el campo socialista. Pero el Delegado de la Agricultura ha venido de muy lejos (se me ocurre plantear, en años luz, la distancia recorrida por el Delegado) y no está dispuesto a perder la mañana, claramente que no, con un convicto que hará las estadísticas, los índices de criminalidad, los quien tuvo la culpa de que este joven echara en saco roto los esfuerzos del país, etcétera. Pero entonces ya la PGI rubita andará por los renglones del comunicado que sostienen: para develar la estatua, la escultura o algo así/nos acompaña hoy/nos honra con su presencia y eso/fulano el Delegado Nacional de la Agricultura/hombre con un seremil de responsabilidades (la responsabilidad histórica como dijera Sartre que ella seguramente ni conoce) ha hecho un alto en sus ocupaciones/. Ha postergado reuniones importantiiiiiiiiiiisimas con otros Delegados/hombres que también nacieron para reunirse/dejar la vida en reuniones/. Honorables deidades que le buscarán solución a los problemas del país entre una reunión y la siguiente/. Los problemas de las eternas PGI rubitas/y por añadidura, los que tienen los alumnos en sus casas infernales/. Los del Capitán que se la pasa investigando/vacas de la República Socialista de Cuba descuartizadas aquí, allá, y acullá/. Los del hombre que llevan esposado/los de Nohemí en pos de sus tubérculos roñosos/. Los de quienes se quejan de que no exista en el pueblo un meadero estatal/. Los problemas que ya son un leitmotiv/y mañana formarán parte de la antología de los problemas/. Un fuerte aplauso al Delegado/que no se diga/. Tan fuerte, déjenme pensar, como el que reciben los músicos de Pink Floyd sobre mis tetas desmesuradas/que nunca a nadie cautivarán/. Y más fuerte aun cuando el compañero Delegado se aproxime a la escultura/y a la cuenta de tres/cataplún/retire la tela, es decir, el trapo que la imaginación/la tuya, la mía y la de aquel/convertirá en tela primordial/en sábana de hogar de ancianos tristes/que hoy dormirán sobre la colchoneta pelada/para que el ilustre Delegado de la maleza que prolifera en los sembrados de la isla indistinta en el cosmos/entregue a los pobladores de Cifuentes/lugar que muchos no sabrían ubicar en un mapa/esta obra singular/. Esta piedra sin autoestima/echada del paraíso de las piedras/que hoy deviene/manos de artista de la casa de cultura mediante/en carnero/. Versión insular del ovino celta/. En el quinquenio prietuzco no habría podido ser/. Quizás un koala/o una mantis religiosa/o hasta un cactus/especies distantes e inconexas/merecen también una escultura/diez esculturas como la del faraón Keops/. Pero entonces no pudiéramos cantar/no pudiéramos tomarnos de las manos y cantar/ya no estés triste herbívoro que mañana será la primavera.

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Fuentes / Referencias

Texto de José Luis Santos publicado por Cañasanta el 17 de abril de 2010, según la página original. Recuperado de la copia archivada del 12 de noviembre de 2011.

Se conserva íntegramente el texto literario de la fuente y se limpia su formato, sin completar ni reconstruir pasajes. La denominación «novela inédita» corresponde al encabezado de 2010; se publican exclusivamente los fragmentos conservados, no una novela completa.

José Luis Santos

Autor de los fragmentos de la novela «Ya no estés triste carnero», publicados en el archivo histórico de Cañasanta el 17 de abril de 2010. La fuente los presenta como fragmentos de una novela inédita; esa descripción corresponde a la publicación original.

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