A Noel y pensando que los alfileres de Yiyiyi sí tienen punta.
Puedo llegar a pensar que nunca el viejo Nádherná imaginó que, con su ágil comercio, ocasionaría en su familia futura un giro extravagante. Incluso, con sus negocios, regaría con agua bendita las raíces de su árbol genealógico. No le bastó con comprar un título nobiliario, tampoco, el palacio renacentista de Vrchotovy Janovice, en la Bohemia central; sino con tener una nieta que sirvió de musa y benefactora a tantos hombres de letras.
Ahora que me siento frente a la ventana y observo el pudor de la madrugada y la triste luz amarilla del farol de la calle, no puedo encontrar la idea, precisa y justa, para evocar un sentimiento escrito. Dentro de todo este espacio vacío y que huele a mi ego vapuleado, trato de imaginar a la baronesa Sidonie Nádherná, con su vestido ceñido al cuerpo y sus hombros desnudos, que tras de un cigarrillo largo me cuenta una historia simple o de su deseo titánico de querer triunfar como una gran escritora. Yo, en este espacio, que sólo la tengo a ella, me volteo y me acomodo para escucharla y sentirme como uno de esos artistas que rozaron su blanca mano y caminaron a su lado por los salones literarios y políticos más célebres de los Habsburgos. O de sentirme estirado y con esa mirada de chispa que Karel Čapek le entregaba en sus contemplaciones literarias. O en la paciencia de Švabinský en sus pinturas, de perfil y torso, que le hizo a la baronesa o en los apasionados poemas evidentes que Rainer Maria Rilke depositó en ella y los sumergió en su alma, para convertirlos, en un amor secreto de siempre.
Ahora, que me siento a su lado, la puedo observar con una sonrisa intuitiva y conjeturada. Le pido, como un niño inquieto, que sea mi objeto por esta noche, que se convierta en una inagotable fuente inspiradora hasta el cansancio y me deje marcar las primeras letras ingeniosas del día. Pues este insomnio y la constante lasitud de la luz del poste servirían de poco para escribir alguna historia interesante.
He tratado de no comerme las uñas y que ella no vea en mí un ápice de nerviosismo; a lo que aligero mis dedos y no intento escapar de sus historias, para que queden en mi memoria y las pueda gotear, más tarde, en cualquier episodio que escriba. Le miro a sus ojos claros y de una luz retenible, para caminar despacio a su alrededor e imaginármela cuando la vi, por primera vez, aquel domingo de mayo en una foto de un periódico praguense: con su rostro tendido y azul, repartiendo una sonrisa que quedaría en la eternidad de mi mente. Ese día, querida Sidonie Nádherná, el cielo era de un gris terrible y la llovizna se apresuraba a caer. En ese momento supe que traerían tus restos mortales desde Londres, para que fuesen inhumados en el patio de tu fascinante Palacio y la gente creyera que habías muerto en una tarde de tertulia llena de amigos.
Ahora tú, que estás aquí, me cuentas de esos fantasmas que han hecho historia en tu ciudad de palacios, de campanas, de puentes y yo, sin moverme, trato de prestarte toda la atención del mundo y no dejo de admirar tu hechizo. Es de suponer que he caído enamorado, desde ese instante en que apareciste por primera vez a mis espaldas, hace tan solo unos minutos. Y he temblado en cada momento que he pronunciado tu nombre, como lo hice el día que leí el artículo, en el periódico que comenzaba a mojarse por la lluvia y la baja temperatura me recordó el frío que hacía en Europa. Entonces, comienzo a correr por cada una de tus calles románticas y recorro esos lugares donde pasaste, tal vez, envuelta en una sonrisa con amigos fieles, para tomar un té con golosinas en el café Kafka y escribir algún artículo para La Antorcha.
Perdona que transite tu palidez y tu pelo castaño dentro de esta oscuridad, pero la leyenda de la Dama Blanca o la señora Perchta o como quiera que se llame y sus apariciones en la amplia cocina gótica del castillo de Jindřichův Hradec, en Bohemia del Sur, no almidonan este sentimiento que me hala. Sólo miro tus labios que se mueven dentro de cada palabra y eso ayuda a que salte por todos los puentes de tu ciudad con tu nombre en mi cabeza y saber que, de ahora en adelante, tendré por quién escribir, aunque tu imagen se borre cada día y, el olvido, haga que los ilustres de Praga no tengan una musa para dedicarle su arte o llorar ante una tumba desierta. Quizá ahora prefiera que hubieses existido en el reinado de Carlos IV y lo acompañaras esa noche, desde el castillo de Křivoklát, para que no sintiese miedo cuando el fantasma le lanzaba los vasos contra la chimenea y los cirios. También preferiría condenarte un siglo antes, en el palacete América de la comunidad masónica, para que estuvieras clavada, con una aguja de oro, en el corazón y, así, no tenerte tan de pronto en mis sentidos.
Pero indudablemente estás aquí, sin la notoriedad de tu ente y con ese perfil derrochante, con el que asesinaste a tantos héroes quiméricos y los convertiste en ilusiones. Estás aquí, detrás de mí, con un cigarrillo largo y los hombros desnudos. Sonriendo por la cantidad de fantasmas que has dejado y que yo tengo que ir cazando, como si fueran mariposas, por cada esquina de mi recinto.
Ya es tarde y debo comunicarte que he llorado bastante desde el día en que trajeron tus restos al Palacio y te hicieron un pequeño acto solemne; para decirte que no estabas sola el día en que falleciste en aquel cuarto extranjero, sin la adulación de un poeta, de un político o de un escritor. Quiero comentarte que yo estaba allí, a tu lado, viéndote apagar dentro de aquella almohada y, completamente etéreo, sin poder hacer nada, no te dejé mi nombre para que supieras que en mí has triunfado como una verdadera escritora.



