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Fernando Velázquez Medina :: Última rumba en La Habana :: Narrativa

Calle de La Habana para Última rumba en La Habana

Al llegar a la calle 21 veo una larga fila de gentes que parecen esperar algo, cualquier cosa, en este caso el ómnibus para el lejano Alamar. Un inmenso camión, con trailer acondicionado para viajeros, llamado camello, sustituye los no menos incómodos injertos nacionales Girón -porque las personas salían de allí hechas jirones, como de una guerra-. El nuevo modelo presenta dos inmensas jorobas en su estructura que lo asemejan a un dromedario monstruoso de doce ruedas, adaptado arrear a los para los corderos que regresan a sus casas.

La enorme fila de centenares de personas, engrosada con varias decenas que dormitaban en los parques aledaños y grupos que se desprenden desde la todavía transitada Avenida 23, la fila, digo, es absorbida, y yo con ella, por el descomunal estómago de acero del inmenso transportador, que a pesar de su voracidad, confronta serios problemas para engullir a todos los que desean regresar a casa, a la ciudad satélite. Los frustrados y optimistas deciden quedarse a esperar, quizás dentro de varias horas, la llegada de otro mastodonte motorizado.

El gran vehículo arranca sus motores, y, como un plesiosauro, se mueve lentamente para rodear los árboles y tomar el medio de la calzada, regresándome al malecón del que un rato antes escapara y pasando por el costado del hotel, vigilante desde sus altas torres y su muralla, castillo encantado, recuerdo de una época idealmente feliz. El bolso pesa, y yo, sofocada, recuerdo que en él llevo el dinero que le tomé a Vassari de la cartera. Incrustada contra una gorda elefantiásica, con un par de jóvenes detrás, hago un inmenso esfuerzo por colocar el bolso delante de mí, pero entonces su volumen me proyecta hacia atrás, el culo en popa, invitando, a mi pesar, al refocilo de los muchachos quienes, tímidamente al principio, luego con entusiasmo creciente, me pasan el rabo por las nalgas cada vez que el pesado carromato da un bote o toma una curva. Ahora entiendo por qué la gente dice que el camello, como la película del sábado en la noche, es prohibido para menores: cargado de sexo, violencia y lenguaje para adultos.

Estoy de buen humor, por ello les dejo vacilar. Además, ¿hacia dónde moverse en esta lata de sardinas, compacta, sudorosa, erotizada? Los rabos van engrosando y me río para mis adentro pensando en el dolor de testículos que van a tener cuando se bajen. ¡Pobres novias! Pero mi bolsita sigue segura, golpeando al hombre que está sentado ante mí, cabizbajo, somnoliento. Una idea maligna viene a mi mente: paso la bolsa a un costado, esfuerzo que, ante el apretujamiento, pone contentos a los que se divierten ¿O sufren? con mi trasero, pegados a él como una lapa, como la abeja al panal.

Cuando consigo una posición estratégica, el bolso de lado, las piernas abiertas, restriego mi pubis angelical contra el hombro del semi durmiente, que rebulle primero, luego se despabila y por fin entiende que le ha caído un regalo del cielo y me mira con asombro. Yo vacilo su entrepierna y, aunque tarda un poco, la erección se va consiguiendo, se realiza y ya estamos gozando los cuatro: los muchachos con las antenas paradas quisieran romperme el short y lo que va debajo; el viejo se descoyunta el hombro y casi la clavícula – Marilín le llama mandíbula, no sé por qué- tratando de mantener el contacto cercano de primer tipo con mi vagina y yo estoy tan caliente que me clavaría una estaca o un plátano con tal de sentir algo duro dentro.

De pronto, casi en éxtasis, veo el fascinado horror de una mujer medianamente hermosa que viaja unos asientos detrás de mi viejito y mira a mis espaldas con envidia; al instante siento una materia caliente y viscosa que me corre por la pierna desnuda, el short mojado entre las nalgas y un estertor en mi oído derecho, luego en el izquierdo, dos seres aliviados bajan de mi culo sus índices acusadores, desinflados ante el orgasmo. Los atrevidos niños se las han sacado en plena guagua, en medio del camello, para rociarme con el agua de la vida. Es demasiado, me meneo descaradamente sobre el hombro del viejo mientras las vibraciones del motor ayudan a que se note menos el terremoto que se desliza por mi abdomen, ¡me vengo, coño, me vengo! En silencio ha tenido que ser porque existen cosas que para hacerlas han de andar ocultas: venirse en una guagua es una de ellas.

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Fuentes / Referencias

Republicación del archivo histórico de Cañasanta. Texto recuperado de la antigua Cañasanta: «Fragmento de la Novela Última rumba en La Habana», de Fernando Velázquez Medina, publicado originalmente el 30 de agosto de 2009.

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