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Alex Fleites :: Orquídeas o bromelias :: Narrativa

Microscopio y plantas de orquídea y bromelia junto a una ventana sobre La Habana; ilustración en blanco y negro.

Para Ángel García Proveyer, de vuelta la historia.

Cuando entró la llamada de Cucucho, ella respondió: “Dime”. Así, seca y hasta un poco desafiante. En otra circunstancia hubiera dicho: “Teatro América. ¿En qué puedo servirle?”

Y es que Elisa tenía un día de bala. Por la mañana la leche se cortó, y tuvo que mandar al niño para la escuela sólo con un pan con aceite y sal entre pecho y espalda. La guagua demoró más de cincuenta minutos en pasar; literalmente fue alzada por el tumulto: viajó de extremo a extremo de la ciudad emparedada entre un viejo y una gorda. Y por si esto fuera poco, la reunión con los de Vectores resultó un fracaso.

Hacía dos días que en el teatro apenas se podía estar por la cantidad de mosquitos. A mitad de la obra, cuando el protagonista se entera de que sus padres se habían delatado mutuamente, un momento de mucha tensión, se escuchó una palmada; y luego otra, y otra, que desencadenaron, por contagio, la ovación cerrada. Los actores y el director estaban perplejos. En treinta representaciones nunca había sucedido eso. Todos se desconcentraron, hubo textos cambiados, intenciones insuficientemente marcadas y actores que olvidaron el momento oportuno de la réplica. Luego se aclaró que todo había comenzado cuando un espectador, desesperado, trató de aplastar el enjambre que, literalmente, le devoraba la cara.

El funcionario de Vectores, amable y puntual, realizó la inspección de rigor. Revisó los servicios sanitarios, los depósitos de agua, las plantas ornamentales, el patio donde se acumulaban, entre otros objetos inservibles, butacas desvencijadas, retazos de telones y algunos elementos de papier maché de viejas escenografías. Tomó muestras de aquí y de allá y, con gran destreza, atrapó en pleno vuelo un hermoso ejemplar de mosquito. Extrajo del bolsillo una lupa y lo sometió a minucioso análisis. No, definitivamente no eran aedes aegypti los insectos que tomaron el edificio art deco por asalto, sino culex pipiens o mosquitos comunes.

– ¿Y entonces? –preguntó Elisa, sin perder del todo la esperanza.

– No podemos hacer nada. La campaña es contra el aedes, que trasmite la fiebre amarilla y el dengue. Fumigar el teatro sería desviar recursos.

– Venga acá, compañero –reaccionó ella un tanto molesta–, la picada de esos culis o como quiera que se llamen, ¿no duele, no se irrita, no se puede infectar?

– Claro que sí. Pero solamente eso. Por lo demás, son inofensivos.

– O sea, usted me está diciendo que debo abrir las puertas y las ventanas para que los bichos se vayan cuando quieran. Y mientras tanto, paro las funciones, cancelo el contrato con Cultura, mando a los actores y los técnicos para la casa con la mitad del salario y retiro la obra de la cartelera.

–Haga lo que estime conveniente –respondió el hombre tratando de no perder la compostura–. Yo le digo las cosas como son. Sencillamente se puso fatal. ¿Sabe cuántas especies forman la familia de los culicidos? Dos mil quinientas. Y vino a tocarle una de las pocas que no trasmiten enfermedad alguna. Todavía si fueran anopheles, difusores de la malaria, o el aedes albopictus, también conocido como tigre asiático, que propaga un tipo de encefalitis, podríamos hacer una excepción y salirnos del programa, pero con el culex pipiens no, ni pensarlo. Mire –y le enseñó las manos–, estoy atado por un sistema de control muy férreo.

– ¡Coño! –explotó Elisa–. Pero algo se tendrá que hacer.

– Usted disculpe, la conversación es muy grata pero tengo que marcharme. Allá afuera está el verdadero enemigo. Y ese sí que no espera.

Y el hombre se fue tan fresco como vino. Elisa quedó en la oficina, la cabeza entre las manos, mirando sin ver el reporte del técnico que ella se negó a firmar. Por eso dejó que el teléfono repicara seis veces, a pesar de que lo tenía ahí, sobre el buró, al alcance de la mano. Hasta que se decidió a atender.

–Dime.

Por la línea le llegó un ruido indescifrable, metálico, y después, con un feed back tremendo, la voz de Cucucho.

– ¿Vieja? Soy yo. ¿Estás sola en la oficina?

– ¿Qué pasó, cariño? ¿Qué tal el viaje?

– ¿Estás sola o no?

– Si, pero qué importa eso. ¿De dónde me llamas?

– De Toronto. Mira, tengo problemas –la voz del hombre se sentía cascada.

– Coño, Cucucho, que no sea lo que estoy pensando –. Elisa se llevó una mano a la cabeza. Por su mente, como un relámpago, pasaron millones de imágenes de cuando se conocieron, de la primera noche que hicieron el amor, del parto del niño, de las numerosas fiestas con los amigos de toda la vida…

– Oye, es difícil explicarlo por teléfono. Todo está muy enredado. Te voy a pasar un e-mail ahora mismo. Tráncate en el baño y léelo. Respóndeme enseguida.

– Tú no nos puedes hacer esa cochinada a mí y al niño, viejo. ¡Si lo veía venir! Algo me decía que esto iba a pasar. ¡Le ronca, Cucucho! Nos vas a echar un cubo de mierda encima–. Y en este punto recordó las constantes inconformidades del marido con su nivel de vida, con el resultado del trabajo que, decía, siempre se cogía otro para su provecho; con el apartamentico en Marianao, despintado y caluroso, las cabillas del techo a la vista, de un solo dormitorio para los tres.

Y tiró el teléfono. A causa del impacto, algunos mosquitos, posados a los lados del buró, salieron volando.

El Instituto de Biopreparados (IBP) queda al oeste de La Habana, en el llamado Polo Científico, una edificación falsamente futurista levantada con más pretensiones que materiales de calidad. Por donde quiera que se le mire, la instalación parece una nave espacial posada en medio del paisaje, de un verde intenso en el cuarto mes del año, salpicado aquí y allá por las notas vivas –rojas, moradas y blancas– de las buganvillas. Sin embargo, de puertas hacia adentro la atmósfera es agradable. Hay limpieza, silencio, algunas serigrafías de pintores cubanos muy conocidos adornan las paredes, el aroma de café domina el ambiente y, lo más importante, los termómetros marcan una climatización de 20 grados centígrados en las áreas comunes, cuando afuera un sol luciferino literalmente derrite al resto de los pobladores de la ciudad.

El Doctor en Ciencias Biológicas Luís Demetrio, Cucucho para familiares y allegados, trabaja en el Departamento de Vacunas, al frente de la línea “Enfermedades tropicales endémicas”. Con él colabora un equipo muy competente de quince jóvenes, formados en Química, Biología, Medicina Nuclear, Farmacopea e Inmunología. Es un grupo risueño y compacto, laborioso en extremo, que Luís tuvo el cuidado de conformar atendiendo a la sapiencia de cada cual, sí, pero también a sus afinidades electivas. Su liderazgo se ejerce de manera natural, sin imposiciones ni acritudes, básicamente porque no exige lo que él mismo no está dispuesto a hacer. Además, todos reconocen en él la experiencia y las excelentes investigaciones que desembocaron en la creación de la vacuna cubana contra la tripanosomiasis, orgullo del Instituto y su principal aportación a la economía del país, pues ya se estaba comercializando con éxito creciente en América Latina, Asia y África.

Todo lo que tuvo que pasar para que le aprobaran un presupuesto mínimo para los trabajos con la tripanosomiasis, hoy pertenece al folclor científico de La Habana. El principal razonamiento que esgrimieron en su contra es que esa enfermedad no existe en la Isla y que, por tanto, la vacuna no tendría una aplicación directa en la población, que es, en definitiva, el primer objeto social del Instituto. Luís se defendió como gato boca arriba a todos los niveles, elevó cartas a la Asamblea Nacional, pidió citas con dirigentes del Partido y del Consejo de Estado, y, como último recurso, sacó el asunto en una asamblea de servicios. La Dirección y el Sindicato intentaron callarlo con el argumento de que aquel no era el marco adecuado para ese tipo de planteamientos, pero él se hizo el sordo. Explicó prolijamente de qué se trataba el proyecto e invitó a razonar, explicó que con tantos médicos y técnicos cubanos en África y Sur América no era descabellado pensar que cualquier día la enfermedad del sueño podía aparecer entre nosotros; además, cabía la posibilidad de que la CIA la introdujera de forma artificial en el país; y si ni una ni otra cosa pasaba, y ojala así fuera, entonces podrían comercializar la vacuna. El níquel que se procesa en Oriente, abundó, se destina íntegramente a la exportación, así como la langosta que, aunque a todos les gusta, se vende en el mercado internacional y es una importante fuente de divisas. La gente se paró a aplaudir, y ya no se pudo seguir hablando de asuntos administrativos, consumo energético, emulaciones y cumplimientos de jornadas ideológicas. La asamblea de marras, según muchos, fue el punto de giro en la carrera de Luís, hasta ese momento un afable aunque oscuro investigador. Viajó por medio mundo, recogió cepas en distintos puntos del mapa y confrontó sus ideas en eventos científicos de primer nivel, donde recibió sobradas muestras de reconocimiento, entre otras el Premio “Edward Jenner” del 2005. Pero no todo era color de rosa. El director del IBP, Marcelo Zúñiga, no había encajado la derrota con elegancia, y muy sutilmente le hacía ver a Luís que se la tenía jurada, y que como sacara el pie de la raya, aunque fuera un milímetro, se lo iba a cortar. De ahí los rigurosísimos controles sobre los materiales e insumos puestos a su cargo, la utilización óptima del fondo de tiempo de los investigadores y los gastos en el extranjero por comisiones de servicio. En su departamento, le advirtió, no se podía perder ni una presilla.

Ahora el Dr. Luís Demetrio y sus colegas están intentando combatir el pneumocystis carinii, un protozoo causante del tipo de neumonía que ataca preferentemente a los enfermos de VIH y leucemia. Los trabajos van bien encaminados pero, como siempre, la falta de recursos materiales hace muy fatigosa la labor. Paradójicamente, lo más complicado, el talento humano, está ahí, a borbotones, pero escasean las computadoras, los reactivos y otras sustancias químicas imprescindibles para seguir avanzando. Y eso que el Instituto goza de una atención privilegiada por parte de la dirigencia del país.

Los días que el equipo de Luís tiene media jornada de máquina suele ir al gimnasio, allí mismo, en los sótanos de la instalación. La política de consagración al trabajo que ha formulado el Partido para los científicos, viene aderezada con una alimentación de notable para buena –balanceada y con las calorías justas– y abundante ejercicio físico para conservar una forma óptima, no en balde a la entrada del gimnasio puede leerse la cita de Juvenal: “Mente sana en cuerpo sano”, pero no así, sino en latín, ¿o acaso no estamos entre gente cultivada? Hay que decir que esas ocasiones las disfrutan todos menos Luís, que es más dado a los deportes de mesa, aunque para su discreta cardiopatía el médico le recomienda que mueva más a menudo el esqueleto. Adversario temible en las damas, puede ser, si se concentra, un aceptable jugador de ajedrez. Lo único que compensa la fatiga de los abdominales, los quince minutos en la bicicleta estática y la triple rotación por todas las modalidades del Hércules, es contemplar el prodigio que es Alina en licra. Se trata de una microbióloga graduada con diploma de oro metida en un cuerpo de cubana de idéntico metal. Una trigueña exuberante, de ojos redondos y de un verde misterioso, con las carnes de veinticinco años luchando exitosamente contra la ley de gravitación universal. Un caramelo, como la catalogó el químico Paulino.

A Luís le gusta Alina, pero hay que decir en su favor qué él no la escogió como colaboradora. Más bien se la impusieron “de arriba”, pues es hija de la hermana de una amiga de la esposa de Zúñiga. Él estuvo a punto de objetar la designación, pero cuando recibió su expediente no pudo decir nada. En realidad necesitaban alguien con sus potencialidades, y las credenciales que traía eran inmejorables. Ya cuando la vio en persona –en sus documentos había una foto que no le hacía entera justicia–, recibió un puñetazo en su adolorido corazón. Algo así le tendría que recetar el médico, pensó.

Desde un inicio la simpatía fue mutua. Además de las relaciones laborales de rigor, de la camaradería que compartir un mismo sueño científico conforma, ambos sentían idéntica pasión por las canciones de la vieja trova: Sindo y Corona a la cabeza y, claro, como intérprete, María Teresa Vera, de la que casualmente los dos atesoraban aquella foto, tan atrevida para la época, de la mulata vestida de hombre, con sombrero alón y todo.

Algunas bromas intercambiadas en los raros momentos de descanso, el trasiego de cintas y discos y la participación en un campismo en Taramar, Cienfuegos, “sólo para científicos”, sin familia, “para desconectar de todo”, programado por la Sección Sindical del Instituto, sellaron una relación que se iba profundizando con los días. Luís sintió desde entonces que la vida podía no ser tan fatigosa, y empezó a pensar seriamente en abandonar a su esposa, a quien últimamente apenas le dirigía la palabra: sólo para atender los asuntos de Bertico, el pequeño hijo de ambos.

En Taramar, alrededor de la fogata, cuando ya todos los compañeros se habían retirado muertos de sueño a sus cabañas, Alina le hizo escuchar a Luís una cinta de Cayamba, artista de Baracoa, autotitulado –con razón– “el trovador de la voz más fea del mundo”. Literalmente Cayamba destrozaba aquellas piezas antológicas que tanto amaban: “Longina”, “Perla marina”, “Veinte años”; pero donde su “arte” llegaba a la cima era en las canciones de su propia inspiración, verdaderos pastiches de discursos políticos y editoriales de prensa, frases de otros cantautores e ingenuidades varias, envueltas invariablemente en melodías sencillamente atroces. Los dos rieron hasta tener que sujetarse las tripas, que pugnaban por salírseles por la boca, se daban manotazos en los hombros y celebraban con aullidos de júbilo las múltiples desafinaciones del bardo.

De las cabañas empezaron a protestar por el ruido, y ellos, que estaban muy colocados con el subidón de adrenalina, decidieron darse un chapuzón en el mar, a esa hora en calma e iluminado por una luna llena de esas que sólo se ven en las películas mexicanas de antes, a riesgo de que sus compañeros lo notaran y luego les trajera alguna complicación con el Partido. La moral entre los científicos era asunto de mucho cuidado. Y si Alina era soltera, Luís tenía familia constituida.

Hasta ese momento entre Alina y Luís no había pasado nada. Ni siquiera se habían atrevido a poner en palabras el sentimiento que entre los dos se enraizaba. Camino a la costa Luís le tomo la mano, con alguna timidez. Ella le correspondió entrelazando sus dedos a los de él, con una soltura y firmeza que lo maravillaron. Recordó entonces una frase lapidaria de Paulino, el jevoso del grupo: “a la mujer que se ría conmigo, le paso la cuchilla”.

No llevaban los trajes de baño. Luís se quitó la camiseta y entró al mar sólo con el short de caqui. En cambio, Alina usaba una bata vaporosa con motivos marinos, que se sacó por la cabeza, y quedó en ropa interior: unos ajustadores azul prusia minúsculos y una tanga negra que, más que vestirla, se le encajaba entre las nalgas portentosas. La muchacha miró hacia todos lados para detectar si eran observados, pero como no vio nada sospechoso, se quitó el brasier y comenzó a adentrarse en el agua. La visión de Alina semidesnuda, a contraluz, disparó las hormonas de Luís. Su cuerpo de basalto se aproximaba peligrosamente al de él. “¡Ahora sí se jodió Elisa!”, se dijo, y comenzó a bracear rumbo a la ninfa que lo saludaba con la mano mientras blandía una sonrisa tan prometedora como cándida.

En plena crisis de los cuarenta, Alina se la ponía por el centro de home. Si lo que estaba buscando era una confirmación de que aún podía gustar a las mujeres, allí la tenía, de cuerpo presente. ¡Y qué cuerpo! Se besaron, nadaron, juguetearon como focas adolescentes. Alina, a pesar de estar bañada por el Caribe, era dulce. Su sabor se pegaba al paladar, como los licores de excelencia. Y Luís probó a fondo. Una y otra vez. Se disfrutaron tanto y tan despreocupadamente que por poco los sorprende la salida del sol.

Les costó trabajo despegarse. El suyo había sido un acto instintivo, animal. ¿Qué los esperaba en lo adelante? No sabían. La mujer salió primero a la orilla, se vistió de prisa y se dirigió corriendo a su cabaña, que compartía con Matilde, la farmacóloga, casi sin tiempo para ordenar el equipaje para el regreso a La Habana. Luís se quedó un rato más en el agua, la observó perderse en la oscuridad y luego, para demostrarse que aún estaba lleno de energía, nadó con gran velocidad unos doscientos metros hacia lo profundo. Entonces sintió miedo. ¿Sólo a los peligros del mar?

La vieja guagua del Instituto se rompió en tres ocasiones antes de entrar en La Habana. Finalmente los fue repartiendo. Luís quedó para último, pues su barrio era el más alejado. Alina y él se sentaron distantes. Sólo cuando la muchacha bajó a la acera, cambiaron una breve mirada. Ella quedó estática un momento, envuelta en la densa nube de monóxido de carbono que tosió el vehículo antes de perderse, rugiendo, en la calle mal iluminada.

El viaje había sido lento. Los participantes del campismo venían, en su mayoría, insolados. Nadie hablaba. Era como si la certeza del inmenso trabajo que los estaría esperando en el laboratorio el lunes hubiera empezado a pesar sobre sus conciencias. Deformación profesional o exceso de celo, todos compartían la extraña sensación de que ese fin de semana habían estado, impúdicamente, robándole tiempo a obligaciones apremiantes.

A esa hora de la noche, Elisa y el niño dormían. Luís notó sobre la mesa un plato tapado con otro, y los cubiertos y su vaso dispuestos. Seguramente lo estuvieron esperando. Su mujer había cocinado fricasés de pollo, arroz blanco y plátanos maduros fritos, su comida preferida; la lechuga de la ensalada estaba mustia: no resistió la mordacidad del jugo de limón. Cómo haría la pobre, se preguntó, para siempre ofrecerles algo agradable.

Comió de pie, mientras observaba un dibujo que le había dedicado Bertico. Era un barco con una bandera cubana en la proa, y junto al asta tres figuritas apenas reconocibles; una, sin duda, era hombre, pues tenía barba como él. Lo gracioso de la obrita de su hijo era que en el malecón, mirando a aquellos del barco, había otros tres seres bastante parecidos. ¿Serían los mismos?

Se duchó rápido. Fue hasta la camita del niño y lo cubrió con la sábana, que había caído al suelo. Después se deslizó junto a Elisa con mucho cuidado, para no despertarla. El amable olor de su mujer, tan conocido, lo recibió de golpe. Era una mezcla de carne limpia y lavanda, con una lejana reminiscencia de violetas. Observó su espalda semidesnuda, fuerte aún, punteada por lunares diminutos; la nuca fina, que apenas cubría una suelta cola de caballo. Y le sobrevino un ataque de ternura. Allí estaba la compañera de tantas escaramuzas, defendiendo el hogar y la familia con más decoro que violencia; la que lo había levantado cuando el fracaso lo rondaba, la que siempre celebraba sinceramente sus éxitos, su primera muchacha de veras, desde los lejanos tiempos de la Universidad.

No pudo contenerse y la abrazó ligeramente. Ella lo sintió. Acomodó sus nalgas en el hueco de su pelvis y se apretó a su cuerpo, en señal de que era bien recibido.

Hicieron el amor, como tantas veces, en un filme silente. También, como tantas veces, ella le hizo creer que era él quien llevaba las riendas. La cama se quejaba levemente ante el embate de los cuerpos. Cada cierto tiempo, el que quedaba arriba alzaba la cabeza para chequear que el niño no se hubiera despertado. Y luego volvían a sumergirse en el goce antiguo, nacido del exacto conocimiento de sus cuerpos, de la total falta de inhibiciones y de una confianza mutua ganada con paciencia al compás de los años.

Lo habían conversado muchas veces: el niño iba creciendo y ya pronto no podrían tener sexo tan cerca de su cama. También se dijeron que, aún si mejoraban sus condiciones de vida y podían disponer de un dormitorio propio, iban a extrañar aquellas jornadas sin banda sonora, excitantes como hacer el amor en el baño de un avión o al borde de un abismo.

Tenían que reconocer que la presencia inocente del niño los estimulaba, pues en definitiva Bertico era la constancia de que se habían querido. No sabían bien por qué, pero a los dos desde hacía un tiempo les había dado por hablar de su amor en pasado.

La mañana que se recibió la carta del Centro Joseph & Wolf Lebovic, de Ontario, Luís había decidido tener una seria conversación con Alina. Ya no podía esperar ni un minuto más. Su situación era insostenible. En la medida que conocía a la muchacha, en el sentido bíblico, la quería más. Sus encuentros furtivos, en un cuarto alquilado por horas, eran intensos y muy gratificantes. Cuando se hallaban solos en la habitación, el mundo, afuera, se detenía. Nada importaba en ese momento. Sólo existían ellos dos, desnudos y hermosos, entregados a una práctica que la culpa (en el caso de Luís) y la admiración (eso sentía Alina) sazonaban de forma muy satisfactoria. Lo curioso era que a pesar de la relación que sostenía con la muchacha, sometida a innumerables tensiones, secretos y veladas clandestinas, las cosas con Elisa habían mejorado ostensiblemente. Ya no discutían por todo, en la casa reinaba un ambiente más bien alegre e, incluso, se permitieron hacer planes para un futuro no tan inmediato. Como Luís era doblemente correspondido, como su sexualidad se estaba comportando con la exactitud y eficiencia de un reloj suizo, se sentía magnánimo, generoso, comprensivo, y no escatimaba piropos y frases agradables para su esposa, práctica que, a decir verdad, había olvidado dos o tres años atrás. Por esos días se sorprendió tarareando “Corazón loco”, canción que lanzara en España el cubano Antonio Machín por la década del cuarenta, y que ahora volvía a estar de moda en la Isla gracias a la versión de El Cigala, un gitano por más señas. Se preguntaba, igual que en el numerito, cómo se pueden querer dos mujeres a la vez, y no estar loco.

La carta del Centro Joseph & Wolf Lebovic, cuarto en importancia de América del Norte, llegó a la dirección. Y por eso Zúñiga lo llamó. Estaban invitando a un especialista menor de treinta años a pasar un curso intensivo sobre la producción de biomateriales, algo que resultaba de extremo interés para el Instituto. Como Luís podía comprender, esa ocasión no deberían dejarla escapar. El Consejo de Dirección se había reunido para analizar propuestas, y todos sus miembros estuvieron de acuerdo en que la persona indicada era la Licenciada Alina Núñez, no sólo por ser la única que cumplía con el requisito de la edad, sino, además, por su rendimiento y su dedicación al trabajo. En dos palabras, era una inversión para el futuro. Luís fue a decir que no tenía objeción, pero Zúñiga siguió hablando. Todos entendían que sacar a un especialista de una línea de investigación priorizada supondría un esfuerzo extra para el resto del equipo, pero qué iban a hacer: allí donde se cae el burro es donde hay que darle los palos. Era una decisión. Simplemente se lo estaban informando. Él debería, en calidad de jefe inmediato, “trasladarle” –perla del lenguaje burocrático– la información a la compañera.

A Luís le jodió que lo desconocieran de esa manera. En cualquier caso él era la cabeza del team, y su opinión debía pesar como ninguna antes de decidir sobre el destino de sus subordinados. Y si no formó una perreta en ese momento fue porque la posibilidad de separase de Alina por tres meses le venía como anillo al dedo. Tendría tiempo de pensar, de tomar una decisión definitiva sobre su vida, de sacarse de una vez el bolero de la cabeza.

Esa tarde Luís y Alina se encontraron donde siempre, un cuartico de Centro Habana al que se llegaba después de sortear un laberinto de pasillos, tendederas de ropa, cables eléctricos, escombros y montañas de basura. El lugar era sórdido. Pero a ellos, hasta ahora, no les importaba. Si ni siquiera habían tenido tiempo para mirar a su alrededor. Luís le pidió que no se desnudara todavía. Antes, deberían hablar. Y se preparó para darle la gran noticia del viaje. Sí, dijo ella adelantándosele, también pensaba que las cosas estaban llegando a un punto insostenible. La verdad, siguió, la mataba la mala conciencia. Era evidente que para Luís su familia estaba en un primerísimo plano; a su edad ella no debería pensar en decisiones definitivas: si él lo dejaba todo para irse a su lado, siempre pesaría la gravedad de esa determinación en el futuro. Para decirlo rápido y mal: no estaba preparada para un compromiso estable, entre otras razones materiales, porque su carrera no había hecho sino empezar; además, tanta escondedera, tanta simulación ya no eran graciosas, más bien la tenían bastante jodida.

A Luís se le cayeron las alas del corazón. Justo cuando decidió darse un compás de espera, la muchacha lo estaba zumbando. No podía tragar, era como si por la garganta le estuvieran bajando pequeños cristales. Con mucha dificultad le salieron las palabras.

– ¿Hay otro?

– Nadie. Acepta mis razones. Es eso y nada más.

– Últimamente te he visto hablando mucho con Paulino.

– ¿Ese ridículo? Le dispara a todas. Pero tiene una puntería terrible…

– Bueno –se exprimió el pecho–, entonces no hay más que hablar.

Echó mano al portafolio que estaba sobre la desvencijada mesita de noche, e inició la retirada, pero ella lo sujetó por la muñeca. En el gesto había firmeza y cariño. No tenían por qué separarse como enemigos, dijo ella. Tampoco quería llevarse un mal recuerdo de la última cita. Entonces se sacó el ajustado pulóver y se soltó el pelo, que lo tenía anudado en un moño alto. A Luís siempre le habían gustado sus tetas apretadas, respondonas, coronadas por dos cerezas moradas que se erguían al más mínimo roce. Fue a decir algo, pero no supo qué. Recordó un texto que leyó en alguna parte: “desnuda pierdes elocuencia, pero ganas poder de persuasión”. En otro momento se lo hubiera soltado de sopetón, dejándola con la duda de si se trataba de una cita o de algo propio, pero ahora le parecía ridículo hablar de poesía. La prosa de la vida comenzaba a separarlos.

En su papel de amante melancólico, le dejó hacer a la muchacha. Alina se esmeró. Lo trató con ternura infinita. En dos oportunidades Luís estuvo a punto de dispararse, pues ya no toleraba más las intensas sensaciones que ella le provocaba con manos y lengua, pero la muchacha, con sabiduría asiática, le contuvo los orgasmos por el simple procedimiento de presionarle con el índice y el dedo del medio la cara interior del pene, a la altura de la raíz. Y vuelta a comenzar. Por último, la futura viajera le pidió que la observara, desde la cama, masturbarse; ella entraría en el baño y dejaría la puerta semiabierta. Y que sólo pasara cuando se lo reclamara. Era una fantasía que tenía desde siempre, dijo.

– ¡Qué casualidad! –exclamó Luís–. Yo también he soñado con eso.

– ¿Específicamente conmigo? –quiso saber ella.

– Bueno, antes no te conocía, pero creo que en lo adelante ese sueño va a tener tu rostro. ¿Quieres que yo también me masturbe?

– No, eso déjamelo a mí. Tú sólo mira.

Los días posteriores transcurrieron para Luís por su cause habitual. Mucho trabajo, dejar al niño en la escuela, cinco páginas de lectura por noche, pues el sueño no lo dejaba avanzar más; los domingos, dominó con los amigos de los años y ron con mesura; y siempre la sabia comprensión de Elisa, que no le preguntó nada al verlo tan abatido. Ella suponía que algo andaba mal en el Instituto. Ya Cucucho le diría si es que necesitaba, como tantas veces, su consejo. Las relaciones con Alina parecían normales, pero en realidad él sufría: ahora que no le pertenecía –¿alguna vez fue realmente suya? – la encontraba intolerablemente buena, y todos sus gestos, desde un lápiz rozándole los labios, acomodarse los cabellos o alisarse la falda, le parecían una provocación de la muchacha que, fuerza es decirlo, había desconectado totalmente de él, embullada como estaba en preparar su viaje.

Una mañana, al llegar al trabajo, Luís encontró sobre su mesa un mensaje de la Dirección. Lo citaban para una reunión a primera hora. Siempre lo sobrecogía que lo llamaran “de arriba”; desde niño tenía la estúpida sensación de que constantemente estaba haciendo algo malo, fuera de la norma, por lo demás un enmarañado sistema de disposiciones y leyes absurdas que no llegaba a dominar del todo. En el socialismo, le había dicho alguien que no recordaba, el ciudadano es un eterno adolescente. Y tenía razón.

Estaba la plana mayor del IBP en el salón de reuniones. Los rostros eran graves. Algunos de sus colegas más simpáticos le dieron la mano, otros lo saludaron de lejos con un leve movimiento de cabeza. A juzgar por la disposición de los asientos, él era una figura de importancia en la representación que se iba a desarrollar. ¿De dónde coño habrá salido tanta solemnidad?, se preguntó; ¿nos habremos contagiado con los rusos?

Zúñiga dio los buenos días y le pasó la palabra al Dr. Remberto Granado, presidente del Consejo Científico, quien tendría que comunicar algo importante. Éste comenzó evaluando el trabajo del Instituto, donde sobresalía notablemente el aporte del equipo de Luís, único que ya podía mostrar alentadores resultados parciales en su nueva línea de investigación. También dijo que estaban a las puertas de un nuevo capítulo en la historia del Centro: habían recibido de la dirección de la Revolución la tarea de desarrollar con urgencia la vacuna pentavalente líquida combinada, de gran demanda, la que habría que elaborar íntegramente con productos cubanos. Como podían comprender, tal empeño suponía poner en tensión todas las fuerzas, pues estaban en mayo y el compromiso que se trazaron era tenerla lista para su primera prueba clínica en diciembre, como un regalo –ya sabían ellos para quién– por el fin de año.

– Bueno, compañeros –continuó Granado–, desde este momento se detienen todos los trabajos que no vayan en esa dirección. Yo me haré cargo del personal científico, que será reacomodado de acuerdo a las nuevas exigencias. Momentáneamente se disuelven los grupos. ¿Alguna pregunta?

Un silencio enorme cayó sobre los asistentes. O no habían entendido o, simplemente, se negaban a creer lo que escuchaban. ¿Cómo podrían en un segundo cambiar así la filosofía del trabajo, los objetivos minuciosamente estudiados? ¿En sólo ocho meses conseguir lo que otros centros científicos del mundo desarrollado llevan años intentando?

Zúñiga leyó estas y otras preguntas en los rostros de los atontados colegas. Por eso dijo:

– Formamos parte de un pueblo heroico, que sabe revertir los reveses en victorias. Nuestros obreros y campesinos se sacrifican cada día para que nos podamos desempeñar con las mejores condiciones al alcance del país. No debemos defraudar a quienes han puesto toda su confianza en el potencial científico del Instituto. Si ellos piensan que nosotros estamos en condiciones de lograr esa inmensa proeza, pues a sentirnos orgullosos y a meterle con la manga al codo. ¿Quién dijo miedo por ahí? –y con mirada de águila recorrió a los presentes.

Luís levantó la mano. Zúñiga le concedió, no de muy buen grado, la palabra. ¿Se trataba de una broma?, preguntó. ¿Sabían los compañeros que tomaron esa decisión que los resultados fragmentados que tanto alababan se malograrían, pues las cepas de pneumocystis carinii no podrían guardarse por tiempo indefinido, que cuando retomaran los estudios tendrían que comenzar de cero, con la consiguiente pérdida de recursos, cuantificables en varios cientos de miles de dólares?

Se analizaron, respondió Zúñiga, los pro y los contra, antes de aceptar el reto; pero este era uno de los pocos casos en que el fin justificaría los medios. Además, enfatizó, las órdenes se cumplen, no se discuten, y…

– Eso es en el ejército –interrumpió Luís.

– Cuba está en pie de guerra desde 1959. Todos somos soldados –argumentó el director con acritud.

– ¿El gran salto en la esfera de la ciencia, al estilo chino? –continuó polemizando Luís.

– No estamos para ironías, compañero –le respondió Zúñiga–. Además, esta medida no sólo afecta a tu equipo, sino a todos y cada uno de los especialistas del Centro, cuyas investigaciones tienen el mismo valor científico e importancia económica que la tuya. El asunto –remató – se plantea en términos muy claros: o somos parte del problema o somos parte de la solución, y el IBP se creó para dar soluciones a los problemas.

Hubo varias intervenciones más, algunas conciliadoras, otras tímidamente críticas; también oportunistas, de los sin escrúpulos de siempre, que giran, como veletas, hacia donde sople el viento de la conveniencia. Estos últimos dijeron que, incluso, la pentavalente podría alcanzarse en menos tiempo. A Luís por poco le da un infarto. La reunión se dio por terminada. Los presentes fueron abandonando el salón. Zúñiga, que se quedó sentado en su sitio, le hizo una seña a Luís para que se acercara a la Presidencia.

– Te espero en media hora en mi oficina –le dijo secamente.

Luís respondió que sí con un gesto. ¿Habría más sorpresas para él?

Lo que Zúñiga le comunicó a Luís, lo dejó lelo. Primero el dirigente le endulzó la píldora con elogios sobre su desempeño científico, su espíritu crítico y la correcta conducción de sus subordinados. También se permitió deslizar, aunque con tono amable, una observación: no debía ser tan impulsivo ni tan rotundo en sus planteamientos; él, que lo conocía de mucho tiempo atrás, no albergaba dudas sobre su integridad revolucionaria, pero no todo el mundo tenía que pensar así. Luís se defendió sin mucha energía. El núcleo de su argumento: los actos son, en definitiva, lo que cuentan, y a él habría que juzgarlo en primera y última instancia por su eficiencia allí, en el puesto de trabajo. La Revolución, sentenció, no se hace con palabras.

– No sólo con palabras –lo corrigió su jefe–. Pero las palabras también cuentan. Y mucho.

Seguidamente Zúñiga le mostró un sobre con el membrete del Centro de Investigaciones Joseph & Wolf Lebovic.

– ¿Algo nuevo sobre eso? –preguntó–. Yo pensé que la designación de Alina para el curso era asunto cerrado.

– Y lo es. Se trata de otra convocatoria. Nos ofrecen una beca, ésta por un año, para estudiar gerencia de centros de investigación.

– ¿Y qué tengo yo que ver con eso?

– Más de lo que imaginas. La proyección del IBP para los próximos diez años contempla la atomización del Instituto en centros relativamente autónomos, con sedes propias. Cuando llegue el momento, vamos a necesitar al frente de cada uno de ellos compañeros que a su calidad como investigadores sumen conocimientos de organización y administración de empresa. Y tú debes ser uno de esos. Te vas para Canadá en una semana.

– ¡Coño, Zúñiga! –protestó–. ¿Tú te has propuesto matarme del corazón? ¿Cómo me vas a sacar ahora del juego en la novena entrada?

– Al contrario, te estoy promoviendo para una liga mayor.

– ¿Fue Granado quien te pidió que me quites del medio?

– No veas fantasmas donde no los hay, Luís. A Granado no le caes simpático, es cierto, pero eso nada tiene que ver con mi decisión. Hay que pensar con luz larga. Lo de la pentavalente es importante, sí, pero sólo es una etapa en el camino. Nos lloverán solicitudes tanto o más complejas que esa, y hay que estar preparados.

– No sé, creo que yo…

–Analízalo. Consúltalo con tu mujer. Y mañana me respondes. Ahora vete para la casa. El resto del día lo tienes libre.

Luís se apareció en el Teatro América a media mañana. Elisa discutía con una empleada encargada de la limpieza de los baños. De lejos observó a su esposa. Y le gustó lo que veía: una mujer aún atractiva, de buena figura, que llevaba con mucha clase su ropa informal. Estaba alterada, pero trataba de no demostrarlo. Él, que la conocía tanto, sabía que ese puño cerrado y escondido en la espalada era un signo evidente de que luchaba por no perder los estribos. Cuando la discusión comenzó a subir de tono, se acercó a las dos mujeres. Elisa lo advirtió, y se mostró extrañada; le dijo con un gesto que esperara un momento. La otra mujer dejó de hablar. Elisa remató el tema:

–Y que sea la última vez, Teresa, que yo me entere que estás cobrando el acceso al baño. Tú tienes un salario. Si te dan propina, felicidades; pero no puedes exigirla. ¿Está claro?

La mujer tomó la reprimenda con tal indiferencia que parecía que no era con ella el asunto.

Luís besó a Elisa en la mejilla. Ella le pidió que fueran a la oficina, allí podrían hablar más cómodamente. Él le preguntó si estaba muy ocupada. Depende, respondió ella, con algo de coquetería. Luís le propuso ir hasta la galería La Acacia, a un costado del Capitolio, a dos o tres cuadras de allí; había una exposición del maestro Antonio Vidal que no debían perderse. ¿Y luego?, continuó ella con su juego. El Barrio Chino, propuso él, un almuerzo ligero, pues sólo podían gastar hasta veinte pesos de los de verdad. ¿Y de postre? De postre, lo que tú quieras, china. Bueno, decidió ella, el postre lo tomamos en casa, entre dos y cuatro, y después vamos a buscar al niño a la escuela.

–Espérame aquí –dijo ella con el ánimo bastante restablecido–. Voy por mis cosas.

Caminaron de la mano. Estaban en el límite de Centro Habana y La Habana Vieja. Hasta ahí no había llegado la ola restauradora de los últimos tiempos, y los edificios, vetustos, mostraban sus entrañas: cabillas, vigas, amasijos de cables y manchas de humedad. Elisa no le preguntó nada a Luís. Él no se extrañó por eso. Su mujer era la discreción en persona, nunca forzaba las conversaciones, pero cuando entraba, era una polemista temible, pues sabía combinar sentido común con ecuanimidad.

La exposición no les gustó tanto. Los cuadros eran hermosos, pero la curaduría, pobre. Los dos estuvieron de acuerdo en que lo mejor eran unas pequeñas esculturas en hierro, que el viejo maestro había realizado en los sesenta, y que ahora se exhibían por primera vez.

Ya en el Barrio Chino escogieron un restaurante al azar. Era su costumbre ir siempre a uno distinto. Habían calculado, entre veras y bromas, que, con su nivel adquisitivo y la frecuencia con que comían fuera, necesitarían unos veinte años para conocerlos todos. Esta vez incursionaron en las calles menos turísticas, y encontraron uno, el Long Sai Li, en Dragones 313, que tenía un salón aceptable, con buena temperatura, limpio, música baja y pocos comensales. Por lo demás, la carta era variada y los precios, si no tan compasivos como años atrás, cuando se permitieron nuevamente los restaurantes privados, menos crueles que en otros lugares.

Pidieron arroz frito especial, rollos primavera, pollo tim pan y masas de pescado en salsa agridulce. Era, en realidad, mucha comida, pero lo hacían ex profeso, pues le llevarían al niño –no podían dejar de sentir cierto remordimiento cuando salían sin él– y hasta quedaría para el desayuno del día siguiente.

A la segunda cerveza Bucanero Luís le contó a Elisa la reunión de la mañana. Ella escuchó atentamente, sin interrumpir. Luego opinó lo que él ya sabía. Increíble que tanta gente inteligente se dejara arrastrar por la estupidez y el voluntarismo político. La búsqueda de la vacuna, en esas condiciones, estaba condenada al fracaso, y si algo conseguían, por fuerza de la razón tenía que ser un producto mediocre. ¿Hasta cuando –se preguntaron ambos– la pirámide estaría invertida: los políticos no se nutrían de las opiniones de los científicos, sino que, por el contrario, les dictaban metas aberradas, que sólo podrían “cumplirse” alterando resultados y trucando informes?

Luego él dejó caer lentamente lo relativo al viaje a Canadá. De la manera que lo dijo, apenas quedaba margen para el diálogo: había tomado la decisión de rechazar la oferta de Zúñiga. Primero estaba su dignidad. Elisa expresó sus dudas sobre el razonamiento de Cucucho. Había que enfocar el asunto desde otro ángulo. ¿Qué ganaba, además de los disgustos y encontronazos con Granado que se veían venir, si se incorporaba a los trabajos de la pentavalente? ¿Conocimientos? ¿Prestigio? Él sabía muy bien las respuestas. En cambio, si se marchaba al Canadá podría incorporar a su aval nuevas experiencias, conocer colegas valiosos y, lo que no era menos importante, ahorrar algún dinero de los viáticos, que muy bien les vendría para adecentar la casa y renovar el ropero del niño, que estaba estirando a una velocidad tremenda.

–Yo tú –concluyó Elisa–, acepto.

– Pero no se trata de una semana o dos. Es todo un año.

– ¿Y qué? La retaguardia aquí está cubierta. Tú manda de vez en cuando una tierrita, que Bertico y yo nos arreglamos.

– Mira que la salida es la próxima semana.

– Como si fuera ayer. Aquí hay una mujer para aguantar hasta que pase la tormenta. Y hablando de ese tema, ve pidiendo la cuenta, que todavía nos falta el postre. Y ese va por mí; aunque, claro – y aquí soltó una risita por lo bajo–, tú tendrás que poner algo de tu parte.

En el aeropuerto “José Martí” de La Habana, luego de llenar los formularios y sortear todos los controles, Luís se sorprendió con la presencia de Alina. La muchacha lo observaba de lejos, y se divertía con su torpeza: se le caían los documentos, no atinaba a colocarse nuevamente el cinto, se enredaba con el equipaje de mano y el abrigo, un paltó bastante pasado de moda, de la época ya lejana de los estudiantes cubanos en la URSS. Ella fue a su encuentro y se prendió jovialmente de su brazo.

– ¿Y qué tú haces aquí? –preguntó él.

– Vamos en el mismo vuelo.

– Pero si ya debías estar en Canadá.

– No había pasaje hasta hoy. El destino nos junta de nuevo –y le besó en los labios, apenas un contacto rápido.

– Yo creí que tú y yo ya…

– Lo que hablamos se mantiene, querido. Pero sólo dentro de las fronteras nacionales –dijo la muchacha hincándolo con su índice afilado en el pecho. Luego se desprendió de él y avanzó por el pasillo contoneándose exageradamente. Cada cierto tramo se volvía a ver el efecto que su pantomima provocaba en Luís. De una tienda de música salía, grave, la voz de Elena Burke interpretando una vieja canción que habla de lluvia, olvido y todas esas cosas que quedan tan bien en los boleros.

Él suspiró profundamente. ¿Qué coño era aquello? Con la prisa de los últimos días no había tenido mucho tiempo para pensar en Alina. Su relación la canceló, no sin dolor, la tarde del último encuentro “cercano”. Pero ahora que la tenía ante él, con un traje de hilo crema bien ajustado, pañuelo rojo al cuello y la negra melena suelta y desafiante, concluyó que los días canadienses que se avecinaban no tenían necesariamente qué presentarse tan duros y nostálgicos. Una cubana en flor debía ser el mejor antídoto para los rigores del invierno. Ya vería.

La terminal 3 del Pearson International Airport de Toronto estaba muy congestionado a esa hora de la tarde. Por tal razón, la nave de Air Canadá tuvo que dar varias vueltas en círculo antes de tirarse. Al posarse en tierra el aparato, algunos viajeros le dedicaron una cerrada ovación al piloto. Eran los cubanos. Para los habitantes de la Isla los viajes al exterior tienen una dimensión mítica, y si salir es algo altamente improbable, llegar a salvo pertenece a los dominios del sueño.

En Inmigración a Luís y a Alina les llamó la atención la fuerte presencia policial. Doce asiáticos de diferentes edades y sexos, y seis jóvenes, al parecer centroamericanos, todos esposados, eran conducidos por las autoridades hacia un cubículo encristalado, a la vista de los presurosos viajeros.

Los papeles de ambos estaban en regla. El oficial, un negro bastante mal encarado, les devolvió los pasaportes, y con profesional cortesía les deseó una alegre y provechosa estancia en el país. Luís le agradeció en inglés y Alina en francés, para que fuera llevando carta del nivel educacional de los cubanos.

– Hasta la vista –les respondió el hombre en perfecto español.

Cuando se abrió la puerta de cristal que daba acceso a la salida de los pasajeros, los sorprendió, por sus pretensiones asesinas, una racha de aire frío. Se pararon a ver si alguien del centro de investigaciones había ido por ellos. Leyeron las decenas de carteles que blandían quienes iban a recoger desconocidos. Ninguno traía sus nombres. Cuando se despejó la sala, Alina advirtió a un hombre, ya mayor, que los observaba insistentemente, con una sonrisa apenas marcada en el rostro perfectamente rasurado. Estaba recostado a una columna, los brazos cruzados al pecho. Vestía de forma casual, pero con elegancia. De pronto ella cayó en cuenta.

– ¡Coño! –gritó la muchacha–. ¡Ese es mi padre!

A partir de aquel momento todo sucedió de forma vertiginosa para Luís. Abrazos, llanto, presentaciones, exclamaciones de asombro de Alina. Él estaba algo mosqueado. Era como una pieza que no terminaba de encajar en el rompecabezas de la inesperada efusividad filial.

Tuvieron que hacerse a un lado, pues obstruían el paso. Guiados por el viejo, se dirigieron a una cafetería dentro del mismo edificio del aeropuerto. Ya instalados frente a sendas tazas de té humeante, pasaron –Alina y el padre– a ponerse al día. Luís los observaba un poco distante, asintiendo y negando, aquiescente, cuando alguno de los dos demandaba su apoyo, pero vigilante por si llegaba el encargado de llevarlos al hotel.

El padre de Alina se llamaba Germán, y era un cubanazo. Es decir, un nativo de la Isla que esgrime ostentosamente su origen como un emblema: medalla de la Caridad de Cobre bien visible, entre otros atributos, y gestos ampulosos. La cubanía, solía decir tomando prestada la frase a un presidente de la era republicana, es amor. Y remataba eufórico: el mundo se divide en dos grupos: ellos y nosotros. Y así, de un plumazo, se cagaba en la geopolítica y otras lavativas afines.

De los primeros intercambios entre padre e hija quedó claro que Alina no tenía la menor idea de que Germán vivía en Canadá, que se dedicaba a la industria maderera y que, entre otros negocitos más o menos rentables, también manejaba un pequeño hotel en Niagara-on-the-Lake, Ontario, muy cerca de las famosas cataratas. Hacía como tres años que ella no recibía noticias suyas: la última, una postal fechada en Phoenix, Arizona, con la archiconocida imagen del Gran Cañón del Colorado, y apenas una frase: “Siempre estoy pensando en ti”. Germán, ingeniero industrial graduado en Alemania en 1968, antes de abandonar el país trabajaba en Comercio Exterior, y llevaba todo lo relativo a la exportación de mano de obra a Siberia, para la tala de bosques. De regreso de uno de sus frecuentes viajes a Moscú, se quedó en Gander y allí pidió asilo político. Después de breves contactos con la familia, que quedó literalmente destruida, pues nadie, ni siquiera Fela, su mujer, esperaba esa “defección”, su rastro se perdió. Y Alina, que hasta ese momento había tenido una estrecha relación con su padre, se sintió abandonada, y enfrentó una adolescencia solitaria, caótica, salpicada con grandes dosis de rencor.

– ¿Este encuentro es una casualidad o tú sabías que yo venía? –le preguntó ella directamente al padre.

Germán se tomó su tiempo para contestar. Levantó la taza ya vacía y trató de atrapar una gota de té que quedaba en el fondo. Hizo ademanes de prender un cigarrillo, pero se contuvo a tiempo. En ningún lugar del aeropuerto se podía fumar. Y él lo sabía.

– Claro que estaba enterado de tu viaje. Si fui yo quien preparó todo – dijo él con un tonito de orgullo que puso en guardia a Luís.

– ¿Preparar qué? Nosotros vinimos becados por un instituto de investigaciones –replicó Alina.

– Eso era lo que decían las cartas. Yo las escribí y las puse en correo.

– ¡Na!, esto es jodedera –exclamó Luís al tiempo que esbozaba una parodia de sonrisa.

Germán hizo un gesto a la camarera para que trajera más té. Cuando las tazas estuvieron servidas nuevamente, el viejo apuró un trago, como si tuviera sed. Luís y Alina no tocaron las suyas. Entonces Germán se lanzó a hacer el cuento. Durante mucho tiempo había seguido la carrera de Alina a distancia. Buscó en Internet sus trabajos de tesis y otras publicaciones; también se informó exhaustivamente sobre el Instituto de Biopreparados de La Habana. Con la ayuda de Chela, su hermana y confidente de Alina, recabó datos sobre la vida íntima de la muchacha. Así es como supo de Luís. Por eso decidió enviar invitaciones separadas pero con un perfil diseñado a la medida de cada uno, no fuera cosa que por complicaciones sentimentales Alina rechazara la proposición. Un trabajo largo y fatigoso, con mucha incertidumbre, dijo, y muy pocas posibilidades de éxito. Afortunadamente el Comité Estatal para la Ciencia y la Técnica de Cuba no sospechó nada; tampoco la Embajada de Canadá en La Habana hizo averiguaciones, pues el instituto que invitaba era ampliamente reconocido, y los trámites para el viaje los realizó una dependencia oficial de la Isla. Cuando envió los pasajes, supo que ya todo embocaba hacia un desenlace feliz. Finalmente estaban ahí. Y eso era lo importante.

Luís, que ni en los momentos de mayor tensión emocional dejaba de tener una mente analítica, no pudo resistir la pregunta:

– ¿Y cómo estabas al tanto de la correspondencia con el IBP?

– Muy sencillo –dijo, suficiente, Germán–. El apartado postal del remitente es el mío.

Luís se sintió comprimido por una de esas máquinas capaces de conviertir un camión en un dado de chatarra. Todo le empezó a dar vueltas alrededor. Notó el calor de la mano de Alina en su pierna.

– ¿Te sientes mal? –casi le susurró ella.

Fue a responder que no, pero las palabras no le salían de los labios. Allí mismo, en el aeropuerto, lo atendió un médico. La presión alta, pero nada de consideración. Le dieron una de sus propias pastillas, agua y, como ayuda adicional, un poco de oxígeno.

– El stres del viaje. Pronto estará bien– sentenció, optimista, el galeno, un hindú de turbante y barba.

Germán propuso trasladarse a un hotel, descansar algo y discutir luego, a la hora de la cena, el futuro inmediato, que él lo encontraba muy promisorio para la pareja. No tenían que preocuparse por nada: todos los gastos iban por su cuenta, incluso si alguno de los dos quería hacer una llamadita a La Habana… Y salieron rumbo al Courtyard by Marriott, en el downtown de Toronto. Por la carretera nadie habló. Germán, para romper el hielo, puso algo de música cubana: “Choncholí se va pa’l monte”, una guaracha de Ñico Saquito que a Luís no le sonó alegre.

Alina intuyó que deberían alojarse en habitaciones separadas, y así se lo dijo al padre, que no entendió muy bien por qué. Nada más hizo entrar a su pieza, Luís se abalanzó sobre el teléfono: tenía que hablar con Elisa para contarle esa historia tan disparatada, y escuchar sus seguramente atinadas recomendaciones. Por eso cuando la mujer, sin dejarlo hablar, se deshizo en lamentos, Luís comprendió la verdadera dimensión de su problema: si ella, su esposa de los años, sin mediar explicación alguna lo colocaba de plano en el bando de los “desertores de la Patria”, qué quedaba para sus compañeros de trabajo, por no hablar ya de la policía cubana, a la que le sentaría muy mal que un científico con alto grado de especialización y seguramente poseedor de más de un secreto de interés estatal “se pasara al enemigo”. Recordó un chiste que solía repetir Paulino: “el que se queda en un viaje de servicio es un hijoeputa, y el que regresa es un comemierda…” Esta vez no le encontró la gracia.

Dos horas después, cuando Alina fue a la habitación de Luís, bañada y con una ropa ciertamente elegante, encontró la puerta semiabierta y a su jefe sentado en un rincón oscuro, las maletas intactas y la vista perdida en un punto de la pared. En el suelo había seis o siete botellitas de escocés vacías, seguramente tomadas del servibar. No sabía cómo entrarle. Absurdamente se sentía responsable de las maquinaciones de su padre. Le pasó la mano por la cara y abrazó su cabeza, que le quedaba a la altura de la cintura. Luís no reaccionó de ningún modo; parecía no sentir.

–Anda, vamos –le dijo finalmente–. El viejo nos espera en el restaurante. Ya veremos cómo arreglamos este rollo.

Fueron al salón. Ella lo llevaba de la mano. Ambos estaban serios. Germán, en una mesa retirada, se despachaba una fuente de ensalada verde empapada con aceite de oliva. Les indicó sus puestos; después señaló para su plato.

–Me he pasado la vida con hambre. Antes, porque no tenía comida ni dinero. Ahora, porque no tengo salud. El cabrón colesterol me va a matar…

Un camarero muy joven se acercaba cuando Luís lo detuvo con un gesto. Se acodó en la mesa, inclinó el cuerpo hacia adelante y miró directamente a los ojos del viejo. Las palabras, casi un susurro, portaban muchísima violencia.

– Fíjate, Germán, esto que tú has hecho es, cuando menos, una mariconá. ¿Quién coño te dijo que puedes decidir así, tan festinadamente, sobre la vida de la gente?

Germán se limpió los labios con la servilleta, e intentó neutralizar la agresividad de Luís.

– Todavía estás conmocionado por el susto, muchacho. Cuando se te enfríe la cabeza, terminarás agradeciéndome el favor de haberte sacado de la Isla.

– ¿Pero qué tú sabes de mí, viejo? ¿Crees que si hubiera querido irme de Cuba ya no lo habría hecho? He viajado a dieciséis países, incluido los Estados Unidos…

– ¿Y Alina? ¿Cómo ibas a hacer para juntarte con Alina?

Alina interrumpió a Luís y le dijo al padre que tampoco ella aprobaba su proceder. Luís tenía familia en Cuba y un trabajo de mucha responsabilidad; y además, la relación de los dos era sólo de colegas. Había que buscar la forma de salir elegantemente de esa situación tan comprometedora.

– O sea, tú no quieres quedarte –dijo Germán muy serio mirando los ojos de Alina.

– No se trata de mí, sino de Luís. Yo, claro que me quedo. Pero él, ¿cómo va a hacer para que crean en Cuba que no inventó todo esto?

Germán apartó el plato, se replegó en su asiento y expuso claramente la situación. Si Luís lo denunciaba ante las autoridades canadienses por fraude migratorio, no sólo lo hundiría a él, sino que iba, además, a acabar con la carrera de Alina, para quien Germán ya había conseguido una beca de doctorado en una universidad de Ohio. En tres días habría nuevamente un vuelo de Air Canada. Luís quedaba en el hotel con báucher abierto hasta el jueves en la tarde. Si quería, podía utilizar el pasaje de regreso. Si cambiaba de opinión, solamente tendría que llamarlo, él lo ayudaría a pasar la frontera por el Niágara. Con su currículum no le iba a ser difícil encontrar rápido acomodo en Yankilandia. Otra posibilidad era que se presentara a la Oficina de Ciudadanía e Inmigración de Canadá, en Toronto, y se acogiera a alguno de los programas canadienses de refugiados, siempre, claro, que no lo fuera a complicar en el asunto. Ahora Germán se retiraba a dormir. Estaba cansado. A la mañana siguiente su hija y él saldrían muy temprano.

Alina y Luís se quedaron en silencio por largo rato. Luego salieron del restaurante sin tocar los platos que les habían servido. Ella quiso que fueran a la habitación, pero él decidió estirar un poco las piernas y respirar algo de aire puro.

– ¿Quieres que te acompañe? –preguntó ella, apretando cálidamente su brazo.

– No, tú vete a dormir. Necesito pensar.

–Mi habitación es la 415. Te voy a estar esperando.

Luís deambuló por la ciudad desierta por espacio de cuarenta minutos. Por más vueltas que le daba al asunto, no encontraba una salida convincente a la situación. Para regresar al hotel tuvo alguna dificultad, pues no recordaba el camino: su pésimo sentido de la orientación lo llevó a valerse de la amabilidad de un vendedor de perros calientes, que le señaló, con una amplia sonrisa, la acera de enfrente, en donde estaba, justamente, el hotel, con su cartel lumínico y todo.

A su regreso a la habitación, el teléfono sonaba insistentemente. Es Alina, pensó, y desconectó el aparato. Con la ayuda de seis o siete botellitas más de escocés, intentaría rematar el día más largo de su vida.

A la mañana, el sol tímido de invierno que se filtraba entre las persianas, despertó a Luís. Miró el reloj: las 11:00 a.m. La cabeza le pesaba y la boca la tenía como si se hubiera comido, íntegra, una barra de dulce de guayaba: ácida y pastosa. Se aseó como pudo. Cuando regresaba del baño, vio un sobre que estaba en el suelo, muy próximo a la puerta. Reconoció la letra minuciosa de Alina en la pequeña nota que venía envolviendo dos billetes de cien dólares canadienses: “Lamento mucho que todo haya terminado de esta manera. Estoy muy apenada. Cualquier cosa que decidas, cuenta con mi apoyo. Si regresas a Cuba, cómprale un regalito al niño con el dinero que te dejo”. Y a continuación venía un número de teléfono. También en el sobre Alina había dejado caer un paquetico de aspirinas y dos tabletas de Alka-Seltzer.

Se vistió, desayunó sólo un café y salió a la calle. Llevaba horas sopesando la posibilidad de volver a contactar con Elisa, pero, ¿qué le diría, si todavía no tenía claro hacia dónde se iban a encaminar sus pasos en las próximas horas? Cayó en la cuenta de que era martes. El vuelo a La Habana sería el jueves. ¿Y si intentaba tirar a la mierda todo por lo menos un día, vivir “despreocupadamente” la jornada que se iniciaba? El miércoles podría tomar, definitivamente, una decisión. Eso, gozaría, como un condenado a muerte, de la gracia de veinticuatro horas a su capricho. Porque, si íbamos a ver, nunca había tenido que enfrentarse a una disyuntiva donde la elección fuera de su entera responsabilidad. Siempre algo o alguien habían elegido por él “lo correcto”, “lo oportuno”, “lo justo” y hasta “lo revolucionario”. Claro que esta no sería una decisión cualquiera. ¡A la pinga la mala conciencia! No era culpable de nada. ¿O sí? Porque si no se hubiera enredado con Alina…

Lo primero que hizo fue entrar a una tienda de flores y plantas exóticas. Los distintos olores, los colores llamativos, la temperatura tan agradable, lo reconfortaron. Se detuvo ante un muestrario de bromelias impresionante; pensó que alguna vez le gustaría coleccionar las ciento cincuenta variedades conocidas de esa planta, aunque no descartaba que también se dedicara al cultivo de orquídeas tropicales. ¿En dónde? ¿En el balcón de su apartamentico de Marianao? Se partió de risa de sólo pensarlo. Estaba recobrando el buen humor.

Hurgó en las librerías; los comercios de chinos le llamaron mucho la atención. Una tiendecita mostraba algunas aguadas monocromas sobre papel manufacturado, verdaderamente primorosas, en ese estilo más caligráfico que pictórico característico de la dinastía Yuan, según le explicó la dependienta, una chinita de inglés cantarín que, además, casi en un susurro le dijo que aprovechara, que el precio era una ganga: por sólo diez dólares podía llevarse la de su elección.

–¿Son impresos? –quiso saber él.

–No, originales, las hace un primo mío, estudiante de arte en Yunnan; están tan baratas porque aquí nadie las aprecia.

–Bueno, dame aquella de los árboles y el perro –pidió entusiasmado.

–Es una versión libre de una obra famosa: Paisaje otoñal –le comunicó la muchacha mientras, con mucho cuidado, introducía la obra en un tubo plástico a la medida.

Estaba hecho un poeta, se celebró a sí mismo, no tenía paredes y ya compraba parte de la decoración. ¿Le iría bien esa obra a la colección de bromelias? ¿O pegaría más con las orquídeas?

Salió a la calle y sintió hambre. Llevaba no se sabe cuántas horas sin probar bocado, desde el avión. Jimmy The Greek le cortó el paso. ¡Un restaurante griego! Cinco años atrás había estado en Atenas, y aún recordaba con agrado algunos platos célebres de allá. Eligió un combinado de pulpo a la plancha, suvláki, musaka y kokoretsi, lo que traducido al cubano viene a ser algo así como un pincho de carnes, berenjena con besamel y embutido de vísceras de cordero; y todo ello regado con una botella de Kouros, vino tinto y alegre, cosecha de 1997, que le tonificó el cuerpo y le hizo remontar, definitivamente, la resaca.

En una de las multisalas del Eaton Centre, como quien dice ahí, a la vuelta del restaurante, estaban dando un filme del coreano Kim Ki-duk. Lo había visto en el periódico. Era un cineasta que le gustaba, pero dudó si dedicar las horas de la tarde a una historia de cruda violencia, como eran casi todas las de este director. Bueno, iría a verla. Si estaba muy dura, tanto como para que rechinara con su volátil estado de ánimo, abandonaría la proyección. Total, ¿qué podía perder? ¿Trece dólares? Definitivamente estaba muy guasón, como diría su abuela.

Contrario a los pronósticos, la película era de una rara placidez, un rastreo contemplativo por las distintas pasiones del hombre, y todo ello en un escenario de una belleza conmovedora. Primavera, verano, otoño, invierno y… primavera, que así se llamaba el filme, lo sacó por dos horas de su atribulado mundo.

Ya nuevamente en el hotel, fue a la piscina climatizada. Nadó por espacio de cuarenta minutos sin parar, luego se bebió un jugo de naranja y remató el día haciendo zapping en su habitación: todo lo que veía en la televisión le interesaba, desde un reportaje sobre los inuit, hasta un juego de la NBA, pasando por un reality show donde unos bebés competían por ver quién gateaba más rápido en dirección a una mamadera. Luego estuvo buscando algo en la guía de teléfonos de la ciudad. Y así se quedó dormido, el televisor en muting y el grueso libro sobre el pecho.

–Ya es miércoles en esta parte del mundo –se dijo Cucucho al despertar. Estaba descansado luego de una noche sin sueños perturbadores.

Preguntó en la carpeta del hotel si tenía mensajes. Nada. ¿Alguna llamada internacional? Tampoco. Desayunó como un rey, mientras hojeaba el Globe and Mail de ese día, 28 de junio del 2002: “Primer ministro de la India no ve posibilidad de guerra con Pakistán” y “Terremoto golpea noreste de China” eran los titulares más sobresalientes. Alistó el equipaje y lo dejó en la habitación. No le fue difícil encontrar un taxi a esa hora en que Toronto no se había desperezado del todo. Dio la dirección al chofer: 5353 Dundas Street West, y se acomodó en el asiento trasero, dispuesto a disfrutar la inauguración de la mañana en la ciudad.

En el trayecto cortaron Yonge Street, la calle más larga del mundo, que va del lago Ontario hasta la Bahía de Hudson. Pensó que alguna vez le gustaría recorrerla de punta a punta con Bertico, en bicicleta, preferiblemente un domingo. Bertico, que a esa hora, en La Habana, estaría camino de la escuela. ¿Y Elisa? Iría con ellos también, aunque no se podía predecir las vueltas que daría la vida.

Se detuvieron muy cerca de la estación del metro Kipling. El taxista le señaló al frente.

–Es allí.

Cucucho pagó y el hombre, un afrocaribeño, le deseó suerte. La mole de concreto y cristales que albergaba al Citizenship and Inmigration of Canada lo sobrecogió por su fría magnificencia. Fue hasta el vestíbulo, que ya empezaba a llenarse, y se detuvo ante una pizarra que le recordó las utilizadas en las funerarias de La Habana. A duras penas se hizo un lugar frente el panel de letras blancas y fondo negro e inmediatamente sintió un martillazo en la nuca. ¡No podía ser posible! Allí mismo, ocupando las suites 401 y 402, estaba el Consulado de la República de Cuba. Se quedó helado. A sus espaldas sintió la presión de una pareja que hacía por ganar la primera línea; eran ucranianos y traían un niño de brazos. El hombre le dijo algo que Cucucho no entendió. Cedió su espacio a la pareja y se dirigió a los elevadores, donde ya se formaban varias filas. Un campanazo y en sus narices se abrió la puerta mecánica. Sólamente pudieron subir veinte personas, que marcaron el piso al cual se dirigían. Cucucho fue transportado por el tumulto. Quería presionar un número, pero sus brazos no respondían. Entonces creyó oír a un mulato de pantalón vaquero, camisa a cuadros y gafas oscuras, que lo miraba fijamente: “¿Hijoeputa o comemierda?”.

***

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Fuentes / Referencias

Texto de Alex Fleites, publicado por Cañasanta el 1 de diciembre de 2008, según la página original. Recuperado de la copia conservada en Internet Archive. Se limpia el formato y se conserva íntegramente el texto de la fuente, sin reconstruir pasajes.

La firma interior «Por Alex Fleites» confirma la autoría; el registro técnico de la página figura como «Cañasanta». Se conserva la dedicatoria a Ángel García Proveyer.

Alex Fleites

Escritor y autor de «Orquídeas o bromelias», relato publicado en Cañasanta el 1 de diciembre de 2008. La firma interior de la fuente original lo acredita como autor.

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