{"id":5758,"date":"2026-10-27T20:26:38","date_gmt":"2026-10-28T00:26:38","guid":{"rendered":"https:\/\/canasanta.ca\/uncategorized\/corona-de-las-frutas\/"},"modified":"2026-10-27T20:27:26","modified_gmt":"2026-10-28T00:27:26","slug":"corona-de-las-frutas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/canasanta.ca\/en\/cultura\/ensayo\/corona-de-las-frutas\/","title":{"rendered":"Corona de las frutas"},"content":{"rendered":"<p class=\"wp-block-paragraph\">Bastaba en lo quede la prisa o madro\u00f1uelo, un grano de pulpa para que aromoso se esparciera por toda la noche de la doncella. Hab\u00eda en ese buen olor como una conseja del diablo, como la bolsita que abandona cuando tiene que saltar por los campanarios. Delicia moment\u00e1nea de lo infernal, abejas del gusto frente a la avutarda de la estancia perenne, un instante frente a una bocanada fr\u00eda. Antes de venir la fruta a calmar o exacerbar el mediod\u00eda inm\u00f3vil, era tambi\u00e9n un arquetipo para los sentidos de interrogante felpa. La fruta, antes que una provocaci\u00f3n del gusto, era una coronaci\u00f3n de los sentidos, un triunfete de la mansi\u00f3n, al lado de los cuernos del caracol, la curvatura de la hoja, la espina de oro, la oreja. En las vicisitudes de lo frutal, primero la emanaci\u00f3n olorosa, pensamiento de un demiurgo que fue de la corteza del dios fluyente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la exquisitez de sus agriculturas a lo divino, San Francisco de Sales nos toca con su sabidur\u00eda, cuando nos recuerda que si en la lasca lunada de una almendra, grabamos un nombre y lo ajustamos de nuevo a su nuez, todo el fruto repetir\u00e1 el secreto all\u00ed impreso. Parece como si en la almendra hubi\u00e9semos deslizado el nombre de Mar\u00eda. Y todo el nombre dijese y alzase la que de sus entra\u00f1as dio un fruto. La alabanza y la par\u00e1bola repleta, la alianza de la h\u00fameda sombra y del huevo solar, los dones habladores en la canasta de las ofrendas, al lado de un Hermes pri\u00e1pico, que parece responder a la risotada con la cascada semioculta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cuando revisamos la maravilla frutal en manos de un cronista de Indias, nos parece contener, junto al penacho del fais\u00e1n alabancioso, como una decepci\u00f3n comparativa. Como quien elogia una piel, pero sue\u00f1a con un reverso pecoso. Uno de esos cronistas alza el mamey, celebra el rugoso leonado y el suave infierno absorto. Subraya que el hueso tiene \u00abel color y la tez de las casta\u00f1as injertas mondadas; luego est\u00e1 antes que la pulpa, previo en la ajena golosina de la navidad, y ninguna cosa faltar\u00eda para ser las mismas casta\u00f1as si aquel sabor tuviese\u00bb. Est\u00e1 todav\u00eda en el recuerdo barroco del gongorino erizo, el zurr\u00f3n de la casta\u00f1a. En medio de la pulpa americana, busca el cronista la convicci\u00f3n de la almendra amarga, la compresura de la corteza que la fruta alz\u00f3 por lo terrosa.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero el cronista va orientando su navegaci\u00f3n de olores, en persecuci\u00f3n de las dimensiones de la tipicidad americana. La guan\u00e1bana, gorgona sin misterio, chorrea nectarillos y hormigas. Ascendi\u00f3 bondad albina, mariscala azucarada, basta ya el rasgu\u00f1o para limpiarle la corteza. Apunta el cronic\u00f3n: \u00abaunque un hombre se coma una guan\u00e1bana de \u00e9stas, que pese dos o tres libras y m\u00e1s, no le hace da\u00f1o ni empacho en el est\u00f3mago\u00bb. Aqu\u00ed el horno de las transmutaciones pudo llevar la pulpa azucarada al mismo Pegaso sanguinoso, aument\u00f3 el horno porque se lanz\u00f3 en combusti\u00f3n la misma cabeza de \u00e1rbol, hablando con una vocecilla de alquimia dulzaina, terr\u00f3n por lo melosa.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el ondular americano parece como si la naturaleza hubiese alcanzado los frutos de la sabidur\u00eda. Aqu\u00ed el fruto se ha sacado la magia o la maldici\u00f3n para amigarse con las virtudes salut\u00edferas. Si una mujer en el menstruo, nos dice la graciosa sabidur\u00eda de Plinio el joven, pasea por debajo de un \u00e1rbol, los frutos a\u00fan verdeantes, se desprenden inservibles. Por nuestras planicies parece como si el fruto oyese la melod\u00eda de una sangre, que no enemist\u00f3, la criatura con la naturaleza, sino por el contrario, parece como si el juego ascensional, que descansa en la fruta, sintiese las vueltas circulares de una sangre, que transparent\u00f3 hasta el l\u00edmite el misterio de una dependencia, al organizar el esp\u00edritu de una naturaleza invisible, pero exasperada y clamante. Logra as\u00ed el fruto como la ley del traspaso de una plenitud sucesiva. En esa cosmogon\u00eda el fruto se forma en una naturaleza, ni naturalizada ni naturalizante, pero que forma parte del balido, de la sucesi\u00f3n del oleaje de la respiraci\u00f3n de los astros, de la dilataci\u00f3n de las plantas, prolongados dictados donde la sucesi\u00f3n de la plenitud de las formas logra inscribir la posibilidad de una aventura que camine d\u00e1ndonos la espalda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De la medianoche del desierto, dice el profeta Jerem\u00edas, viene el agua turbia, que da los melones del retortijo. De la posibilidad americana, viene un agua ejercitada en adentrarse como un bu\u00f1uelo por las entra\u00f1as de la fruta, redonde\u00e1ndose en la obesidad fuerte del luchador japon\u00e9s. Los antiguos descifradores de lo estelar pon\u00edan en sujeci\u00f3n con el planeta J\u00fapiter, lo dulce, la sangre, lo verde y cetrino. Claros signos de lo americano junto con un agua liger\u00edsima, llevada por la pimienta solar, que se adue\u00f1a como en el sue\u00f1o de la carnosidad de la fruta, destil\u00e1ndose un humor, que hace que el sabor se rinda a la pesadumbre de la pulpa, al mismo tiempo que un escozor se extiende por el marfil, la costa de las enc\u00edas y el cuenco lingual.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cuando en el tratamiento barroco de las frutas, un G\u00f3ngora se acerca a la opilada camuesa, subray\u00e1ndole que pierde el amarillo ante el acero del cuchillo, o un can\u00f3nigo Soto de Rojas, encuentra que el melocot\u00f3n al ser cortado sangra, tienen ambos que ir a una marcha verbal, en donde la exageraci\u00f3n de los primores, revela que el exceso est\u00e1 en la verba, que subraya un encuentro menor, una golosina de melindres. Pero en el paisaje americano, y ahora lo insistimos de nuevo, lo barroco es la naturaleza. Es decir que si un papayo, mantequilla de las frutas, o una guan\u00e1bana, plateado pernil de la dulzura, recibiese el tridente de la hip\u00e9rbole barroca, ser\u00eda un grotesco, imposible casi de concepci\u00f3n. Lo barroco, en lo americano nuestro, es el fiest\u00f3n de la alharaca excesiva de la fruta, lo barroco es el opulento sujeto disfrutante, prendido al corpach\u00f3n de unas delicias, que en las miniaturas de la Persia o Arabia, eran sopladas escarlatas, yemas de los dedos, o pelusillas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la clasificaci\u00f3n arbitraria de nuestras frutas, las hay en las que predomina la pasta lunar, con l\u00edquido azucarado, como caimitos, con sus ribetes de monse\u00f1orato, o la derramada guan\u00e1bana. Las hay con el mismo l\u00edquido aljofarado labrando la tierra, como el mamey, que atolondra al extranjero, brind\u00e1ndole por el color un infierno cordial\u00edsimo. Hay las grandes bandas frutales, tan vehementes como las dos familias de gatunos y caninos, los que alzan el mamey sobre la pi\u00f1a. No soy yo de los que me encuentre en esa banda del gusto, que sigo manteniendo como la postura de1 triunfo de la pi\u00f1a, dicho por todos los citaredos. Su corteza no es de las que ceden al rasgu\u00f1o, antes bien sus escamas parecen guardarla hasta de la ca\u00edda al mar. Su pulpa hay que reencontrarla con el cuchillo, libr\u00e1ndola de unas tachuelas que est\u00e1n como ijares que acicatean la perfumada evaporaci\u00f3n. Llevarla al gusto, en el punto donde su dulzor proclama, es ya una muestra de saber trabajar los manjares. Su perfecci\u00f3n sutil\u00edsima es tan grande, que es como una visagra con su corrupci\u00f3n. Cuando el color cremoso de la masa comienza a trazar como unos eclipses y oscurecimientos, parece que convertidos en sombra nos deslizamos por las estalactitas del para\u00edso. Desde Carlos V hasta Talleyrand, nombres de cl\u00e1sica robustez o de la demon\u00edaca exigencia, han proclamado la extensi\u00f3n de sus dominios en el cielo del paladar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los cronistas de aguacate llaman pera, sorprendidos de esa mezcla de almendra y de pera, de aceite y de misteriosa linfa. Don Juan Montalvo, le llama con desd\u00e9n carne de perro vegetal y la reh\u00fasa en sus banquetes. Qu\u00e9 horror. Deslumbra tanto como la pi\u00f1a, aunque su carne es muy a lo humano. Gran asimiladora de la lluvia, la pi\u00f1a se le adelanta por su absorci\u00f3n del roc\u00edo del amanecer. Pero hay un roc\u00edo de la medianoche, casi lluvia de caladillo, que parece irle derechamente a la entra\u00f1a del aguacate. Esta natural retorta de almendras, regala todos los d\u00edas de medio a\u00f1o, el pur\u00e9 cotidiano de lo maravilloso incorporado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Como esos combates entre divinidades lunares y solares, tan frecuentes en la India, el mango guarda en su corteza como la diversidad de una paleta crepuscular, o unas valvas moluscoidales de amanecer. Medialuna morada, espirales amarillos, crecientes verdeantes, guardan el ofrecimiento de una pulpa solar acompasada. El yodo que decanta, prez de los capilares, est\u00e1 en las musc\u00edneas de los comienzos. Yodo de algas, de estrellas de mar, de holoturias que chillan los bandazos de la marea. Cuando nos enteramos que dio cuatro frutos el primer \u00e1rbol de mango sembrado, que fueron vendidos a onza cada uno, precisamos la magia equivalente de aquella contrataci\u00f3n, un oro de pulpa, que era cambiado por un oro de fiducia. El precio del sabor de este fruto, guarda siempre como la nostalgia de aquella onza. Nuestro gusto paga siempre una onza por este asombro de germen solar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En un tr\u00f3pico que no es el nuestro, el de Pablo y Virginia, el crecimiento de un \u00e1rbol es la marca de una ausencia. En el nuestro, el \u00e1rbol frutal forma parte de la casa, m\u00e1s que del bosque. Forma plena la de la fruta, es la primera lecci\u00f3n de cl\u00e1sica alegr\u00eda. Es un env\u00edo de lo irreal, de una naturaleza que se muestra sabia, con un orden de caridad, indescifrable, que nos obliga a ensancharnos. No dan esas frutas por la incorporaci\u00f3n, una plenitud m\u00e1s misteriosa que la imagen en el camino del espejo. Si tap\u00e1semos todos los espejos, por donde transita la muerte, las frutas de nuestro tr\u00f3pico, al volver a los comienzos, alcanzar\u00edan la plenitud de su di\u00e1logo en ese tiempo mitol\u00f3gico. Son un eco, no descifrable, de la dicha total interpretada. Preludian el \u00e1rbol que acoge la transparencia del \u00e1ngel, las conversaciones del hylamhylam con el colibr\u00ed.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Lezama Lima recorre el universo sensorial de las frutas americanas. 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