{"id":2990,"date":"2026-10-16T21:57:33","date_gmt":"2026-10-17T01:57:33","guid":{"rendered":"https:\/\/canasanta.ca\/?p=2990"},"modified":"2026-10-16T21:57:33","modified_gmt":"2026-10-17T01:57:33","slug":"pedro-sevylla-de-juana-la-musa-de-picasso-narrativa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/canasanta.ca\/en\/cultura\/narrativa\/pedro-sevylla-de-juana-la-musa-de-picasso-narrativa\/","title":{"rendered":"Pedro Sevylla de Juana :: La musa de Picasso :: Narrativa"},"content":{"rendered":"<div style=\"font-family:Georgia,serif;font-size:19px;line-height:1.8\">\n<p>Est\u00e1 Pablo Ruiz Picasso, p\u00e1rvulo, Plaza de la Merced, en M\u00e1laga, robando jirones de luz a la ciudad, como quien escamotea a la vista de la vendedora manzanas rojas, verdes, amarillas, del atestado puesto del mercado. La frutera no se inmuta porque en su abundancia es generosa con la necesidad, y aquel p\u00e1rvulo, alimentado de luz y de l\u00edneas secantes, ha sido destinado a alumbrar el llamado Arte Moderno; corte, escisi\u00f3n, tajo de alfanje, a manera de salto brutal en una evoluci\u00f3n que no va a dejar t\u00edtere con cabeza, convirtiendo el presente, hecho y derecho, en picadillo.<\/p>\n<p>Asiste a clase lo imprescindible para saber el origen de las cosas, los principios del hombre y la extensi\u00f3n exacta del Universo; recogiendo, en el \u00ednterin, algunos de los materiales con los que, siendo adulto, jugar\u00e1 a reproducir lo visto, lo intuido, lo so\u00f1ado, lo imposible. Colores, formas, superficies, vol\u00famenes, energ\u00eda, inspiraci\u00f3n, equilibrio y armon\u00eda po\u00e9tica que caben en un pozo profundo mediado de aguas finas. Perge\u00f1a para el Arte un Nuevo Orden, dispone una Vanguardia, avienta una Est\u00e9tica de \u00faltima cosecha; depura, doma, renueva, agita, revoluciona la Vieja Realidad.<\/p>\n<p>Los juguetes del ni\u00f1o Picasso -un caballo de cart\u00f3n regalo de su abuela materna, un parch\u00eds, testigo involuntario de alguna historia desgraciada; un rompecabezas formado por exaedros depositarios de seis posibilidades- son juguetes instructivos que entretienen desarrollando las capacidades innatas. Mas las piezas l\u00fadicas en sus manos se hacen herramientas, materia prima de futuras creaciones, origen de mundos en mutaci\u00f3n constante, verdad personal destinada a ser compartida; parcial, es cierto, pero asumida m\u00e1s tarde como propia por los coet\u00e1neos y herederos.<\/p>\n<p>Picasso, infante a\u00fan, es ya un arroyo impetuoso, un torrente que se debe encauzar para que no rebose energ\u00eda desperdici\u00e1ndola en arideces. Corre, brinca con su perro, descubre el mar inmenso y la arena incontable, saluda a su t\u00edo, jefe de los m\u00e9dicos del puerto, partero de su madre cuando Pablo tuvo el antojo de nacer, once y cuarto de la noche; y se encuentra a gusto si logra salirse con la suya y llevar adelante sus empe\u00f1os. Ama y odia en alternancia a los mismos objetos, a id\u00e9nticas personas; ama y odia hasta someter a unos y a otras a su inabordable tiran\u00eda. Resplandece en los dibujos la originalidad del dise\u00f1o, trazos desbocados capaces de engullir la inercia de un mundo que viene de lejos; arrasando los imperios individuales en que se sustenta, los credos m\u00e1s desarrollados que lo explican. Por fortuna, vigilante de todo acontecer, camina a su lado la dorada barba del padre, \u00fanica imagen respetada, por cuyo solo influjo se somete a las coordenadas m\u00e1s estrictas.<\/p>\n<p>All\u00ed comienza una musa a seguirlo, en esas tempranas horas del primer trabajo acabado, para que se habit\u00fae poco a poco a su compa\u00f1\u00eda, a su valimiento. Procede de inn\u00fameros artistas fenecidos, desde el original dibujante rupestre, hasta Jean-Auguste-Dominique Ingres, a quien dej\u00f3 apenada el d\u00eda de su muerte. Vag\u00f3 casi cuatro lustros hasta convencerse del ingenio y el empuje del nuevo protegido. Habiendo decidido de manera categ\u00f3rica servir al ni\u00f1o inquieto de penetrante mirada, escolta a Picasso esa especie de sombra, que tiene mucho de humana porque en cierto modo representa la conciencia del padre, transmisora de un credo que el d\u00eda de ma\u00f1ana formar\u00e1 parte esencial de su verdadero pensamiento independizado. La musa posee la clarividencia de un maestro, eterna educanda en investigaciones progresivas; la lucidez de un poeta de la expresi\u00f3n art\u00edstica, la tenacidad de un soldado sobrepuesto a cien derrotas. Ser\u00e1 un \u00e1lter ego desarrollado en el fondo de la intimidad, dotado de criterio propio que el protegido tendr\u00e1 muchas veces en cuenta. Si lo cree necesario se convertir\u00e1 en censuradora, pues posee alguna habilidad para el trazado de l\u00edmites, est\u00e1 especializada en armonizar dimensiones y sabe introducir tierra y mar en el lienzo, al hombre concreto y al abstracto. Pero no insufla ideas en las mentes cerradas, ni dicta a los indolentes el modo de ponerlas en pr\u00e1ctica. Ha sido dotada de un talento fuera de lo com\u00fan y de una pasi\u00f3n enorme; y los pone al servicio de cada uno de los intentos que suceden al vig\u00e9simo.<\/p>\n<p>La musa vislumbra la necesidad del padre que Pablo Ruiz Picasso encubre; silueta alargada, \u00e1urea barba, modales exquisitos. A los cinco a\u00f1os concluye el novicio su primer retrato, y con ser de gran ayuda, determinante acaso, qu\u00e9 peque\u00f1o queda el gesto de don Jos\u00e9 Ruiz, llevando la mano que sujeta el carboncillo o desliza el difumino, exigiendo insistencia hasta la extenuaci\u00f3n. Min\u00fasculo, frente a la beligerante actitud adoptada cuando el trabajo ha concluido. Porque el arte lo es, si exhibido sin pudor recibe las miradas ajenas; aprobaci\u00f3n, indiferencia o rechazo. Y ah\u00ed su padre juega un papel esencial al convencer a la esposa, ama de casa renuente a la cesi\u00f3n de una pared estrat\u00e9gica. Fovorece el progreso del ni\u00f1o la circunstancia ins\u00f3lita de disponer de una sala de exposiciones; y lo es el recoleto recibidor de las visitas, algunas versadas en cuestiones pict\u00f3ricas. La necesidad del padre, sobrepasados los naturales afectos, en Picasso llega hasta la brumosa ma\u00f1ana coru\u00f1esa, momento solemne en que recibe los viejos \u00fatiles y el malet\u00edn de colores de su progenitor. \u201cTe entrego mis pinceles\u201d, dice la musa que dijo don Jos\u00e9 \u201cya puedes pintar, ahora dominas el dibujo. Pero recuerda, los pinceles son instrumentos de la ideas, de la t\u00e9cnica, de la intuici\u00f3n; ellos, de por s\u00ed, no dan cuerpo a los cuadros. Obedecen a la mano, pero la mano se somete a la cabeza y al coraz\u00f3n; siente, pues, y practica\u201d.<\/p>\n<p>Tras la ceremonia inici\u00e1tica ya es derechohabiente; ha ingresado en el amplio c\u00edrculo de artistas donde su padre milita, espacio defendido con n\u00famerus clausus de intrusos faltos de legitimidad. Anillo integrador de aros menores que albergan otros cada vez m\u00e1s reducidos. Conformado el sistema por circunferencias conc\u00e9ntricas, el conjunto escuda el nimbo de los que ya conocen la gloria, \u00faltima corona protectora de siete artistas preeminentes. Forma parte Picasso, en la orilla a\u00fan, de la reserva cultural que crece en los momentos de libertad y progreso, disminuyendo en los per\u00edodos tristes de guerras y posguerras. Aprender es su mira inmediata y as\u00ed lo expresa, aunque tan apagado que s\u00f3lo la musa lo escucha; tiene intenci\u00f3n de irrumpir, \u00fanico provecho del esfuerzo y la devoci\u00f3n, en el recinto exiguo que incluye a El Greco, que contiene a C\u00e9zanne; relegando al t\u00e9rmino de su adiestramiento la ambici\u00f3n desmedida de ser uno de los siete, verdaderos genios capaces de maravillar al mundo con sus trazos; desde las cavernas hasta el l\u00edmite que pongan los siglos.<\/p>\n<p>La musa del pintor -hasta ahora circunscrita al cumplimiento de misiones de tutela- pretende tomar la iniciativa encaminando los pasos de Picasso adolescente. Metida de lleno en la nueva tarea, propicia que, sirvi\u00e9ndose de tiza sustra\u00edda de las clases, dibuje el muchacho en las paredes del Instituto Da Guarda suaves paisajes del a\u00f1orado mediod\u00eda y palomas portadoras de ramitas de olivo. El trazo en\u00e9rgico de las l\u00edneas que conforman las alas y el pecho, habituado a resistir las embestidas del aire, facilita la fuerza necesaria para emprender el vuelo y elevarse sobre las cosas, por encima de las ideas. Pinta Picasso, imberbe, muchachas p\u00faberes de formas caprichosas, que una vez trazadas se enamoran de \u00e9l y le rinden el tributo del candor y los sue\u00f1os sensuales. Porque hay en el pozo de sus ojos un magnetismo que atrae, porque se mueven sus brazos con un adem\u00e1n tan decidido que da seguridad; y su testuz de toro bravo posee tal fuerza en reposo, que parece estar en disposici\u00f3n de defender todas las causas justas que en el mundo existen.<\/p>\n<p>La musa sospecha que Pablo Ruiz no ser\u00e1 Picasso -due\u00f1o de s\u00ed, expandido- hasta mil ochocientos noventa y siete, cuando la rebeli\u00f3n conquiste el \u00faltimo reducto sagrado, sobrepasando su est\u00e9tica al elegante y desenvuelto estilo del padre; cuando lo que desea ser d\u00e9 un golpe de mano a lo que es, tomando las riendas. Con paso de tan enorme consecuencia, zancada debida a la madurez y a la disposici\u00f3n, tratar\u00e1 de ampliar el reducido \u00e1mbito que representan en sus ra\u00edces lo castellano, lo vasco, lo espa\u00f1ol; sin desde\u00f1arlo, trascendi\u00e9ndolo. Tomar\u00e1, con ese gesto simb\u00f3lico, la ciudadan\u00eda del mundo, que en \u00e9l evoca, por lejano, por europeo, lo italiano de su origen. A pesar de ello, se percatar\u00e1 muy pronto de que el primitivo Ruiz y el evolucionado Picasso coinciden en la visi\u00f3n de un \u00faltimo horizonte de l\u00edneas y colores, que no es sino la expresi\u00f3n de la Obra, resultante de todas las tentativas pict\u00f3ricas, de todos los estilos y tendencias. Obra o Cuadro con may\u00fascula, producto de los cien a\u00f1os de su trabajosa investigaci\u00f3n y de media eternidad antecesora: Jan Van Eyck y la revoluci\u00f3n oleaginosa, lo germano sobre lo latino, lo extra\u00f1o por encima de lo propio, hasta las cuevas decoradas en el neol\u00edtico. \u201cIntr\u00ednsecamente, de El Quinto Sello, de Dom\u00e9nikos Theotok\u00f3poulos, a las Demoiselles, hay m\u00e1s distancia que entre el primer cuadro de Picasso y cualquiera de los \u00faltimos, de mil novecientos setenta y dos, pongamos por caso\u201d. As\u00ed de tajante es la musa al respecto.<\/p>\n<p>Los protagonistas del cuadro Les Demoiselles D\u00b4Avignon, \u00f3leo sobre tela culminado por Pablo Ruiz Picasso entre junio y julio de mil novecientos siete, son, de izquierda a derecha: una mujer concebida como var\u00f3n que llega del proscenio sosteniendo una cortina, personaje del que la musa explica su condici\u00f3n de m\u00e9dico en ciernes; una se\u00f1orita desnuda o casi, brazo zurdo alzado, mano detr\u00e1s de la cabeza; otra se\u00f1orita situada al fondo de la escena, los dos brazos elevados, las manos ocultas y un lienzo que realza lo que no alcanza a cubrir y lo cubierto; un diestro marino que en un estudio previo -gouache sobre papel- l\u00eda un cigarrillo; y una mujer sentada que se muestra sin fingimientos. Personajes que hablan un lenguaje a\u00fan no formulado, sabi\u00e9ndose banderas de la nueva expresi\u00f3n art\u00edstica y verdugos de la precedente; s\u00edmbolos de una proclama premeditada, meditada y, a la postre, lanzada como una jabalina sobre el buen gusto de un pasado que all\u00ed, a sus pies, herido de muerte, agoniza. Conoce la musa que lo vivido por Picasso hasta entonces, ten\u00eda como meta velada, contribuir en alg\u00fan momento impreciso a la concepci\u00f3n de este Cuadro, y que el resto de su vasta producci\u00f3n pivota sobre \u00e9l, incluso su obra magna bautizada Guernica.<\/p>\n<p>El d\u00eda concreto en que Picasso recibe de un cierto G\u00e9ry Pieret el producto del provocador robo del Louvre: dos vasos ib\u00e9ricos; la musa que examina el \u00edntimo car\u00e1cter del genio no est\u00e1 presente -raro hecho en alguien consustancial- y se pierde la \u00edntima alegr\u00eda reflejada en el espejo del rostro y el supuesto deseo de propiedad que deja entrever. Aprecia, y para el caso es lo mismo, el brillo de las pupilas codiciosas ante la m\u00e1scara fang que Vlaminck dona a Derain; o un rictus complacido, brotado el d\u00eda singular de principios del est\u00edo al visitar el Mus\u00e9e d\u00b4Etnographie del Trocad\u00e9ro, cuando le es revelada toda la pureza del arte primitivo.<\/p>\n<p>Los personajes del cuadro Les Demoiselles d\u00b4Avignon, poseen vida previa y disfrutan de una evoluci\u00f3n que tiene mucho que ver con la marcha del hombre. Sucede a partir del verano de mil novecientos seis, cuando el artista inicia los trabajos preparatorios, encinta ya su mente de luces y oscuridades, de las formas m\u00f3rbidas que las ba\u00f1istas exhiben en las playas ardientes. Maneja Picasso los pinceles como vertederas que arrancan inestimables vestigios ancestrales o tapan las semillas dejadas en el surco, pr\u00f3ximas al arroyo que asegura el riego. Porta la herencia del pintor rom\u00e1nico, del g\u00f3tico, del hombre del renacimiento; camina avizor de todos los antecesores, bebe en sus fuentes hasta la complacencia o el ahogo; y avanza a la manera del progreso, rompiendo consigo mismo, pisando sobre los escombros de los modelos.<\/p>\n<p>La musa semeja a su debido tiempo un chiquillo, un adolescente, un hombre maduro o un anciano; y con la excepci\u00f3n conocida sigue a Picasso a todas las partes. Observa, anota, valora y saca conclusiones, ayudada en cada momento por la clarividencia intr\u00ednseca. Rememora acaeceres remotos y va descubriendo afinidades hasta que los sucesivos cotejos se ponen de parte del presente. Mantiene la musa el cambiante ritmo seguido por el pintor, jinete Picasso hecho ya al desbocado caballo que monta, bien aprendidos los quiebros, asido a las abundantes crines. Sin deterioro del sincronismo alcanzado, al colegial Pablo Ruiz le cohibi\u00f3 cien veces la inevitable presencia de la musa: generosa porque carece de objetivos propios, obstinada porque en la insistencia cifra el \u00e9xito.<\/p>\n<p>Silueta recortada en los contraluces urbanos: personas obligadas a caminar en zigzag como serpientes y callejuelas definidas por las l\u00edneas curvas de las fachadas: de la mano del muchacho que va para pintor la musa descubre Barcelona, estudia Bellas Artes en Madrid, se da de bruces en el Museo del Prado con el Giotto, los Flamencos, Goya, Vel\u00e1zquez, Cranach, el Greco; cura la escarlatina en Horta de San Joan y recibe el impulso derrochado por Picasso en su continuo deambular entre artes distintas: pintura, grabado, escultura, cer\u00e1mica; dominador de los cuatro elementos persiguiendo la creaci\u00f3n pura, al margen de los materiales empleados. De Altamira a la realidad virtual rastrea la musa las Edades del Hombre, hasta comprender al animal civilizado por el pensamiento, capaz de suavizar sus h\u00e1bitos, desde comer cong\u00e9neres hasta alimentarse en exclusiva de yerbas a punto de ser engullidas por vacas, con cuyos cad\u00e1veres se alimentar\u00e1n otras yerbas.<\/p>\n<p>Las barreras que a lo largo de su vida cerraron el paso al rebelde Pablo Ruiz, fueron desencadenante, al decir de la musa, de cientos de acres esbozos, cartas dur\u00edsimas, manifiestos, relatos, obritas de teatro y peque\u00f1os poemas que el autor ocultaba junto a pedazos de intimidad y ensayos fallidos. En ocasiones el cerebro de Picasso se encuentra henchido de c\u00f3lera divina, aquella que expuls\u00f3 del Templo a los mercaderes, y haciendo suyo el Dogma del Medievo lo esgrime como espada flam\u00edgera, como tiz\u00f3n al rojo; y con \u00e9l rasga la seda de la hipocres\u00eda e incendia el mundo acomodado que lo ahoga. Luego, los truenos agonizan, la lluvia escampa y un olor a tierra fresca invade el recinto, hasta que poco a poco los amigos se atreven a levantar cabeza.<\/p>\n<p>Tanto como Barcelona le dice el Par\u00eds de mil novecientos a Picasso, que parte de la cervecer\u00eda de \u201cEls quatre gats\u201d de Pere Romeu, refugio y escuela. Le explica lo mismo la capital francesa pero emplea palabras m\u00e1s vigorosas, y su discurso acaba convenci\u00e9ndolo. Las personas con las que coincide poseen un barniz de lucidez que s\u00f3lo se expende en Montparnasse, y los temas de conversaci\u00f3n siendo id\u00e9nticos son m\u00e1s universales, m\u00e1s trascendentes. Si en el Paralelo el arte depende de la Vida, en el Barrio Latino la vida parece supeditada al Arte. En opini\u00f3n meditada del desplazado, Par\u00eds es a Barcelona lo que Barcelona a Horta de San Joan.<\/p>\n<p>En el Louvre se da de manos a boca con la Coronaci\u00f3n de la Virgen, de Fra Ang\u00e9lico; La Nave de los Locos, de El Bosco; La Gioconda, de Leonardo. Admira los Dos Esclavos, esculturas gemelas de Miguel \u00c1ngel; los retratos que de Covarrubias pint\u00f3 El Greco y de Descartes, Frans Hal. Se detiene largo rato ante el Desnudo de Betsab\u00e9, de Rembrandt; los Funerales de San Buenaventura, de Zurbar\u00e1n; la Adoraci\u00f3n de los Pastores, de La Tour; Las Ba\u00f1istas, de Fragonard. Y algunas de sus preguntas est\u00e9ticas reciben abundantes respuestas de Ingres, Courbet, Corot y Daumier. La existencia discurre vertiginosa en la capital del arte, y lo que all\u00ed sucede parece tener una importancia decisiva para la armon\u00eda de los mundos, l\u00e1mparas colgadas de un techo oscuro y elevado. Se apasiona Picasso con el desgarrado Toulouse-Lautrec y los impresionistas, y oye a la \u201cCiudad Luz\u201d dictar principios tan claros, tan llenos, que no puede asimilar todo el contenido y ha de regresar al remanso de M\u00e1laga -donde sus ra\u00edces ahondaron durante diez a\u00f1os y a\u00fan son robustas- en busca de base y referencia.<\/p>\n<p>Digerida ya la primera ingesti\u00f3n, desde la tierra inicial vuelve a la villa de Par\u00eds; regresa con el simple prop\u00f3sito de entregarse y conquistarla. A partir de ese momento el hombre supera en trascendencia a las cosas, encabeza el desfile de la naturaleza, dirige el concierto universal. Max Jacob ve, junto a la musa, como en el fr\u00edo invierno de 1902, persiguiendo el calor esquivo, la estufa consume ochocientos noventa y seis apuntes que el espa\u00f1ol tom\u00f3 del natural y de la memoria a partes iguales, en horas de tumultuosa iluminaci\u00f3n. No importan las privaciones; inspira all\u00ed el aire expirado por Apollinaire y Cocteau y conoce a los surrealistas nacidos de las cenizas del dada\u00edsmo. El tiempo camina a su costado, pero Picasso no espera asistencia del tiempo: abre veredas en selvas o pedregales, y cuando los seguidores las convierten en caminos, inicia otras nuevas. Busca sus amigos entre los escritores, y si acepta a alg\u00fan pintor, como Braque y Derain, ve en ellos cualidades literarias. Y a pasos o zancadas se acerca al Cuadro.<\/p>\n<p>La musa desea conocer el desgaste derivado del pret\u00e9rito y la cantidad de futuro que el destino reserva al pintor; examina con ese solo objeto la calidad e intensidad de los trazos, con los cuales, como con un bistur\u00ed, Picasso disecciona los d\u00edas ah\u00edto de gloria y saturado de pigmentos. Ante un envite interesante juega todas sus cartas; una tras otra en pos del triunfo. La mujer es uno de sus motores y si alguna lo atrae, despliega su cola de pavoreal hasta conquistarla. Es animal su forma de cortejo, lleno de probadas claves primitivas que dan resultado en otras especies. Finge si es necesario y juega a ser \u00e9l, desarrolla una imagen que imita a la propia, act\u00faa el hombre. Mas si todo falla -aunque lo odia porque ataca a sus convencimientos m\u00e1s profundos- exhibe al artista de m\u00e9rito y lo sube al desequilibrado platillo de la balanza.<\/p>\n<p>En su \u00faltimo ensayo Matisse le muestra a Picasso la naturaleza encontrada m\u00e1s all\u00e1 de ella misma, la material discontinuidad de las c\u00e9lulas organizadas en islas, agrupadas en archipi\u00e9lago vital. T\u00e9cnicas que cuentan con la complicidad del ojo para ser percibidas en toda su magn\u00edfica impureza. Y all\u00ed est\u00e1 la musa, menuda, modesta, con la disimulada fascinaci\u00f3n de un chiquillo que doma un balanc\u00edn, c\u00f3mplice de los dos maestros que se comunican a media voz secretos enigmas, vedados al resto de la humanidad. Acerca los pinceles trocados, confunde la intenci\u00f3n y logra otra nueva, contribuyendo seg\u00fan su entender a la anarqu\u00eda que acaba dando de s\u00ed fingidas im\u00e1genes, sustitutas aventajadas de la realidad.<\/p>\n<p>No ignora la musa a estas alturas que el \u00f3leo prefiere el lienzo de lino al de c\u00e1\u00f1amo; que la pintura, para evitar el virado al amarillo, precisa un secado de casi doce meses antes de recibir el barniz. Tal como es, experta, puede valorar los trabajos obsesivos que Picasso se toma para hacer de las \u201cDemoiselles\u201d el Cuadro. Durante el oto\u00f1o de mil novecientos seis, sirvi\u00e9ndose de sus incorp\u00f3reas manos, de sus ojos transparentes, junta la musa cincuenta y ocho ensayos y los aglutina en un cuaderno: l\u00e1piz y tinta china sobre el papel de las hojas apaisadas, cosidas con un cordel y protegidas del roce por unas pastas de cart\u00f3n recubierto de tela: desnudos de frente o de perfil, erguidos o sentados, en movimiento o est\u00e1ticos; retratos, autorretratos, cabezas, rostros, manos, orejas, pies; y varias p\u00e1ginas en blanco que contienen mil proyectos a\u00fan sin concretar, los m\u00e1s airosos.<\/p>\n<p>Kandiski, Klee y veintitr\u00e9s pintores cuyos nombres o sobrenombres comienzan por Ka, como Kokoschka, son acusados de copiar a Vel\u00e1zquez, Vermeer, Van Gogh y otros veintid\u00f3s pintores cuyos nombres comienzan por Uve. Picasso es el defensor de los copistas dado su conocimiento de los copiados; y un cuervo que abre las alas oscuras, negras de un negro azulado, rojizo y amarillento; de un negro rodeado de negro, en representaci\u00f3n de los pintores que comienzan por Erre, Rivera el primero, se ocupa de los intereses de los copiados. Hace de juez el Sentido Com\u00fan y demuestra que no hay tal plagio; pisa el carpintero las tablas de los pelda\u00f1os iniciales en su intento de colocar las duelas de los posteriores, anticipados a los que alcanzan el segundo piso y el tercero.<\/p>\n<p>En el acto de atravesar una laguna creativa descubre la musa al Pintor; con destreza de sic\u00f3logo descompone recuerdos que pueden servir de asidero. Tras ese fin rememora un paseo en mula desde Tortosa a Horta de San Joan; cuyo recorrido le mostr\u00f3 la vida y su ensayada parsimonia: desde el enjuto jefe de estaci\u00f3n silbando sin pito la orden de salida al tren, hasta un pastor mudo que se expresaba con gestos cargados de energ\u00eda, punzones las manos grabando mensajes sencillos sobre el encerado del aire.<\/p>\n<p>Ofrece Picasso a los ojos verdes de Fernande Olivier la belleza del arambol, hierro y madera conjugados, en su nuevo estudio de la rue Ravignan. Penetra la musa tras ellos en las m\u00e1gicas formas de un edificio ignorante del arriba y abajo, laberinto ruinoso y esplendente de escaleras, puertas y pasillos. En el bateau lavoir, nombre dado al espacio por Max Jacob, la musa vivi\u00f3 a sus anchas rodeada de poetas, fil\u00f3sofos, escultores, enredados en constantes discusiones art\u00edsticas y filos\u00f3ficas, en diab\u00f3licas y angelicales avenencias.<\/p>\n<p>El d\u00eda en que Picasso cumple veinticinco a\u00f1os, se sincera con el dulce amigo Juan Gris para aligerar su \u00edntima carga. Como el subversivo que trama arrojar una bomba al paso del rey, le avisa con voz de secreto: \u201cEl cuadro que concluyes, signado Juan Gris, alcanzar\u00e1 el honor de ser el \u00faltimo del orden arcaico;\u201d y lo apremia, porque en solitario emprende la cruzada. Lleva \u00e9l, en su interior de aut\u00e9ntico revolucionario, mil lienzos enroscados como serpientes y cuatro enmarcados, entre ellos est\u00e1n, la Mujer ante el Espejo, las Se\u00f1oritas de Avi\u00f1\u00f3n y el enorme Guernica, que le causa un da\u00f1o atroz en la frente y en el pie derecho, puntos de coincidencia de dos esquinas.<\/p>\n<p>Intentando las Demoiselles d\u00b4Avignon, el verano de mil novecientos seis, para hacer mu\u00f1eca toma apuntes; uno de ellos, en gouache sobre papel, lo forman Tres Desnudos -dos mujeres y un hombre- y escribe en los m\u00e1rgenes frases po\u00e9ticas que rompen el encanto existente estableciendo otro nuevo, entronizando la palabra como signo pict\u00f3rico, acrecent\u00e1ndola, espigando el dibujo. Ah\u00ed se conjugan las claves arcanas que representan el cosmos, portado -objeto de la gravitaci\u00f3n universal- debajo de la boina, sobre las recias mand\u00edbulas.<\/p>\n<p>Toma Picasso prestados los lienzos que m\u00e1s lo interesan en ese instante, dominio de maestros: El Ba\u00f1o Turco, de Ingres; Las Tres y las Cinco Ba\u00f1istas, de Paul C\u00e8zanne; El Quinto Sello del Apocalipsis, de El Greco; El Desnudo Azul -recuerdo de Biskra- de Henri Matisse; Las Ba\u00f1istas, de Andr\u00e9 Derain, entre ellos. Acepta, tambi\u00e9n, el arte prehist\u00f3rico introducido en su cabeza a trav\u00e9s de los ojos, lucernarios inmensos; y empareja, bueyes de su carreta, la t\u00e9cnica aprendida con las aspiraciones que le impulsan a alcanzar lo sublime. Uncida la yunta, agradece a su padre la f\u00e9rrea disciplina inculcada, rigidez de normas que le ha sido muy \u00fatil. Hace meses que acarrea el caldo nutricio, veinticuatro horas diarias en los men\u00edngeos matraces, hasta que la reacci\u00f3n se produce y pinta, ara, surca el mar con su ca\u00f1onero y alcanza tierra firme en un esquife. D\u00edas enteros, noches enteras, fragmentos, figuras completas, ensayando, analizando, mezclando como alquimista buretas y pipetas, conjugando como m\u00fasico piano y viol\u00edn, rasgueos de guitarra; hasta que va saliendo el cuadro miembro a miembro, esquinas, bordes, tormento a tormento, siempre en presencia de la musa, que toma nota de cuanto ve y cuanto sospecha, para que la posteridad conozca las dificultades de ese parto. Se suceden las cuatro estaciones, fr\u00edo y calor, inquietudes y certezas, y la musa comprende -lo aprecia en la amplitud de la mirada con que el pintor la contempla- que Picasso est\u00e1 satisfecho de esa pintura tan avanzada. En cuanto se seque y el barniz no suponga un peligro para los colores, al margen de las coordenadas conocidas, habr\u00e1 de colgarse de la b\u00f3veda celeste Les Demoiselles d\u00b4Avignon. Ha vertido en es pintura su acervo \u00edntegro y puede que con ella haya logrado el Cuadro. Satisfecho de su capacidad, cree el genio llegado el momento de prepararse para el Guernica, que quiz\u00e1 tarde en llegar treinta a\u00f1os.<\/p>\n<p>La musa sorprende enfermo a Picasso, \u00falcera abierta en el est\u00f3mago, saco receptor de todos los males. Pero el doctor Guttman no ausculta la mente, asiento real de las dolencias; si lo hiciera hallar\u00eda un virus que se debilita y refuerza a intervalos irregulares, un germen que no se puede destruir sin matar la propia vida porque es su ra\u00edz. No merece la pena levantarse en semejantes d\u00edas, cuando el bacilo posee las fuerzas que arrebata; no merece la pena pintar, ni hablar con Balthus sobre pintura. \u201cQu\u00e9 sabe \u00e9l, qu\u00e9 s\u00e9 yo, qu\u00e9 sabe nadie del retrato; qu\u00e9 sabemos los pintores del aire que envuelve a las figuras, de la sangre que va y viene por venas y arterias, de los sentimientos y opiniones que anidan en cabezas o pechos, de la savia que recorre las ramas del olivo, de la eternidad que hace sensibles a las piedras; qu\u00e9 conoce el hombre de la esperanza del hombre, de la estrella polar que ordena el caos en cosmos frente a ella, marcando la senda a todo el universo nocturno; qu\u00e9 sabe nadie de lo desconocido, qu\u00e9 sabemos los pintores de pintura.\u201d<\/p>\n<p>En un momento de tregua determina irse a la casa de Dora Maar, situada en la Vaucluse. Llegado a M\u00e9nerbes, para calmar la opresi\u00f3n enciende la chimenea y observa fascinado el fuego, traza l\u00edneas m\u00f3viles sobre m\u00faltiples hojas de papel, las dota de suficiente profundidad para que se perciban todas las llamas, una tras otra, una delante de otra, una al lado de otra, separadas las unas de las otras; aisl\u00e1ndolas, individualiz\u00e1ndolas y concedi\u00e9ndoles la importancia que no le dan al insistente dolor -avisador del mal como alcandora en collado- ni el m\u00e9dico ni los que se dicen amigos.<\/p>\n<p>Disminuye su asombrosa fecundidad creadora y trata de leer las cartas de Olga Koklova: letras desiguales mezcladas sin orden ni concierto, m\u00e1rgenes invadidos, l\u00edneas dibujadas de arriba a abajo, expres\u00e1ndose en todos los idiomas conocidos por ella -ruso, espa\u00f1ol, franc\u00e9s- o por ella inventados, perfilando ondulaciones de n\u00e1ufrago que se arrastra en el desierto. Y al menos durante un segundo cree a Olga la iluminada que conoce el secreto, esa revelaci\u00f3n vital esperada desde los cinco a\u00f1os, cuando expuso en el recibidor de casa su primer retrato. All\u00ed, en los poemas que son resplandores \u00edgneos, est\u00e1 ella con su sabidur\u00eda animal, con su tel\u00farico conocimiento de las tormentas y la ca\u00f1a de medir los acantilados.<\/p>\n<p>De improviso resuelve correr hacia la peque\u00f1a Maya, dejada en manos de Marie-Th\u00e9rese Walter, quien educa a su ni\u00f1a para ser hija adulta de Picasso. La actitud materna lo irrita, e irritado cede al impulso de romper apuntes, incluso obras acabadas que reinicia de nuevo con furia, porque la destrucci\u00f3n suele apaciguarlo y el renacer dota de plectro a sus cuadros insulsos. La musa observa que Picasso, el pintor genial, se suicida y abdica en el hombre, un individuo de ferviente mirada fugitivo de s\u00ed mismo; sabe que existen est\u00edmulos a miles, aptos para sacarlo de la apat\u00eda y situarlo frente al mundo, dispuesto a modificar la \u00f3rbita prevista; por eso toma nota y finge indiferencia.<\/p>\n<p>Los encuentros de Picasso con Neruda comenzaron \u2013asegura la musa- en mil novecientos treinta y cuatro, alrededores de la Casita del Pr\u00edncipe, en El Escorial. Pasean solos por los jardines en animada charla, almuerzan juntos y, por separado como han ido, regresan a Madrid con sus \u00edntimos. Poco se sabe de esta primera entrevista, propiciada por la Embajada de Chile a iniciativa del agregado cultural; la musa no revel\u00f3 los asuntos tratados ni la profundidad del coloquio, tan s\u00f3lo se conocen dos detalles: lamentaron la marcha insegura de la justicia social, intercambiaron libros. Picasso regal\u00f3 uno de ellos a Olga Koklova, la Araucana, de Alonso de Ercilla.<\/p>\n<p>Es Par\u00eds, sin embargo, la villa que ve nacer un profundo sentimiento entre ambos a pesar de la diferencia de edad. Ha cumplido Pablo Picasso cincuenta y seis a\u00f1os y Neruda es un joven de treinta y tres, vehemente y orgulloso. Pero \u00bfno es el orgullo la fuerza que impulsa en ocasiones al pintor? En el segundo a\u00f1o de la Guerra Espa\u00f1ola trabaja Neruda -reci\u00e9n llegado de ella- en un libro dif\u00edcil y aflictivo: \u201cEspa\u00f1a en el Coraz\u00f3n\u201d. Como dos embarazadas que se intercambian experiencias, \u00e9l y Picasso, que esboza el cuadro \u201cGuernica\u201d, agotador y doloroso, se orientan el uno al otro disolviendo dudas que van m\u00e1s all\u00e1 del mero arte, introduci\u00e9ndose en la filosof\u00eda de los conceptos. La madurez de Picasso se impone y admite Neruda sus sabios consejos como gotas de un elixir prodigioso y escaso. Son frases de amigos tolerantes las que se cruzan a prop\u00f3sito de los poemas que Picasso escribi\u00f3 en mil novecientos treinta y cinco, tratando de llenar el hueco dejado por la pintura tras su separaci\u00f3n de Olga y el consiguiente abandono de los pinceles. Los escritos, florecidos de ilustraciones que enriquecen, muestra con pudor de colegial al poeta consagrado, encontrando ah\u00ed el punto de equilibrio entre lo dado y lo recibido. \u201c\u00a1Soy un Pintor anciano y un Poeta en pa\u00f1ales!\u201d, anota la musa que acert\u00f3 a exclamar.<\/p>\n<p>Si no busca la coincidencia con Neruda, \u00bfqu\u00e9 persigue Picasso al escoger entre sus ocho nombres el de Pablo? \u00bfQu\u00e9 lleva a Ricardo Eliecer Neftal\u00ed a adoptar de manera oficial el nombre de Pablo en sustituci\u00f3n de la frondosidad onom\u00e1stica, de no ser el deseo de coincidir con Picasso? Diferencias hay, seguro, en su relaci\u00f3n; porque dos caracteres tan fuertes como los suyos por fuerza han de chocar. Los ve con sus ojos vac\u00edos la alta cresta, f\u00e9rrea mirada de la torre Eiffel: pasean juntos, bien por una orilla bien por la opuesta a lo largo del Sena, discutiendo en tono amigable de pol\u00edtica y de mujeres. Mueren los dos Pablos en mil novecientos setenta y tres, puestos de acuerdo definitivamente, despu\u00e9s de la ausencia de trato que marca indeleble una \u00faltima tarde en el Trocad\u00e8ro, la v\u00edspera del viaje de Picasso a Antibes.<\/p>\n<p>Desarrolla el genio mucho amor a la obra de los dem\u00e1s, y no es frecuente en este per\u00edodo de luchas cuerpo a cuerpo: recalca el tono admirativo la musa al decirlo. Los adorados en uno u otro momento forman una hilera estirada. Y no es s\u00f3lo de grandes, tambi\u00e9n los menores la integran. Si se da la val\u00eda, por oculta que est\u00e9, Picasso la descubre y la pregona. \u00a1Cu\u00e1nto le deben los otros? Casi tanto como le adeudan las artes: la pintura en la que fue primero; la escultura, rendida como novia enamorada; y la arquitectura, que recibi\u00f3 esbozos de itinerarios nacientes. Eso y m\u00e1s se obliga el siglo: responde la musa embelesada.<\/p>\n<p>Difuso evoca la musa un entierro en la Provenza, \u00e9poca amable de la cer\u00e1mica, al que acude acompa\u00f1ando a Picasso. El recoleto cementerio mediterr\u00e1neo, arraigado en la antig\u00fcedad cl\u00e1sica a trav\u00e9s de la etimolog\u00eda del nombre, dormitorio; es, en efecto, lugar de descanso formado por patios ajardinados. All\u00ed, \u00e1rea non sancta destinada a los suicidas, el pintor y su musa forman parte de un multitudinario cortejo funerario. Despide el duelo a una joven que el cristal del ata\u00fad permite ver: p\u00e1lida novia coronada de rosas albas, velo de blanqu\u00edsimo tul. Las rocas -dolidas por no poseer entre sus facultades la de ablandarse a voluntad, lecho de plumas, esponjosos vellocinos de cordero- recibieron el cuerpo empujado por la desesperaci\u00f3n desde lo alto del acantilado. Reci\u00e9n salida de la adolescencia, el amor de un experimentado amador la hizo corro, rindi\u00e9ndola sin condiciones. El bandido, ya casado, falt\u00f3 a la cita en una ermita dispuesta para la ceremonia nupcial; y la novia, privada de la dicha y burlada, corri\u00f3 hasta el despe\u00f1adero. Pretende la musa alardear del pintor interesado por lo que le rodea, pasto de su arte, en los d\u00edas aquellos de Antibes, Vallauris, Mougins y Vauvernagues, cuando buscaba senderos fuera del camino, descubriendo Levens, Saorge, Breil, Lerins, Vence, Fr\u00e9jus, Valbonne, Robion. Sisteron, Digne, Sourribes y muchos otros, en los que se empap\u00f3 de arte rom\u00e1nico.<\/p>\n<p>Percibe la musa la tensi\u00f3n que Picasso origina en su entorno inmediato; sucede cada vez que el genio entra en las estancias donde otros charlan desenvueltos, incluidas sus mujeres o dilectos amigos. Es el revisor del tren que sorprende a los viajeros sin billete; la autoridad central visitando de improviso a los delegados de provincias. Olga escapa a este influjo, ella act\u00faa con la indiferencia deseada por el propio pintor.<\/p>\n<p>Habitan la memoria de Picasso dos viajes significativos; uno de ellos a Polonia, motivado por el Congreso de la Paz; y el otro a Rusia, llamado por los expositores de su obra en Mosc\u00fa. Esas aproximaciones representan\u00a0 dos oportunidades de visitar Leningrado. Medio en broma, cumpliendo el arcaico ucase del zar Pedro I, el genio entrega a los mandatarios de la ciudad una piedra a\u00f1adida a su equipaje, canto rodado con forma de madre que abraza a su hijo, recogido en M\u00e1laga durante su \u00faltima estancia. En el centro de la urbe, a orillas del Neva, en el antiguo Palacio de Invierno lo espera el Ermitage: lienzos, esculturas, grabados, monedas y un variopinto muestrario de diversas culturas. Ocho d\u00edas ocupa el periplo, decidido de antemano seg\u00fan sus preferencias, y una infinidad de anotaciones y multitud de apuntes dan fe del aprovechamiento. Acompa\u00f1ado por la musa recorre luego la ciudad: parques, castillos, museos y palacios, dedicando unos d\u00edas a conocer alfares de porcelana, cuyos m\u00e9todos enlazan con los empleados por chinos y sajones.<\/p>\n<p>En su fecunda madurez recibe Picasso monta\u00f1as de testimonios en todos los idiomas: libros de arte, novelas, revistas, ensayos y documentales que lo tienen como objeto de su redacci\u00f3n o hablan de \u00e9l en alguno de sus cap\u00edtulos. En caso tal, muestran, mediante un papel doblado, las p\u00e1ginas concretas. Junto al llamado \u201cAnd\u00e9n de la Estaci\u00f3n\u201d, \u00fanico lugar de la casa donde la convivencia se hace posible, se va acumulando un variopinto muestrario que espera la mirada cr\u00edtica del interesado. Sabe la musa que el Genio, vivo, se ha convertido en un valladar y que, muerto, desencadenar\u00e1 un torbellino de acciones, de informaci\u00f3n, de estudios, de homenajes; y oye musitar con voz ambigua a los otros, a los sufridos oponentes, a quienes esperan que la sede del dios quede vacante: \u201cPicasso, siempre Picasso; como si todo en \u00e9l empezara, como si todo en \u00e9l concluyera.\u201d<\/p>\n<p>En verdad es as\u00ed; quien venga detr\u00e1s, si quiere hallar el espacio exacto de la pintura, habr\u00e1 de subir al desv\u00e1n de la improvisaci\u00f3n o bajar al s\u00f3tano de las ra\u00edces. No recuerda la musa, sin embargo, haberle o\u00eddo pronunciar esa frase tan divulgada: \u201cyo no busco, encuentro\u201d. Picasso es pr\u00f3digo en dichos de fuste y no necesita atribuciones espurias. Los chistes, las an\u00e9cdotas graciosas, las humoradas al hilo de la acci\u00f3n menudean en sus charlas, hasta que una ventolera de malhumor arrasa todo vestigio de mansedumbre.<\/p>\n<p>Ha ido la musa vi\u00e9ndole atesorar min\u00fasculos sobrantes, objetos remanentes del quehacer cotidiano -un cord\u00f3n de seda, una medalla hallada en la calle, botones de n\u00e1car, imperdibles- a la espera de descubrir su posterior utilidad. As\u00ed, la memoria del rayo que mat\u00f3 en Horta de Sant Joan a un anciano y a su hija, se hace presente, cuando, diez, veinte, treinta a\u00f1os m\u00e1s tarde se enfrenta Picasso a la carencia de luz en un retrato de hombre, convirtiendo su trazo sombr\u00edo en pincelada resplandeciente. Ignora lo que va a aflorar al situarse frente a un lienzo en blanco; son las primeras l\u00edneas las que sugieren el camino a las siguientes y la brochada inicial la que llama a las otras. En los veinte a\u00f1os que dura su atardecer, consciente de que ya no es vanguardia, concluida la pintura juzga incompleto el trabajo a sabiendas de que est\u00e1 terminado. En esos momentos de fragilidad emocional desconf\u00eda de sus fuerzas, de los logros conseguidos por su dedicaci\u00f3n, pero est\u00e1 convencido de haber visto el Cuadro de cerca, de haberlo tenido varias veces en el extremo untuoso de los pinceles, al alcance de los dedos. La musa, avezada a cotejos dif\u00edciles, conocedora de cada palmo de la obra de Picasso, est\u00e1 persuadida de que en la Exposici\u00f3n \u00daltima, organizada con ocasi\u00f3n del Juicio Final, habr\u00e1 dos cuadros del genial pintor. Les Demoiselles y Guernica formar\u00e1n su aporte, consider\u00e1ndose el resto repetici\u00f3n o ensayo. Porque si al Guernica le falta color seg\u00fan los detractores, le sobran fuerza e ingenio, desborda comunicaci\u00f3n y energ\u00eda. Constituye en s\u00ed mismo un moderno anuncio publicitario, el cartel de una valla pacifista, un grafismo sublime que incita a la paz m\u00e1s y mejor que la suelta de miles de palomas.<\/p>\n<p>Rugen pesados los aviones repletos de bombas y dejan caer a intervalos medidos su mort\u00edfera carga. Todo en el suelo se quiebra a la llegada de la potencia explosiva, todo se deshace. Piedras, plantas, animales y personas diluyen su existencia. Hay un clamor que es rugido, bramido animal, desgarro de v\u00edsceras humanas, desgajar de troncos, fundir de \u00f3rganos. Y el Pintor, que acumula la rabia de todas las heridas, pinta los horrores que siente ante las guerras. Es Picasso un prodigioso creativo en el Guernica, y nada que se acerque a ese encargo se ha pintado despu\u00e9s. Ning\u00fan original salido de las afamadas agencias de publicidad convence tanto. El mensaje del tarjet\u00f3n postal explota en todos los corazones.<\/p>\n<p>Llega la Navidad de mil novecientos setenta y dos por sorpresa, y la musa descubre a Picasso aterido, un cuerpo debilitado que si se mira en el espejo no se reconoce: facciones afiladas y ojos crecidos. Regresa a su mente el recuerdo de lo ya olvidado, detalles sin importancia de la \u00e9poca moza, adolescencia, ni\u00f1ez. Valora lo trivial y cotidiano como nunca ha hecho y percibe en los objetos de su pintura una fuerza interior que alimenta la energ\u00eda de sus brazos. El genio trabaja con el \u00edmpetu del que anhela hermosear el juicio merecido a la Historia, con la intensidad de quien desea desembarazarse de cien cuadros que a\u00fan bullen en su cabeza.<\/p>\n<p>-Mientras yo duermo, t\u00fa velas; no creas que no me doy cuenta. -Dice Picasso a Jacqueline, que ocupa, ya sin reservas, el inmediato territorio materno.<\/p>\n<p>-Si cierras los ojos permanezco inm\u00f3vil para no incomodarte. Espero con ansia tu pr\u00f3ximo respiro, y no sabes lo que me tranquiliza notar la llegada del aire a tu pecho, ver que se hincha y afloja a intervalos regulares como un fuelle manejado por manos experimentadas. Debo estar alerta para prevenir cualquier retroceso. -A\u00f1ade ella a modo de t\u00edmida confidencia.<\/p>\n<p>-\u00bfCu\u00e1ndo descansas?<\/p>\n<p>-No pienses que todo es vigilia; a veces el sue\u00f1o me vence.<\/p>\n<p>En la primavera del setenta y tres, como gotas iniciales de una tormenta, van llegando visitas al Mas N\u00f4tre Dame de Vie, en Mougins. Gertrude Stein hace de avanzadilla, y su singular presente, piedra sobre piedra, es la iglesia de Santa Mar\u00eda de Tahull, incluido el Pant\u00f3crator. La sigue Pablo, hijo del pintor, que descubre bajo el brazo una gavilla de rayos solares filtrados por las vidrieras g\u00f3ticas de Le\u00f3n y Chartres. Pignon, portador de una talla del Per\u00fa precolombino. Sabart\u00e9s y un relieve mic\u00e9nico. Mondrian, abrigando en el pecho un ejemplar de \u201cRayuela\u201d, llega con la Maga y Cort\u00e1zar. El abogado Schneider cabalga un toro de cinco a\u00f1os que luce seis banderillas en lo alto de la cruz. Elitis y Alberti, estopa encendida y viol\u00edn afinado, llegan conversando acerca de un art\u00edculo de la revista \u201cVerve\u201d -mil novecientos cincuenta y uno- en cuyas p\u00e1ginas el griego compara al pintor con Alejandro Magno, pincel en vez de espada. Y por \u00faltimo H\u00e9l\u00e8ne, que gu\u00eda un Amor ni\u00f1o sonrosado.<\/p>\n<p>En la sala contigua a la alcoba oscura, residentes y visitas esperan sentados en rueda y hablan bajo. Algunos rezan, otros maldicen la debilidad de la vida, tan cargada de muerte que la desnivela. Ofrendan los presentes tra\u00eddos a una deidad abstracta que ninguno nombra. Desean oponerse a la enfermedad y a la muerte, antropom\u00f3rficas ambas, guerreras de negra armadura y espada flam\u00edgera; tratan de oponerse, pero ignoran como se activa el resorte que alza el puente levadizo y cierra la puerta de entrada en el cuerpo inerme.<\/p>\n<p>Sobre el ara pacis del lecho, recoge Jacqueline en sus labios de los labios amados el \u00faltimo suspiro. Consuma Picasso su agon\u00eda y la musa, dotada acaso de eternidad, le cierra los p\u00e1rpados y se dispone a vagar sobre las ciudades y los campos, iniciando la b\u00fasqueda de un artista de estirpe, renovadas inquietudes y voluntad ind\u00f3mita, a quien prohijar.<\/p>\n<hr\/>\n<p><strong>Fuentes<\/strong><\/p>\n<p>Republicaci\u00f3n del archivo hist\u00f3rico de Ca\u00f1asanta. Fuente: antigua Ca\u00f1asanta, secci\u00f3n Narrativa; captura archivada del texto \u201cLa musa de Picasso\u201d, de Pedro Sevylla de Juana.<\/p>\n<\/div>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Est\u00e1 Pablo Ruiz Picasso, p\u00e1rvulo, Plaza de la Merced, en M\u00e1laga, robando jirones de luz a la ciudad, como quien escamotea a la vista de la vendedora manzanas rojas, verdes, amarillas, del atestado puesto del mercado. 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